En el último Mensaje nuestra amada Gospa, Madre de Dios y Nuestra, nos decía: “¿Acaso no ha sido mi Hijo quien por su doloroso sacrificio ha salvado el mundo? Como Madre suya estaba con Él en el dolor y en el sufrimiento, como estoy con todos ustedes. Hijos míos, estoy con ustedes en la vida, en el dolor, en el sufrimiento, en la alegría y en el amor” (2/03/2017).

Escuchar eso (como lo oyó Mirjana y nos lo transmitió de Su parte) de Sus mismos labios, nos llena de consuelo y esperanza: sabernos acompañados por Su Corazón materno, por el Doloroso e Inmaculado Corazón de Nuestra Mamá, en cada circunstancia, a lo largo de toda nuestra vida. Como lo estuvo Jesús. Saber que Ella comparte nuestras alegrías y penas. Como las compartía con Él.

La existencia mortal del hombre, su vida sobre la tierra, es como una Vía Dolorosa, un Valle de lágrimas, que hay que atravesar hasta llegar al Paraíso de la vida imperecedera donde el Padre nos aguarda para estrecharnos sobre Su pecho en un abrazo eterno de amor. Por eso, cada vez que rezamos el ejercicio piadoso del Vía Crucis o meditamos en la Pasión de Jesús, es bueno que tengamos presente que son tres los personajes principales de este Drama: en primer lugar, los dos protagonistas que pagaron con sus propias vidas el precio de nuestra Redención: Cristo, nuestro Salvador y Redentor, que con su purísima sangre, divina y preciosa, lavó nuestros pecados y nos abrió la puerta del Cielo. Y María, la Madre Dolorosa, la corredentora, Virgen de la Soledad y la Angustia más grande, que por su amor inmenso hacia Jesús, padece la agonía de su Hijo, y así consumida de dolor, inmersa en el cáliz de la sangre redentora de su Hijo, comparte plenamente el sacrificio salvífico de Jesús. En tercer lugar, cada uno de nosotros, llamados a recorrer el Vía Crucis de nuestra vida en la fe y en el amor, y completar en nosotros -como dice san Pablo- “lo que falta a la Pasión de Cristo” (cfr. Col 1,24).

La Vía Dolorosa es también el camino que María recorre, acompañando y consolando a su Hijo. Su compañía y su consuelo son silentes y escondidos: Ella camina, junto a su Hijo, compartiendo todo el dolor de Cristo. María desde su lugar, vive la Pasión de su amado Hijo dándole la fuerza y la gracia de su amor. Por eso, la Pasión de Cristo, que vamos a celebrar –un año más– esta Semana Santa es, también, la Pasión de María, vivida como sólo la puede vivir una Madre, olvidada de Sí hasta el límite de las fuerzas humanas. La podemos denominar, propiamente, la “compasión de María” en la Pasión de Jesús. Es como el eco de la Pasión en su Corazón. Pasión y compasión de amor.

Quisiera compartiros un Vía Crucis que compuse para rezarlo en el monte Krizevac con los peregrinos de mi parroquia de Vila-real en julio de 2013 que intenta contemplar la Pasión de Jesús y la Compasión de Su Bendita Madre y verbalizar una simple gota del océano infinito de tormento y agonía que inundó Su Doloroso e Inmaculado Corazón mientras acompañaba y compartía el dolor de Su Hijo el primer Viernes Santo de la historia.

VÍACRUCIS MEDJUGORJE “contado por la VIRGEN MARIA”

INTRODUCCIÓN

Vamos a meditar el Viacrucis de Jesús, desde el Doloroso e Inmaculado Corazón de María, la Madre. El Vía Crucis que recoge sus sentimientos, sus palabras y su llanto. Será Ella, la que nos acompañe, la que nos hable, la que nos cuente las “cosas” que guarda celosamente en su Corazón. Corazón materno transido de dolor, traspasado por la espada profetizada, treinta y tres años antes, por el fiel Simeón. La Palabra de Dios nos dice en el libro del Eclesiástico: “no olvides los dolores de tu madre” (7, 27). Recordemos, agradecidos, cuánto sufrió Nuestra queridísima Gospa, la Bienaventurada Virgen María por nosotros. Lo que le costamos.

1ª estación: Jesús es condenado a muerte

Con María te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo. (se dice al principio de cada estación).

