«… y que los más pequeños vayan también a la santa misa» (07/03/85)
Contaba 5 años, la pequeña de la casa, cuando Rosa María, una hermana de la parroquia, le puso el mote de “terremoto” porque no dejaba vivir tranquilamente a nadie la misa del domingo. Siempre que me veía me preguntaba lo mismo, con mucho cariño: “¿cómo está “Terremotico”?, ¿cómo está terremotico?”. Y era verdad que la niña se pasaba toda la misa poniendo movimientos sísmicos allá por donde pasaba, corriendo, saltando, jugando por las naves laterales, cruzándose de lado a lado delante del altar. No era algo momentáneo, era toda la misa. Si de pronto la cogíamos en brazos para que se estuviera quieta, era peor, porque montaba un escándalo mayor, y entonces nos teníamos que salir fuera para evitar más problemas. Tampoco había manera de darle indicaciones precisas sobre su comportamiento en misa. Si le decíamos “no hagas esto” o “no hagas lo otro”, no nos entendía (todavía estaba aprendiendo a hablar). Al final vimos que lo mejor era dejarla un poco suelta para que no llorara, e ir luego detrás, intermitentemente, cuidando que en sus juegos no causara ningún fatal destrozo. Había que cogerle las manitas cuando quería tocar la llama de las velas, sacarla del presbiterio cuando se disponía a tirar del mantel del altar, o agarrarla velozmente cuando quería empujar el cirio pascual al suelo.
Mi esposa y yo mirábamos estupefactos a esas familias que llegaban con sus dos o tres hijos de la mano y todos se mantenían juiciosos en las bancas, sin chistar, sin moverse, durante toda la misa. Aquello era como ver un milagro. Un día en la Iglesia un sacerdote interrumpió la homilía para llamarnos la atención en público; ¡qué vergüenza pasamos!, aquél día mi mujer salió llorando. En otra ocasión fueron unas señoras las que se alzaron contra la niña y le dieron un regaño, pero la niña, como he dicho no entendía lo que le decían y todo quedó en nada. Otra vez se enfadó muchísimo y lloraba como si no hubiera un mañana porque vio como los sacerdotes daban el Cuerpo de Cristo a todo el mundo menos a ella. Se sintió excluida. Al terminar la misa fuimos a la sacristía para ponerle la “queja” al padre, quien enseguida tomó un bote que tenía por ahí de hostias sin consagrar y bondadosamente le llenó las manitas. La comunidad la quería mucho, mucho, era su ojito derecho y cuando llegaban las navidades se acercaban para hacerle todo tipo de regalos: chocolates, caramelos, galletas, muñecas, juegos. Ella se ponía tan contenta.
Con el pasar de los años su personalidad se aquietó notablemente. Hizo la primera comunión y la metimos en el grupo de infancia misionera donde empezó a participar en la misa de un modo más activo. Recogía, conmigo, la ofrenda de la fila 1; leía algunas peticiones de la oración de los fieles; y repartía al resto de los niños el suplemento infantil que cada domingo la editorial san Pablo hacía llegar a la parroquia. Cuando llegaba una señora con una donación de alimentos para la pastoral social, enseguida se levantaba, tomaba la bolsa y la llevaba a la cesta que el párroco tenía en la sacristía.
Todo iba como la seda hasta que accedimos al siguiente nivel de problemas, apareció entonces el cansancio de misa, la pereza de ir, el ipad, los videojuegos, los primeros tentáculos del mundo. Durante algún tiempo los domingos amanecían con ese disco rallado que decía: “papá, no quiero ir a misa, papá no quiero ir a misa”. Y por más que uno le hablaba de las grandes bondades que en la iglesia se reciben, de las gracias invisibles que allí se comunican, del helado y la coca-cola que después nos íbamos a tomar, permanecía indiferente, ajena a todo razonamiento, firme en su propósito de abandonar la iglesia.
Tengo frescas en la mente las palabras de la coordinadora del grupo parroquial de infancia misionera que me contaba cómo en su casa, a sus hijos, tuvo que establecer la normativa del “domingo todos a misa”. Comprendo sin embargo los corazones fríos que laten en los jóvenes, y la extraña indiferencia que manifiestan a menudo. Yo también fui niño y joven y como tantos tuve un congelador metido dentro. Pero la vida es un asunto personal que indiscutiblemente precisa de custodia. Si para llevarlos al colegio no encontramos resistencia a pesar de las largas jornadas escolares, y la densidad de ciertas materias, ¿por qué para ir a misa a veces todo se vuelve cuesta arriba? Estoy convencido de que para resolver estas cosas no hay fórmulas universales, ni reglas matemáticas, ni leyes de la física que valgan. Las concretas circunstancias de cada niño requieren concretas formas suaves de adaptación continua. Sin forzarlos para que la experiencia de la fe no se convierta en una experiencia de temor y culpabilidad sino en lo que realmente es una experiencia de liberación interior. La gracia del sacramento del matrimonio sabrá darnos las claves para acoger los casos especiales, establecer excepciones, y fijar la persuasión precisa que cada caso exige. Hay que mirar que cada planta no se ahogue por exceso de agua, como también mirar que no se seque por carencia de riego.
No hay que olvidar que la vida espiritual de nuestros hijos, como también la nuestra, depende de la gracia. Y que si somos devotos es por la sencilla razón de que el Espíritu Santo nos ha hecho devotos. Nada más. Y por lo tanto hasta que el Espíritu no se haga sentir en nuestros hijos, nuestros hijos no tendrán gusto por la oración, ni emoción en la misa, ni ganas de escuchar el evangelio, no dispondrán de fuerza para cumplir los mandamientos, por más que el disco rallado en que a veces nos convertimos insista en el cumplimiento vacío de ciertas normas. La devoción no es algo que dependa de ellos. Los tiempos son de Dios, y Él conoce, mejor que nadie, el momento adecuado para mandar a nuestros campos la lluvia de su Espíritu.
Mientras tanto nos toca evangelizar en frío, hacer lo que podamos, construir la memoria de nuestros hijos bajo la oscuridad interior que les posee, colocar bien las piezas en ese polo ártico de su interior, instalar ahí adentro esa sala de armas que van a necesitar en el futuro, persuadir, negociar, convencer, enseñar, ejercitarnos en la paciencia, y ejercitarlos un poco en la mortificación de hacer una cosa que no les gusta, aprender a atraer y a esperar el tiempo de la cosecha, aprender a manejar el terremoto. ¡Estamos a la espera del Espíritu, estamos a la espera del Espíritu!. Hay una escuela aquí también para nosotros. A veces pienso que Dios muchas veces se tarda porque quiere edificarnos en el arte del acompañamiento. A nosotros, los padres, que pone en nuestros hijos, a nuestros maestros.
