Satanás es fuerte y desea destruiros y engañaros de muchas maneras.
Por eso, queridos hijos, orad todos los días.
(25/09/90)


La pequeña contaba siete años cuando la llevamos al colegio de al lado de casa, el “Rafael Uribe”. Después de haber concluido los grados de guardería y transición, tocaba primero, que en este colegio tenía dos aulas, primero “a” y primero “b”; más tarde abrieron un tercer aula donde metieron los niños más nerviosos del “a” y del “b” junto con los de la última ronda de inscripciones. Nació primero «c». Mi hija estaba en ese grupo, celebrando los shows que surgían cada día. A mitad de año se murió el padre de la profesora Nubia, que era la profesora encargada del grupo, una semana después se jubiló y dejó las clases. En su lugar vino otra que estuvo un mes. Y tras ella, Ofelia, que a pesar de tener  gran autoridad sobre los chicos, no pudo hacerse con el control del aula. Lo bueno fue que Ofelia era cristiana evangélica; la única mujer cristiana en medio de un colegio público que no relataba los valores cristianos. Su fe era ardiente, y cada vez que nos convocaba a la reunión de padres, nos hacía rezar un Padrenuestro.

Ni que decir tiene que la situación en el aula se complicó cada vez más. Un día un niño lanzó una botella de agua contra el ventilador del techo, y rebotó contra el ojo de otro niño que llegó a casa con el anillo morado. El resto de los días era un rosario de despropósitos y peleas entro unos y otros, tanto que algunos padres consideraron la posibilidad de llevar el asunto a los juzgados. Para mí lo peor fue aquel día en que empezó a correr como la pólvora las ganas de jugar a ese jueguecito que se llama “Charlie, Charlie”. Los niños se volvían locos con eso. Arrancaban una hoja del cuaderno, trazaban una raya por en medio, escribían “SI” y “NO”; y ponían un lápiz encima, para enseguida pasar a preguntarle cosas a Charlie. Y Charlie, (entre nosotros: el demonio) respondía moviendo “mágicamente” el lápiz. 

Yo me enteré por mi hija que un día vino a casa preguntándome quién era ese tal “Charlie”, del que todo el mundo hablaba. Pronto me puse a la tarea de tirar del hilo para ver en dónde paraba todo eso. Aproveché el espacio de la oración de la noche para incorporar una serie de mini-catequesis de cinco minutos sobre el tema. Había que evitar a toda costa que la niña se envolviera en uno de estos juegos, que en el fondo invitaban a tener una especie de sesión espiritista adaptada para niños.

En la siguiente reunión de padres, después del Padrenuestro, la profesora puso el grito en el cielo con el asunto de Charlie. Severamente, muy severamente, nos conminó a todos a poner manos en el asunto y evitar que aquello fuera a más. También nos contó cómo había tenido que requisar a uno de los niños una tabla oija que un día se llevó al colegio para jugar con sus amigos.

La verdad que no quedamos muy contentos con el desbarajuste que se vivía en ese colegio. Al año siguiente, cambiamos a la niña a otro y la llevamos al Cosmos School, que queda por el barrio de Guayabal, a tres cuartos de hora de casa. Teníamos que coger el Circular Sur, bajarnos en Campos de Paz y darnos un paseo de 10 minutos hasta allí. Lo bueno era que el nuevo colegio estaba pegado a la parroquia de Cristo Rey, y muchas veces mientras la niña disfrutaba de las actividades extraescolares me da una escapadita para acudir a la misa de 6 de la tarde.

El caso es que cuando pensábamos que por fin nos habíamos librado del tan manido Charlie vimos que, en el nuevo colegio, la epidemia estaba más extendida que en el anterior. Mi hija seguía preguntándome insistentemente por el asunto, no entendía por qué todos los niños podían jugar a “Charlie, Charlie” y ella no. La mayoría se satisfacía de relacionarse con ese tal engañoso «amigo invisible» y la presión social que en este punto se ejercía se volvió insoportable. Yo mismo cuando iba al colegio para recoger a la niña escuchaba por activa y por pasiva a los niños hablar de Charlie. Era el más popular del colegio. No tuve más remedio que retomar las catequesis nocturnas y esta vez, entrar con mayor profundidad en el tema, adelantando serias advertencias sobre el enemigo del alma. Y ello a pesar de ser un asunto ciertamente inapropiado para su edad. No encontré otra manera de sortear el bache.