Nos dice mi hijo, el dulce Juan, que “Dios envió su Hijo al mundo no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él”. Él, enviado por el Padre, vino a mí, pobre niña nazarena. Sí, el Verbo, Dios eterno, se acercó a mí, con el amor humilde de un ser minúsculo que pide asilo en mis entrañas. Y se refugió, recién nacido, en mi regazo.  Yo le di todo cuanto tiene de hombre verdadero: toda su carne, toda su sangre. Sus genes y cromosomas, su “ADN”, su sustancia humana…, se la di yo, la tomó el Espíritu de mí. Por eso Él es mío. Sólo mío. Por eso soy su Madre, su Madre Virgen. Y su Hija. Hija de mi Hijo. Su humilde sierva. Su esposa. Él es Mi vida. Mi Dios. Mi todo.

Aquel mediodía, me dijo Gabriel que sería “Hijo del Dios Altísimo”, que salvaría al mundo del pecado y que su Reino duraría por los siglos…

Y aquí estamos, en vuestra primera estación: JESÚS, CONDENADO A MUERTE. Ironías de la historia. El Inocente condenado por los culpables. Y a muerte por los muertos. En el título de su condena están los millones de condenados inocentes que a lo largo de los siglos seguirán a mi Hijo, especialmente, los “niños inocentes”: aquellos que Herodes mandó matar en Belén, y los millones de niños que, como ellos, son sacrificados en el vientre materno. Niños masacrados, mutilados, olvidados. Pobres niños, mis niños, mis pequeños. Condenados a muerte antes de nacer.

A esto, ¿lo llamáis progreso? Escuchad la advertencia de mi Hijo: “No condenéis a nadie, para que Dios no os condene a vosotros” (Mt 7,1).

“¡Queridos hijos! Esta tarde en particular, os invito a ser perseverantes en las pruebas. Considerad cuánto sufre mi Hijo todavía hoy a causa de vuestros pecados. Por eso, cuando lleguen sufrimientos, ofrecedlos en sacrificio a Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!” (Mensaje del 22 de Marzo de 1984).

2ª estación: Jesús carga con la Cruz

Querido Simeón, cómo acertaste. Tu profecía me atraviesa. En la noche más espesa, más oscura y densa.  No se le puede comparar otra. Sí, esta es la hora de “las tinieblas”. La del “príncipe de este mundo”. Noche en que reina el odio. Y el tormento. Noche de agonía y sangre, de traiciones, de juicios sumarísimos. Noche de burlas, golpes, flagelos y más sangre, sangre de mi Hijo, de mi Niño grande. De mi Dios y Señor. Después, columna, flagelos y corona, y más sangre…

No. No dormimos. Como nuestro pueblo en Egipto, la noche del exterminio. No durmió ni el gallo. Noche en vela. Noche negra. Aciaga de presagios. Y Él, mi Hijo, mi vida, mi único amor, mi Dios, sólo. Traicionado, negado, torturado…, y abandonado… por sus amigos.

Y, cobarde, Pilato, se lavó las manos, manchadas de la sangre inocente de Jesús…, sangre preciosa, con la que me preservó a mí y os rescató a vosotros, del pecado…

El viento arrastra todavía hojas muertas de los ramos vivos del domingo, y parece oírse aún el eco del “Hosanna” …, cuando un grito sacrílego lacera mis oídos y traspasa mi alma: “¡Crucificale, crucificale!”. Ahora comienza, literalmente hablando, el “Vía Crucis”, el camino de la Cruz, el camino con la Cruz. Cruz que recibe y besa mi Hijo, como el esposo abraza y besa a su esposa en su noche de bodas.

En verdad, no hay vida sin cruz. Y a sus seguidores, a vosotros y vosotras, que camináis, queráis o no, con la cruz a cuestas, os dice Él: “si alguien quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día, y véngase conmigo”. (Lc 9,23).

Queridos hijos, en estos días mientras celebráis con alegría la Fiesta de la Santa Cruz, deseo que también su cruz sea una alegría. De modo especial, orad, queridos hijos, para poder aceptar las enfermedades y los sufrimientos con amor, tal como Jesús los aceptó. Sólo así podré daros con alegría las gracias y las curaciones que Jesús me concede. Gracias por haber respondido a mi llamada”. (11/09/1986).

