Un coro parroquial como el que canta en Medjugorje no es simplemente un coro de voces e instrumentos que se empastan para sonar armónicas. Pues la alabanza a Dios, su glorificación por medio de la música se desenvuelve en el orden del Espíritu. Y por lo tanto, los cantos que se elevan al Altísimo aparecen tocados por la gracia de las gracias. Las notas musicales, los arpegios, los graves, los agudos, el tono o la frecuencia que se ejecutan acontecen ungidos por el Amor de Dios. De modo que la música desemboca en los oídos de unos y otros como el cauce de un río sobre las tierras resecas de este mundo reseco. El canto riega entonces los corazones secos de los desamparados, que somos todos nosotros, acostumbrados como estamos, a la vida egoísta, a los resentimientos cotidianos, o a esa clase de envidias que entretejen nuestras vidas, y casi nunca somos capaces de ver.

Cuentan las Sagradas Escrituras que el Rey Saúl reclamaba a menudo la presencia de David solo para escuchar como tocaba el arpa (Cf. 1 Sam 16: 22-23). La melodía hermosa que brotaba de sus manos le sosegaba el alma. Su pobre alma atribulada, crispada y atormentada encontraba la calma en esa música. David era la medicina de Saúl. Por todos es conocida esa virtud que tiene la música de calmar los ánimos más desabridos y los temperamentos más irascibles. Así nos lo recuerda también el refranero popular cuando dice eso de que la música amansa a las fieras. Es verdad. Pero no hay que olvidar que si la música del mundo pacifica el estado del alma, qué no será cuando la música procede del Espíritu. Con más razón.

Los monjes por ejemplo que se entregan al canto Gregoriano en sus monasterios tienen una manera muy particular de referirse a ciertos signos musicales que utilizan en sus partituras: lo llaman “Neumas” y marcan el desarrollo melódico del canto que se quiere entonar. Esta palabra proviene del antiguo Griego y significa “Espíritu, soplo, respiración”. Creo que no se podía haber elegido una palabra mejor para indicar además un aspecto sustancial que tiene, en general, la música religiosa, que es el de transmitir el Espíritu de Dios.

Basta escuchar esas canciones tan sonadas del coro de Medjugorje: “Grazia Gesú”, “Veni Sancte Spíritus”, “Dona la pace” o “Gesú” para entender, o mejor dicho, para sentir, lo que es una canción ungida por el Espíritu de Dios. Es otra cosa. La sencillez de las letras, el pausado desarrollo melódico de la pieza, el canto interpretado por esa voz tan característica del cantante (que todavía no sé a quién es), unido a  las templadas notas de la guitarra, y a las dulces frases que brotan del violín de Melinda Dumitrescu hacen del total una melosa caricia al corazón de parte de Dios. ¿Cuántos corazones no se habrán conmovido escuchando estas canciones, cuántas lágrimas derramadas y cuántas conversiones no se habrán dado a través de ellas?

No estaría de más llevar a rastras a nuestras sociedades contemporáneas, y exponerlas un poco a estos cantos ungidos del Espíritu. Tenemos que sanar porque en el fondo, todos somos como Saúl, y cómo él estamos necesitados de un David que venga a interpretar un canto con el arpa de diez cuerdas. ¡Necesitamos un concierto!. El Señor, prefigurado en David, sólo nos pide un poco de paciencia, que pongamos un poco de nuestra parte, que escuchemos: él viene a visitarnos con el arpa de los diez mandamientos, y vive ejecutando el gran concierto de la santidad. La creación entera está cantando. Y como decía el Señor al concluir algunas de sus enseñanzas magistrales: “el que tenga oídos que oiga”.

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