Si una iglesia pudiera levantar por el aire sus murallas como dos grandes brazos…, levantar sus arcos de cañón como un gran pecho de fuego…; levantar sus piedras, sus cimientos, toda su arquitectura como un gran corazón armado de ternura; si pudiera mover su rígida estructura en actitud de entrega hacia los hombres, como una invitación a un gran abrazo fraternal, sería, sin duda alguna, el altar exterior de Medjugorje el que podría ejecutar eficazmente este acto de amor; porque todo su espacio, y toda su semicircunferencia, y todas sus bancas, sus pantallas, sus pasillos, expresan una acogida calurosa a cuantos peregrinos acuden atraídos por la gracia.

Entendemos entonces que la piedra, también puede amar, y que la arquitectura, bien dispuesta, puede decir “te quiero”, besarnos en la frente como un padre a su hijo, o envolvernos de pronto con una predicación de piedras y argamasas, de formas y detalles escultóricos, de espacios recogidos que transmiten un amor trascendente. Porque un arquitecto, en el fondo, cuando proyecta sus planos no proyecta unas formas arquitectónicas concretas, sino un espacio invisible que concierta sentimientos precisos, atmósferas, estados de ánimo. La atmósfera que surge del juego combinado de luces, sombras, formas, espacios y detalles geométricos dependerá por tanto de la sensibilidad artística del arquitecto al que se le encomienda la tarea de captar una esencia.

Bajo esta perspectiva contemplamos el altar exterior, y especialmente cuando llegan los mejores días del calendario, y uno ve esa impresionante multitud que se congrega, el mosaico de culturas que se compone, y entiende que el altar exterior es como unos de esos grandes brazos abiertos hacia el mundo. Una experiencia que nos permite unirnos al sentimiento del apóstol San Juan, cuando en el libro del Apocalipsis declara la victoria de nuestro Dios en los siguientes términos: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero”. (Ap 7: 9-10).

Creo además que en ningún otro sitio del mundo, como en el altar exterior se comprende mejor eso de que todos somos hermanos de verdad, con independencia de nuestras diferencias. Porque nuestra hermandad, en Cristo, va más allá de cualquier localismo que se nos antoje. Ni siquiera las constituciones políticas más modernas alcanzan a dimensionar el sentido de esta hermandad divina. Porque es verdad que los derechos fundamentales nos hablan de la libertad y la igualdad que nos asiste a todos; pero ¿qué son estos derechos cuando se comparan con el Amor al que nos llama Cristo?. No es lo mismo respetar el derecho a la igualdad de nuestros conciudadanos, que amar a esos mismos conciudadanos como Jesucristo nos amó, tratarlos como verdaderos hermanos. ¡No es lo mismo!. En el ejercicio del derecho a la igualdad y a la libertad no hay amor, hay derecho, y por tanto se trata de un ejercicio frío de la ley. Cualquier robot, bien programado, podría cumplir los derechos fundamentales de las constituciones políticas sin ningún problema, pero nunca, nunca, nunca, ningún robot podrá ejercerlos con verdadero amor. Por eso, en Cristo, todos los derechos de todas las constituciones políticas del mundo quedan disueltos y al mismo tiempo elevados a su máxima potencia: el Amor.

Pienso que si todas las naciones pudieran levantarse como un solo hombre del fondo del sepulcro en el que viven, y pudieran alzar todas sus costas, y todas sus fronteras, y todas sus leyes de extranjería, como dos grandes brazos abiertos a la espera del hermano, sería en Medjugorje, —el altar exterior—, el lugar del encuentro.

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