3ª estación: Jesús cae por primera vez

A pocos metros caminaba yo, con Juan y algunas amigas. Con las lágrimas en los ojos y el corazón, con la pena desparramada por las entrañas, con todo el peso de aquella cruz sobre el alma, con una terrible impotencia adueñándose de nuestro espíritu. La calle, en la que le encontré, después la llamarán y con razón “la calle de la Amargura”, era estrecha, tortuosa, con baches, y piedras, muchas piedras… Entonces, le vi, le vi tambalearse. Y cayó, cayó a tierra. Desplomado. Y a mí se me desplomó el alma.

Yo lo llevé en mi seno, le vi nacer, lo amamanté y crié, lo rodeé de amor, le enseñé a dar sus primeros pasos, lo eduqué y le vi crecer, hacerse un hombre.

Ahora, le veo derribado, caído en tierra. Y recuerdo sus pequeñas caídas por las cuestas y calles de Nazaret. Aquellas cuando niño. Cuando acudía presurosa a recogerle. A estrecharle entre mis brazos. A mitigar su dolor con mis besos.

Vi el madero aplastando su rostro contra las piedras. Y me acodé del Salmo: “Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu rostro”. Y quise ver su rostro. Acariciarlo. Besarlo. Como cuando Niño. Y no podía. Al fin, con grandes esfuerzos, se levanta. Prosigue el Vía Crucis. Sí, mi Hijo, recorrerá ese camino hasta el final… por nosotros.

Queridos hijos, vosotros no sois conscientes de las gracias que el Señor os concede. Vosotros no deseáis poneros en movimiento en estos días, en los que el Espíritu Santo está obrando de un modo especial. Vuestros corazones están vueltos hacia los bienes materiales y esos bienes os absorben. Volved vuestros corazones a la oración y pedid que el Espíritu Santo se derrame sobre vosotros. Gracias por haber respondido a mi llamada” (9/05/1985).

4ª estación: Jesús se encuentra con su Madre

Nunca olvidaré el primer encuentro con mi Hijo. Era entrada la noche. José estaba inquieto ¡hubiera querido tantas cosas para Dios Emmanuel! El abrió, reflejando la gloria del paraíso, sus ojitos…, azules como el cielo del que venía, y los fijó en los míos, sonriéndome con infinita dulzura…

Han pasado tantos años… Toda una vida junto a Él. Pablo dirá, un día: “para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”. ¿Qué puedo decir yo, ahora, cuando me arrebatan mi vida, mi único bien?

Sólo pude empujar con todas mis fuerzas para acercarme a Él, y corrí a su encuentro. Le grité para que levantara los ojos. “¡Jesús, Hijo…!”-le dije. Luego, nuestras miradas se cruzaron. Y sobraron las palabras. Fijé mis ojos en los suyos, y en el más elocuente de los silencios, dialogaron nuestras almas. Nuestros corazones seguían latiendo, fundidos, en un mismo compás. En verdad eran uno. Un solo corazón. Un único amor. Una idéntica voluntad. Un mismo designio. Un sólo sacrificio.

Este encuentro no lo narraron los evangelistas. Pero quedó impregnado en mi mente, en la memoria de mi corazón. Para siempre.

¿Quién puede medir el dolor en el corazón de una madre? ¡Sólo es comparable a su amor! En aquel instante, experimenté ese innominado dolor de tantas madres que a lo largo de los siglos sufren y sufrirán viendo a sus hijos maltratados, torturados, perseguidos…

No me dejaron más. Sólo pude acariciarle con la mirada… Y decirle, nuevamente, con el alma traspasada: “He aquí tu sierva. Amén, Padre mío. Cumple en mí tu designio”.

¡Queridos hijos! No, vosotros no sabéis amar y no sabéis escuchar con amor las palabras que Yo os doy. Daos cuenta, mis amados hijos, que Yo soy vuestra Madre y que he venido a la tierra para enseñaros a escuchar por amor, a orar con amor y no obligados a causa de la cruz que lleváis. Con la cruz Dios es glorificado en cada hombre. Gracias por haber respondido a mi llamada” (29/11/1984).

5ª estación: El Cirineo ayuda a Jesús

Lo veía, apenas lo veía caminar, apenas caminaba. Quería, mi Hijo, pero no podía. Gabriel me dijo aquel día “para Dios nada hay imposible”. Podía, pues, pero no quería, no quería ejercer su omnipotencia. Se despojó de ella, cuando asumió de Mí, la humilde sierva, su condición de esclavo. Y, ahora, el pecado, vuestros pecados, hechos cruz sobre sus hombros, le pesan tanto…  Pero, es así, precisamente, como muestra Él su omnipotencia: en su debilidad, en su fragilidad, en su misericordia… Todo lo soporta. Porque es amor. Porque os ama.

