¡Queridos hermanos y hermanas reciban la paz y la alegría de Jesús y de María!
Tal vez en algún momento alguno de nosotros se ha preguntado ¿por qué un congreso Mariano?
Un congreso mariano no es simplemente un encuentro de devoción, sino que es un espacio de comunión y discernimiento en torno a la Madre de Dios. En tiempos de incertidumbre y fragmentación, la Fundación Centro Medjugorje nos anima a participar del XVI Congreso María Reina de la Paz desde el 11 al 15 de febrero de 2026.
En realidad es el mismo Jesús quien nos convoca a sus hijos a reunirnos bajo el manto de María, para redescubrir en ella la ternura de Dios y la fuerza de su misericordia. Este congreso anual se convierte en un signo de unidad, un lugar donde la diversidad de pueblos y culturas se abraza en la misma fe, y donde la voz de María resuena como llamada a la reconciliación y a la esperanza.
Mi experiencia personal en las ocasiones en que he podido participar, y por los frutos de muchos hermanos, que se producen cuando se va con las puertas abiertas del corazón, es que se tiende un puente entre Medjugorje y los países de quienes participan. Y a través de ese puente se renuevan las gracias que brotan del Corazón Eucarístico de Jesús.
En ocasiones algunos pueden distraerse en los detalles de si tal o cual Congreso ha estado o no mejor organizado. Sin embargo no perdamos de vista lo esencial que es el encuentro fraterno, la conversión permanente y el llamado a ser las manos extendidas del Señor y de su Madre. Por lo tanto, ante las tentaciones o dificultades que pudiesen suscitarse, recordemos la Palabra del Señor quien nos dice: “Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1 Sam. 16:7).
Cada Congreso es una oportunidad única para agudizar el oído y escuchar lo que Dios nos pide. Es una renovación del llamado para ser cada día mejores discípulos y misioneros de Jesús vivo, para que nuestros pueblos tengan vida en abundancia; tal como nos lo recuerdan nuestros obispos a través de El Encuentro de Aparecida en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño.
Como en cada Congreso, la figura de la Reina de la Paz ilumina el sentido profundo de este encuentro. María, que en su humildad acogió al Príncipe de la Paz, se convierte en guía y mediadora para que los corazones aprendan a vivir en la paz que brota del Evangelio. Ella nos recuerda que la paz no es ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia, del perdón y del amor que se entrega sin medida. Bajo su mirada maternal, el congreso se transforma en escuela de paz: allí se aprende a escuchar, a dialogar, a sanar heridas y a construir puentes.
Reunirse en torno a la Reina de la Paz es reconocer que la humanidad necesita un corazón nuevo, capaz de acoger al otro sin miedo y de abrirse a la gracia de Dios. Es dejar que María nos conduzca hacia Cristo, fuente verdadera de paz, y que nos enseñe a ser artesanos de reconciliación en nuestras familias, comunidades y naciones. Por eso, este congreso mariano no es un evento más, sino un momento de gracia: un llamado a dejar que la paz de Cristo, custodiada por su Madre, transforme nuestra vida y nuestro mundo.
Siguiendo la misma línea de pensamiento, recordemos que este congreso no solo es un espacio de encuentro y oración, sino también un terreno fértil donde se esperan frutos concretos que transformen la vida de los participantes y de la Iglesia en su conjunto. Quienes tendrán la gracia de participar deben llevar esos frutos a sus familias, parroquias, comunidades y a todos los ambientes, porque como dice Jesús: “Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más” (Lucas 12:48).
Entre los frutos que me parecen más necesarios destacan:
- Unidad renovada: Un fortalecimiento de la comunión entre los participantes, para llevar luego este espíritu de fraternidad a las comunidades y las diócesis, superando divisiones y promoviendo la fraternidad.
- Crecimiento en la fe: Un despertar espiritual que impulse a los participantes a profundizar su relación con Cristo y con la Virgen María, dando a conocer no solo sus mensajes, sino haciendo un camino en la escuela de espiritualidad que se difunde a partir de Medjugorje.
- Compromiso con la paz: La formación de agentes de paz que, inspirados por la Reina de la Paz, trabajen activamente por la justicia y la reconciliación en sus entornos, acompañando de manera particular a los más frágiles de la sociedad.
- Renovación pastoral: Nuevas energías y propuestas para la evangelización y el acompañamiento pastoral, especialmente en contextos de dificultad.
- Testimonio de esperanza: Así como hemos tenido el año pasado un año jubilar para meditar y crecer en la esperanza. Trabajemos para que el congreso sea un signo visible para el mundo de la esperanza cristiana, capaz de iluminar las sombras de la historia con la luz del Evangelio.
Estos frutos, entre otros, son la esperanza viva que anima a todos los que participan, y que se espera se extienda más allá del congreso, irradiando en la vida cotidiana y en la misión de la Iglesia.
Y a quienes por diversos motivos no podremos participar físicamente, hagámoslo espiritualmente por medio de la oración por el Congreso, por los organizadores, los predicadores y los participantes. Sabemos que también ellos estarán intercediendo por nosotros y por las diversas realidades eclesiales y sociales todos los países de America Latina y el Caribe. ¡Viva Jesús! ¡Viva la Gospa!
Padre Gustavo E. Jamut, omv
