Empezaré diciendo que tengo un gran cariño a Medjugorje. Allí tuve la mayor experiencia mística (me atrevo a llamarla así) de toda mi vida: Sentí la Presencia de la Santísima Virgen como no la había sentido nunca antes y como nunca, después, la he vuelto a sentir.

Fue en marzo de 1987.

Desde entonces he peregrinado a Medjugorje decenas y decenas de veces. No sabría decir cuántas.

Al principio preparaba una sola peregrinación al año. Cuando me marchaba de Medjugorje sentía un auténtico dolor, un pequeño desgarro. Pero intentaba vivir el contenido de Medjugorje en mi vida ordinaria, en el día a día, con mi familia.

Todos los miembros de mi familia (esposa e hijas) han estado en Medjugorje muchas veces.

Luego empecé a preparar dos peregrinaciones al año. Así, la despedida de la primera peregrinación no era difícil ni dolorosa, pues sabía que a las pocas semanas iba a volver nuevamente.

Así, en la peregrinación de julio de 2012 sabía que a las pocas semanas iba a volver a Medjugorje, a finales de agosto.

Como viajábamos de domingo a domingo, nuestra despedida era la Adoración Eucarística del sábado por la noche. La mejor despedida posible.

Yo suelo colocarme junto a la verja que rodea el templete. Llevo una silla portátil y una pequeña alfombra de silicona para arrodillarme.

Pues bien, al acabar la Adoración, yo estaba de rodillas, agarrado a la verja y sin saber por qué, empecé a llorar desconsoladamente. Lloraba a lágrima viva y no me podía contener.

Una señora del grupo me vio al pasar y me abrazó, intentando consolarme.

¿Por qué lloraba tan amargamente? No lo sabía, no lo entendía.

Lo supe después: porque no iba a volver en agosto.

El 14 de agosto, unos días antes de la peregrinación, tuve una “caída” en Garabandal y me partí la rodilla izquierda y el pie derecho.

Ese mismo día, en el mismo lugar (San Sebastián de Garabandal), una señora residente en Granada, que sufría una enfermedad degenerativa de la columna de larga evolución, se curó instantánea y totalmente.

Y también, “de rebote”, dos personas que necesitaban ir a Medjugorje y que me llamaban constantemente para ver si quedaba alguna plaza libre, pudieron aprovechar nuestras dos plazas (la de mi esposa y la mía) para ir.

Era una señora que tenía una hija joven con muchísimos problemas y en una situación muy difícil.

Las dos fueron a Medjugorje, en nuestro lugar y se produjo una conversión impresionante de esta joven.

Mientras “mi grupo” estaba en Medjugorje, yo estaba postrado en un hospital con unos dolores tremendos. Pero estábamos unidos, muy unidos.

Casi todos los días me llamaban por teléfono y me contaban los detalles de su jornada. Y me fueron describiendo la evolución de esa joven que había ocupado nuestras plazas: Al principio estaba amargada, distanciada, incluso agresiva…Pero a partir del tercer día empezó a cambiar y cuando volvió a España era una persona completamente nueva.

Ahora está en Italia, en una Comunidad religiosa.

Gracias a Dios, esa caída no me dejó secuelas importantes, aunque sí algunas limitaciones: no he vuelto a correr, ni a subir al Krizevac, ni siquiera a la “Colina de las Apariciones”.

Cuando el grupo sube al Podbrdo (Colina de las Apariciones) yo me quedo en la Cruz Azul, con algunas personas que también tienen dificultad para subir.

Sigo organizando peregrinaciones a Medjugorje y me atrevo a decir que mi vida gira en torno a Medjugorje y su espiritualidad: ese Jesús que te espera, que te acoge, te perdona, que no te reprocha, que te acompaña, que te llena por completo, que te inunda de paz…

Así lo siento, especialmente, en las ADORACIONES EUCARíSTICAS. También en la “oración de sanación”, que junto con el momento de la Aparición (ese minuto de silencio) son los 3 momentos más fuertes y especiales de Medjugorje para mí.

 

 

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