Entonces, apareció de repente, Simón de Cirene, el leñador. Venía del campo. Y le obligaron, los soldados. No por piedad. No por Jesús. Porque no muriera, exhausto en el camino, antes de llegar al Calvario. ¡Con cuánto agrado hubiera ocupado yo, su Madre, su esclava, el lugar de Simón! Al menos, mi corazón afligido, se sintió aliviado. Y agradecido, al padre de Alejandro y Rufo. Buen cristiano, mi hijo Simón.

Desde entonces, “cirineo” es toda persona que ayuda, cuida, libera, sostiene, defiende a su prójimo. Y, desde entonces, el “cirineo” por antonomasia, por excelencia, es Jesús, mi Unigénito. Y se hace gozosa realidad la afirmación de Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).

Queridos hijos, os invito a que ayudéis a Jesús con vuestras oraciones para la realización de todos los planes que Él está cumpliendo aquí. Presentad también vuestros sacrificios a Jesús, para que se realice todo lo que Él ha dispuesto y para que satanás no pueda hacer nada. Gracias por haber respondido a mi llamada” (9/01/1986).

6ª estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

En mi época, en mi pueblo judío, la mujer apenas tenía derechos. No contaba para casi nada. Pero, cuando mi Hijo empezó a predicar el Reino, admitió mujeres en el grupo de discípulos. Desafió la estrecha ley, y dialogó y convirtió a la samaritana. Desafió a los puritanos cuando se dejó regar los pies por las lágrimas de Magdalena. Y dio la cara por la pobre adúltera.

Nos llaman “el sexo débil”. Pero todos sabemos lo resistentes que somos las mujeres. Conocemos la capacidad de ternura, de entrega, de abnegación, de amor en una palabra, con la que la mujer está dotada. Toda ella está preparada para albergar, gestar y dar vida a costa de su propia vida. Y por otra parte, la mujer es capaz de obrar impulsada únicamente por el amor, sin esperar nada a cambio. Ama porque ama. Ama porque se sabe portadora de vida. La mujer es, en fin, valiente, fuerte, decidida. Quizá por eso, lo que no se atrevió a hacer ningún hombre, lo hizo la Verónica, pisoteando todo respeto humano. El premio no se hizo esperar. Se llevó en paga el rostro de Jesús. Así premia mi Hijo a los audaces por su amor.

Recuerdo sus palabras: “lo que hicisteis con mis hermanos, los humildes, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Y agradezco a todas las “verónicas” de la historia que limpian rostros humanos, rostros hermanos, rostros de Jesús. De mis hijos.

Queridos hijos, hoy os invito a que os decidáis a vivir los mensajes que os estoy dando. Deseo que seáis activos en vivir y comunicar los mensajes. De modo especial, queridos hijos, deseo que todos seáis un reflejo de Jesús que ilumine a este mundo infiel que camina en tinieblas. Deseo que todos seáis luz para los otros y que déis testimonio de la luz. Queridos hijos, vosotros no habéis sido llamados a las tinieblas sino a la luz. Por tanto, vivid la luz con vuestras vidas. Gracias por haber respondido a mi llamada” (5/06/1986).

7ª estación: Jesús cae por segunda vez

Pese a la ayuda de Simón de Cirene, Jesús, de nuevo, se derrumba. Todo en la Pasión es sufrimiento. Todo dolor y vergüenza, dolor físico, moral. De cuerpo y alma. Dolor total. Y, por segunda vez cae, Jesús, en tierra. No había venido a ser servido, sino a servir. Ahora, ¡cae de nuevo por el peso del pecado! Y queda tendido en el camino hecho un guiñapo, un amasijo de sangre y polvo…

Recuerdo, entonces, la profecía: “No tenía apariencia ni presencia; le vimos, y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de todos los quebrantos” (Is 53,2-3). Jesús pisoteado y hundido en la humillación, como un escombro de hombre. La Omnipotencia y el Amor al borde de todas las humillaciones.

Todas sus heridas se graban en mi Corazón.  Como un puñal. Y me traspasan… Laceran mi Corazón materno compasivo, que “padece con” Él, para pagar vuestras rebeldías y sensualidades. Vuestros pecados.