Un día la castigué por una travesura que había hecho en la casa. No recuerdo ahora por qué razón, pero sí que se trataba de algo gordo, que merecía un castigo ejemplar, inusual en relación a la clase de castigos que solía ponerle. Normalmente la castigaba con un día sin ipad. En esta ocasión fueron tres días: viernes, sábado y domingo. Al día siguiente tuve que cancelar todos los castigos, al enterarme como en el colegio había evitado que unos niños jugaran a “Charlie Charlie”. Había ido corriendo a avisar a la profesora, que también era cristiana, para decirle que Emanuel y otros niños estaban jugando al juego ese del lapicero. La profesora se personó en el lugar de los hechos, requisó el material, disolvió el grupo, y regañó a los muchachos. Acto seguido nos mandó a los padres, por el grupo de WhatsApp, una fotografía en la que se veía el material incautado: una hoja de cuaderno con tres palabras: “Satanás”, “Si” y “No”. Y a renglón seguido nos advertía que por favor tratáramos de evitar que los niños jugaran a esta clase de juegos en el colegio.

En este caso lo grave no fue invocar a Charlie, que ya de por sí es algo grave, sino a Satanás. Cuando un niño llama a Charlie, en realidad, no sabe bien a quién está invocando, se figura que se trata de un espíritu bueno, un difunto, un extraterrestre, o un amigo invisible, generalmente no se le pasa por la cabeza la idea de que Charlie en realidad es un demonio disfrazado. Pero cuando alguien invoca a Satanás es distinto, el que lo invoca sabe perfectamente que se trata de un demonio. Sabe que es malo y lo acepta. No tiene en su favor atenuantes, su invocación no admite equívocos, no existe confusión en los conceptos. No obstante, gracias a sus padres, al día siguiente apareció en el colegio con un rosario colgado al cuello. Mi hija y yo rezamos muchas noches por él y muchas veces también, la misa del domingo, se la ofrecíamos.

Yo no sé que pueda pasar en la vida de los niños que un día, en un descuido, participaron en un acto espiritista. Lo que si se es que se abrieron puertas, se convocaron demonios, y se entabló un diálogo. Y sé que estos terribles enemigos compartieron un rato con los niños; el lápiz se movió y la semilla del mal cayó en un campo que tenía los brazos abiertos. Podríamos leer aquí la parábola del sembrador en sentido contrario, desde el punto de vista del reino de las tinieblas y comprender un poco mejor las consecuencias.

A estos niños los vemos jugar alegremente en el recreo, salir del colegio cogidos de las manos de sus padres, pasear tranquilamente por la calle y parece que todo está bien. Pero esa semilla oscura va por dentro, nadie la ve desde fuera, nadie conoce su misterio. Mientras que todos piensan que la vida sigue, en el cofre del corazón una semilla late y empieza a echar raíces. El demonio lo seguirá intentando, y tratará de escalar la vida de los niños a un nivel de maldad superior. No cejará en su empeño de regar esa semilla, ni de exponerla a ese sol negro de su presencia invisible. Como un zorro esperará nuevas oportunidades; quizá la que le ofrezca el siguiente 31  de Halloween, quizá la feria de esoterismo que una semana se organice en el centro comercial de al lado de casa, quizá en el encuentro con la amiga que echa las cartas. Y quizá con todo eso la planta del mal siga creciendo y, Dios no lo quiera, conquiste la mente, la memoria, los sentimientos, las potencias del alma de aquellos que un día se iniciaron en eso.  ¿Dónde empezó todo?  En el colegio, un día, sobre las cuatro y cuarto de la tarde, jugando a Charlie, Charlie, con siete u ocho años.

 

 

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