Decía san Pablo VI: “El cristianismo no es la religión de María, pero tampoco es la religión sin María”. Y el santo de Monfort afirma: “No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a María Santísima por Madre” (cfr. San Luis M. Grignon de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, 29-30). Como tampoco puede haber un verdadero cristiano que no sea mariano. Y esto por disposición divina. Por Decreto del Padre.

El Verbo encarnado, Jesús, Nuestro Salvador, nació de Ella y la asoció a Su Obra. Ella es verdadera Madre de Dios y Madre Nuestra: Él nos entregó a Ella como hijos y nos la dio como Madre (cfr. Jn19, 27). Desde aquella hora, María, como Madre de la Iglesia y Madre de todos nosotros, nos acogió como hijos, nos ama como a Su Hijo. Por eso acude presurosa en nuestro auxilio para ayudarnos en medio de un mundo dominado en nuestros días por el secularismo, el materialismo, la pérdida del sentido del pecado y la apostasía.

En efecto: debido al ministerio excepcional que la Virgen María desempeña dentro de la Iglesia como Madre, Abogada, Corredentora y Medianera de todas las gracias, y, por su condición gloriosa (glorificada y asunta al cielo en cuerpo y alma), la mayoría de las apariciones sobrenaturales de la historia, desde los primeros siglos de la Iglesia, han sido y son de María.

Las apariciones marianas son –de esta suerte– las manifestaciones de la Bienaventurada Virgen María –también llamadas Mariofanías– ante una o más personas, en un lugar y tiempo histórico determinado. Éstas se han dado en todos los rincones de la tierra. También en España. Desde el primer siglo de nuestra era.

En las apariciones, Dios permite que el cuerpo glorificado de la Virgen se haga visible para algún o algunos “videntes”. Por tener un cuerpo glorioso, puede tomar diferentes características físicas: su edad, estatura, apariencia, forma de hablar, … El cuerpo glorificado no tiene dificultad en estas adaptaciones sin dejar por ello de ser real (tengamos, por ejemplo, presentes las apariciones del Niño Jesús). La Virgen se acomoda a la cultura y el lenguaje de los videntes. También puede comunicarse a través de solo locuciones: entonces, la persona solo La escucha.

Estas apariciones marianas no añaden nada a la doctrina cristiana, a la Revelación.  El propósito de la Virgen es ayudarnos a vivir nuestra fe según la enseña la Iglesia.  Ella nos recuerda algún aspecto de la fe o de la vida cristiana un tanto abandonado o adormecido.  Ella pone ante nuestra conciencia la verdad que hemos olvidado o que vivimos superficialmente. Ella nos ayuda a profundizar en nuestra vida de fe, para que saquemos el mayor provecho espiritual, para que volvamos a Su Hijo, Nuestro Señor, pongamos a Dios en el primer lugar, dejemos nuestra vida de pecado y nos decidamos por la santidad. Por eso nos llama –con insistencia, con urgencia– a la conversión, a la penitencia.

El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI, afirma en “Informe sobre la Fe”: “No podemos ciertamente impedir que Dios hable a nuestro tiempo a través de personas sencillas y valiéndose de signos extraordinarios que denuncian la insuficiencia de las culturas que nos dominan, contaminadas de racionalismo y de positivismo. Las apariciones que la Iglesia ha aprobado oficialmente ocupan un lugar preciso en el desarrollo de la vida de la Iglesia en el último siglo. Muestra, entre otras cosas, que la Revelación –aún siendo única, plena y, por consiguiente, insuperable– no es algo muerto; es viva y vital”.

Entre las muchas Mariofanías, unas se encuentran aún en investigación, otras han sido explícitamente rechazadas y, finalmente, otras han sido aprobadas por la Iglesia con distintos grados de reconocimiento. En efecto, las Apariciones pueden tener varios grados de aprobación o “reconocimiento oficial” siendo el “reconocimiento litúrgico” el más alto grado, con la inserción de la aparición en el calendario litúrgico (como las de Lourdes y Fátima). Si bien, muchas Apariciones auténticas no llegan a ser aprobadas.

Nunca en la historia de la Iglesia ha habido tantas apariciones aprobadas y tantas noticias de apariciones como en los últimos tiempos.  Por eso, se ha llamado, y con toda razón, a nuestro tiempo la “Era de María”.

En 1984, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, declaró: “… uno de los signos de nuestros tiempos es que los anuncios de ‘Apariciones Marianas’ se están multiplicando en todo el mundo”.

Vivimos tiempos extraordinarios en que Dios nos exhorta con urgencia e insistencia a través de su Madre, a través de Sus mensajes. Las apariciones marianas en el último siglo revisten una naturaleza especial por los mensajes recibidos y transmitidos por los videntes. En ellos encontramos una dimensión mística y otra profética: en primer lugar, una llamada a vivir el Evangelio, a la conversión, a volver a Dios, a la santidad. En segundo lugar, una dimensión profética o apocalíptica: una serie de advertencias y llamadas a nuestro compromiso con la Historia. Muchas de ellas dirigidas no sólo a los videntes o a una parte de la Iglesia, sino a todos los cristianos, a la entera Iglesia; incluso a todos los hombres de buena voluntad.