Miradle: Jesús forcejeando y levantándose de nuevo, es vuestro Maestro, vuestro Modelo. La perseverancia, la constancia hijos míos, ha de ser clave de todas las victorias, norma de todas las horas. Apoyaos siempre en su fuerza. Yo os arroparé, como a Él, con mi presencia.

Queridos hijos, en este tiempo de preparación al aniversario invito a los fieles de la parroquia a que oren más y a que su oración sea un signo de su abandono a Dios. Queridos hijos, sé que vosotros estáis cansados y es porque no sabéis abandonaros en mí. En estos días abandonaos totalmente a mí. Gracias por haber respondido a mi llamada” (13/06/1985).

8ª estación: Jesús habla a las mujeres de Jerusalén

Me sentí menos sola, cuando oí los sollozos de estas mujeres compasivas. Ellas comprendían mejor que nadie lo que es el dolor de una madre ante la desgracia de un hijo. El río de las lágrimas humanas, sobre todo el de las lágrimas femeninas, es el más caudaloso de todos los ríos. Ahora, ellas, hijas, madres, esposas, lloran por Él, desconsoladas.

Jesús no está ensimismado en sus propios dolores, y les habla. Y las consuela. Aunque, más bien, las avisa, las advierte. Él siempre tuvo una palabra para cada hombre; un aliento para cada alma; una respuesta distinta para quien se acercaba con profundos dramas. Les dice que no lloren por Él, sino que lloren más bien por ellas y sus hijos… También lloró Jesús al entrar en Jerusalén, pensando en lo que ocurriría a los hijos de estas madres. El había venido a traerles la paz, a cobijarlos como la gallina a sus polluelos… ¡y no habían querido escucharle!

¡Qué fácil y cómoda os resulta una piedad sensible que se contenta en el lamento! Mi Hijo espera algo más que vuestros llantos, de vuestras quejas permanentes, de vuestras inútiles protestas.

¡Cuántos, ayer como hoy, lloráis el paso de Jesús y qué pocos le seguís, siempre con vuestros hombros intactos, sin cargas ni cruces! Si queréis llorar, llorad como Pedro, llorad por vuestros pecados.

Queridos hijos, deseo guiaros pero vosotros no queréis escuchar mis mensajes. Hoy os invito a escuchar los mensajes y así podréis vivir todo lo que Dios me dice que debo transmitiros. Ábríos a Dios y Dios obrará por medio de vosotros y os concederá todo lo que necesitáis. Gracias por haber respondido a mi llamada” (25/07/1985).

9ª estación: Jesús cae por tercera vez

El número tres está presente en la Pasión: tres apóstoles, con Jesús, en Getsemaní; tres las negaciones de Pedro; tres los crucificados; tres las lenguas del título; tres las horas de agonía en la Cruz; tres los días en el sepulcro. Días sin sol, sin amor. Tres de la tarde, cuando murió Jesús. Y, ahora, la tercera caída. La última. Estamos llegando a la cumbre del Calvario.

No le quedan fuerzas. Se rinde su cuerpo. Y cae. Cae, de nuevo, desplomado. De nuevo su cara, golpeada anoche, horadada por las espinas, cae violentamente contra las piedras. Y quedó, así, en el suelo a merced de lo que quisieron hacer con Él. Humillado, exánime, acabado, roto mi Niño grande, mi Dios oscurecido, mi amor masacrado, mi cielo apagado. De Él dijo Isaías, “ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y en sus cicatrices hemos sido curados”.

A mí, la amargura me sube pecho arriba como oleaje de mar embravecido, como tormenta de tormento interior. ¡Si pudiera cambiarme por Él!

Pero, a pesar de su aparente impotencia, conozco su omnipotencia, se, que para Él, “nada hay imposible”. Al punto, con esfuerzo sobrehumano, se levanta. Y prosigue el cortejo.

Aprended, hijos, de mi Hijo: ¡si, al menos, fueseis tan prontos en levantaros como Jesús!

Queridos hijos, hoy os quiero decir que el Señor os enviará pruebas que vosotros podréis superar con la oración. Dios os prueba a través de las ocupaciones cotidianas. Por lo tanto, orad para poder superar cada prueba con paz. A través de cada prueba salid más abiertos a Dios y acercaos a Él con amor. Gracias por haber respondido a mi llamada” (22/08/1985).

10ª estación: Jesús es despojado de sus ropas

Llegamos a la cima. Del Calvario. De la infamia. Del oprobio. Los soldados, reparten sus vestidos, y se juegan a los dados, su preciosa túnica sin costuras. Yo misma la tejí con mis manos.

Ahora, se la arrancan, sangrante, con violenta crueldad, de su cuerpo lacerado. Y con ella, trozos de piel y carne, que se había pegado a la tela, reabriendo, una a una, sus heridas. Y noté, noté, como me arrancaban a mí el alma a pedazos. Desnudo, despojado de todo, quedó mi Hijo expuesto a la humillación, a la ignominia, a la befa del populacho.

Nunca podréis imaginar el sufrimiento de verle desnudo, despojado de su ropa, de su dignidad… Yo, su Madre, conocía cuánto le gustaba su intimidad tan pura, tan serena. ¡Ay, si hubiese podido cubrirle, ahora, como hice, entonces, en Belén cuando envolví su piel infantil, con mimo y ternura, entre pañales!

Él, que vino al mundo desnudo, sin nada, para enriquecernos con su pobreza…, ahora, experimenta el desprecio, la ingratitud, el escarnio de ver pisoteada su entrega, su pureza ensangrentada, su pudor y amor profanados. Este dolor moral lacera como ningún otro mal, su alma atormentada.

Si os atrevéis a levantar la vista hacia Jesús, encontraréis el asombro de un cuerpo raído, surcado a latigazos -imponente rúbrica de sangre-, sufrida a fuerza de amor. Lo encontraréis herido por vuestras rebeldías y molido por vuestras culpas, sin parte ilesa en su carne, repulsivo y despreciable. Expoliado. Sin apenas apariencia. Como un desecho humano.

Horas antes, había dicho el Procurador: “¡Ecce Homo!”. Sí, Él, es el Hombre verdadero, la Verdad sobre el hombre. Es el Hombre que quita el pecado del mundo, porque carga con él; y el Hombre amado sin medida por Dios, en quien todos somos amados. El Predilecto, en quien somos hijos.

Miradle sin cansaros. Mirad sus llagas espantosas: por ellas hemos sido curados. Contemplad sus manos atadas: por ellas hemos sido liberados. ¿Veis ese rostro deformado?: por él, hemos sido embellecidos ante Dios. Pedidle amor para comprender, y generosidad para entregaros, sin reservas. Pedidle gracia para descubrirle en todo hombre que sufre, y para poder socorrerle y consolarle en él.

Queridos hijos, día tras día deseo revestíos de santidad, de bondad, de obediencia y de amor a Dios, a fin de que día a día seáis más hermosos y estéis más dispuestos para el Señor. Queridos hijos, escuchad y vivid mis mensajes. Yo deseo guiaros. Gracias por haber respondido a mi llamada” (24/10/1985).

11ª estación: Jesús es clavado en la Cruz

Ha llegado la Hora. Aquella por la que vino al mundo, por la que se encarnó en mi seno virginal, humilde y puro. De la que me habló hace casi tres años en aquellas bodas… Ahora, es la Hora. Se cumplen, por fin, las palabras del profeta. Comienza la ejecución. Comienza el rito cruel, inhumano, macabro.

Ahí está Jesús, silencioso, “como cordero llevado al matadero”. Se duele integralmente. Es puro dolor y angustia. Pero no se queja, no protesta. Dispuesto a apurar el cáliz. A que todo se cumpla.

Cuando los soldados levanten la Cruz, comenzará una agonía que durará tres horas. Entonces, se cumplirá, también, su palabra: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacía Mí”.

Contemplad cómo le empujan contra la roca del Calvario. Cómo se desploma sobre el madero transversal, el patíbulo, que ha cargado sobre sus espaldas… Y le clavan una y otra mano. El eco de los golpes desciende monte abajo multiplicándose y alejándose. A mi vista llega el escándalo de la sangre, entre el fragor de golpes despiadados. Dios agarrotado en la Cruz, y Yo, su Madre, en pie, aceptando. Como Abraham, decidida a inmolar a mi Hijo en sacrificio. Sin esperar la aprobación divina, a ningún ángel que detenga la ofrenda. El holocausto.