Podemos contemplarlas, desde la fe, como los primeros presentimientos del hecho cierto que Cristo vendrá de nuevo el último día. Y así como la Virgen María desempeñó un papel único y esencial en la primera venida de Cristo, de igual modo, Ella juega hoy –por medio de sus Apariciones– un papel fundamental en preparar el camino para Su segundo Advenimiento.

San Juan Pablo II hizo cinco viajes apostólicos a España, el último de los cuales tuvo como destino Madrid durante los días 3 y 4 de mayo de 2003. Anciano y enfermo, el domingo 4, en una celebración festiva y multitudinaria, canonizó a cinco santos españoles en la plaza de Colón. Al terminar la Santa Misa de canonización, el Papa Santo se despidió con estas palabras, llenas de emoción y reconocimiento: “¡Hasta siempre España! ¡Hasta siempre, tierra de María!”. Sí, España, es tierra, patria bendecida por la fe de Cristo, por la presencia y mediación maternal de María y consagrada por la sangre de un sinnúmero de mártires desde los comienzos mismos del cristianismo.

Muchos españoles (también quizá algunos de nosotros), ignoran que la Virgen María se ha aparecido muchas veces en España, “Su” tierra “predilecta”, tan amada por Ella. Yo quisiera, en varios artículos, recordar algunas de estas Mariofanías bajo suelo español. Aunque sólo las principales: unas aprobadas ya, otras, en proceso de investigación.

Cronológicamente, la primera aconteció el año 40 de nuestra era y ha sido aprobada por la Iglesia. Si bien, en realidad no se trata propiamente de una “Aparición”, pues cuando “vino” a Zaragoza, todavía no había sido glorificada. De ahí que el pueblo fiel cante con encendida pasión: “Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza”. Sí, porque esta primera “Aparición mariana” de la historia, es –más bien– una “visitación”: una visita “extraordinaria” que María de Nazaret hizo a su hijo Santiago en Cesar Augusta, a orillas del Ebro, en la segunda noche del año 40. Así pues, a diferencia de otras Mariofanías, la Virgen viene a Zaragoza cuando todavía vive en Tierra Santa: “Con ninguna nación hizo cosa semejante”, cantará con razón la liturgia del 2 de enero, fiesta de la Venida de la Virgen. De ella os hablé en mi anterior artículo titulado “El principio y el fin: Zaragoza y Medjugorje”.

Después, iremos viendo y analizando otras Apariciones ocurridas a lo largo de los siglos. Aunque sólo serán unas pocas, las más relevantes. Como la de la noche del 18 de diciembre de 665, a San Ildefonso, en la Catedral de Toledo.

O las Apariciones tardomedievales de la Virgen del Espino, en santa Gadea del Cid (Burgos, 1399) a los videntes Pedro y Juan; y la de la Virgen de la Capilla, en Jaén, en 1430.

Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias, a la Madre Patrocinio (Madrid, 1831).

Como sabemos, a partir del siglo XX, las Mariofanías se multiplican exponencialmente. La Santísima Virgen se aparece en muchos lugares. También en todo el territorio español. De entre las muchas reportadas, nosotros analizaremos las principales, a saber:

  • Nuestra Señora del Encino de Chauchina, en Granada, en 1906, a Rosario Granados.
  • Las del Inmaculado Corazón de María (Nuestra Señora de Fátima) en Galicia: Pontevedra (1925-1926) y Tuy (1929) a sor Lucia, vidente de Fátima.
  • Las Apariciones de la Virgen Dolorosa en Ezquioga (Guipuzcoa, 1931) a los hermanos Antonia y Andrés Bereciartua.
  • Las de Unbe (Bilbao) a Felisa Sistiaga (1941-1988).
  • Las Apariciones de 1945 de Nuestra Señora de los Dolores de Chandavila, ​en La Codosera, provincia de Badajoz, a las niñas Marcelina Barroso y Afra Brígido.
  • Las Apariciones de San Sebastián de Garabandal (Santander) a las niñas Mari Loli, Jacinta, Mari Cruz y Conchita (1961-1965).
  • Nuestra Señora de las Gracias de Onuva en Puebla del Río (Sevilla) a Jesús José Cabrera (1968-1976).
  • Finalmente, la Virgen de los Dolores en Prado Nuevo (El Escorial, Madrid) a Luz Amparo Cuevas iniciadas el 14 de junio de 1981.

Sea como fuere, tanto en sus visitas a España como a otras naciones y lugares (La Salette y Lourdes, en Francia; Fátima, en Portugal; Ámsterdam, en Holanda; Akita, en Japón; Kibeho, en Rwanda; Medjugorje, en la antigua Yugoslavia; etc.), la Virgen Santísima no viene nunca como “profeta de desventuras” a amenazarnos con castigos, sino a hacernos reflexionar, invitarnos a la conversión para llevarnos a Su Hijo. En otras palabras, Ella nos enseña a evitar los castigos y Sus palabras proféticas son signos de gran esperanza y consuelo: “… al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”.

Francisco José Cortes Blasco

 

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