Y cae el martillo: traspasan los clavos la carne de Dios, que es, también, carne mía. Mi corazón se detiene al oír los martillazos atravesando sus huesos. El pecado golpea, despiadado: vuestros pecados de carne, que se ceban en sus carnes divinas; vuestras sensualidades, que hacen llagas al casto cuerpo de Jesús; vuestra lujuria, que ensangrienta su pureza.

Después, lo izan en alto como bandera, como estandarte santo. Hasta que encajan el patíbulo, del que cuelga clavado, en el palo vertical o stipes, hincado en la roca misma del Calvario. Ya está compuesta la Cruz. Y toda su humanidad cae sobre su peso, desgarrando sus carnes pendientes de los clavos. Y queda su cuerpo suspendido entre el cielo y la tierra. Colgando de los clavos que laceran las muñecas de sus manos rígidas y abiertas.

Después, siguiendo el rito de la crucifixión, estiran sus piernas, y juntando ambos pies, los fijan al palo, con un único clavo. Y queda, así, mi Jesús, cosido a su Cruz, a tu cruz, a vuestras cruces.

¡Abba! Perdónalos, porque no saben lo que hacen”- dijo. Y me uní, emocionada, a su plegaria.

Hasta aquel viernes santo, la Cruz, era en el imperio romano, el castigo más ejemplar y humillante, el suplicio reservado a los peores, a los esclavos. La “ignominia” (Hb 12,2). Y, en el pueblo judío, para el hombre religioso, era el estigma, la maldición divina: “Maldito el que pende de un madero”-dice la Escritura (Dt 21,23). Pero, a partir de hoy y para siempre, la cruz se convierte en “árbol de la vida” (Apo 22,14), en “poder y salvación de Dios” (1 Cor 1,23). Aquella tarde, todas las miradas se dirigían a Él. Y por los siglos de los siglos, los mordidos por el mal, como en el desierto por las serpientes, encuentran, al mirar a mi Hijo crucifijo, la salvación y la vida.

Al leer el título de la condena sobre el stipes de su Cruz, recuerdo cuántas veces, siendo chiquito le decía: “¡Mi pequeño Niño, mi gran Rey!”. Y afloran en mi corazón las palabras de Gabriel: “su Reino no tendrá fin”. Y mi angustiada alma, crucificada con Él, se estremece, y grita, grita muy dentro y muy fuerte, suplicándole, con todas mis fuerzas: “Hijo mío, déjame morir contigo”.

Queridos hijos, hoy también os invito a que os abráis más a Dios para que Él pueda actuar a través de vosotros. En la medida en que os abráis, recogeréis los frutos. Deseo invitaros nuevamente a la oración. Gracias por haber respondido a mi llamada” (6/03/1986).

12ª estación: Jesús muere en la Cruz

La muerte, al fin, llega la muerte. Pero antes, tres horas, de sexta a nona, de agonía eterna. Agarrotado, consumido por el sufrimiento, cuelga, mi Hijo, sujeto a los brazos de la cruz, como de la rama el fruto. No, no sufrió de broma, Jesús. Sólo os podéis hacer una ligera idea si estudiáis su preciosa reliquia: la Sábana Santa, que se conserva en Turín, con la que envolvimos y enterramos su cadáver. ¡Sufrió tanto por vosotros! ¡Tanto, Dios mío! ¡Cuánto!

Antes, fue la agonía del Huerto y el sudor de sangre. La deshidratación progresiva. Los puñetazos y golpes. Los flagelos. La corona y las espinas. El peso del madero. Las caídas. Las cicatrices abiertas… Ahora, es la Cruz. Son los clavos. Las hemorragias. La sed. La lengua pegada al paladar. La fiebre. La asfixia… No es posible sufrir más… Hasta que el tétanos le invade y le penetra, acalambrando su cuerpo.

Aunque, lo que más le duele a mi Hijo, el dolor más fiero, la peor tortura, el sufrimiento más infame, la batalla definitiva, se libra en su alma: es, lo que en la mística se llama “la noche del espíritu”. Eclipse y total desamparo. Amarga soledad. Noche del alma. Sin Luz. Sin amigos. Vacío y Nada. Fría y oscura amargura. Denso y espeso silencio. La Hora. La de las tinieblas. La de la prueba definitiva, suprema. Por primera y última vez, el Verbo eterno, conoce, en su condición de Siervo, como hombre verdadero, la orfandad, la nostalgia, la soledad. Una pregunta le fustigaba: ¿Dónde estás, Padre mío? ¿Dónde tu Presencia? Y por única vez parece –solo parece- que ya no son Uno. Que ya no son, ni están, como siempre, eternamente, existentes, comunicantes, los Tres. Porque, ahora, tentado, nuevamente, como en el desierto, como en Getsemaní, por el diablo, le parece, se siente, sin Padre. Sin Dios. Desamparado.

Pero el Padre, en su insondable misericordia, no le ha privado de mi presencia, que mitiga su aparente ausencia. Entonces, entreabre los ojos, enrojecidos y resecos, y me mira, me ve. Sólo le quedo Yo. Solo me tiene a Mí. Su Madre. Su Hija. Su Esposa. Y los dos, recitamos juntos, el Salmo 21 que comienza en nuestra lengua materna: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní…?”.

Después, viendo también a Juan, junto a Mí, me llamó, como en Caná, “Mujer”. Y me dijo: “Mujer, cuida de tu hijo”. Luego, le dijo a Juan: “Hijo, cuida de tu Madre”. Y desde aquella Hora sois míos. Mis hijos.

A mí, la angustia me torturaba, no me dejaba razonar, se me clavaba en la sien como un puñal. Pero, en medio de aquella agonía mortal, me sostenía la fe y la esperanza, el amor a mi Hijo, a mi Dios. Y me abandoné, nuevamente, a su querer: “¡Abbá, Padre mío! ¡Detén este horror! ¡Ten piedad de tu Unigénito! ¡Salva a nuestro Hijo!… ¿Abbá?… ¿No se conmueven tus entrañas, Dios mío?… ¿Pero, no es Él el Amado, tu Predilecto?… ¡Mírale, Abbá! ¡Mira cómo le han puesto!… ¿No te basta ya?… Si quieres, si es posible aún, líbralo, Padre, de esta Hora. Pero, aún ahora… sólo se decirte: Amén, Abbá del cielo. Amén, Abbí, Padre mío. No se realice mi deseo, si no es, también, el tuyo. Hágase tu voluntad. Que todo se cumpla. Glorifica a tu Hijo. Consuma en nosotros tu designio”.

Entonces, oí cómo decía, con la sonrisa en los labios: “Todo está consumado”. Y gritó. Clamó con todas sus fuerzas. Era el grito de la muerte, transido de amor y esperanza: “Abba, Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. E, inclinando, suave y dulcemente, la cabeza, cerró los ojos, y expiró… Con esa mansedumbre del cirio que se apaga, una vez terminado el Sacrificio.

Profundo misterio: Jesús, Dios verdadero, el Hijo del Hombre, el que era la Luz y la Vida, ha muerto en Cruz, y en una Cruz crucifijo.

Queridos hijos, en estos días os invito a poner la Cruz en el centro de todo. Orad especialmente ante la Cruz, porque de ella se derraman grandes gracias. En estos días, haced en vuestras casas una consagración especial a la Cruz. Prometed no ofender más a Jesús ni a la Cruz y que no pronunciaréis más blasfemias. Gracias por haber respondido a mi llamada” (12/09/1985).

13ª estación: Jesús muerto en brazos de su Madre

Era la hora de nona. Eran las tres de la tarde. El cielo se cubrió de luto. Nubarrones. Tinieblas. Vendaval. Desconcierto. Sismos en las rocas. Tormenta. Tumbas abiertas. Alboroto y caos. Las gentes corrían enloquecidas, pobres hijos míos: huían a ninguna parte, huían de sí mismos y de sus culpas.

Entonces, uno de los soldados, Longinos, se acercó a la Cruz, y viéndole ya muerto, para que se cumpliese, por los siglos, la profecía de Zacarías “mirarán al que traspasaron”, levantó su lanza y de un golpe despiadado, le abrió el costado, atravesó su Corazón que tanto había amado… El dolor de la punzada lo sentí yo –acerbo, brutal–, traspasándome el alma. Al punto, el cielo empezó a llorar. Diluviaba. Lágrimas del Padre. Sí, era Dios Quien lloraba.

Y, al punto, por la llaga fría, por el pecho herido, por el Corazón llagado de Jesús, dormido en la Cruz, brotó sangre y agua. Con mi hijo Juan, vi un leve rio de agua y sangre que manaba, como un torrente de gracia, regando la tierra yerma, agostada. Porque, de la hendidura de su costado, fluían, como en cada parto, los líquidos de la vida. Brotaban, incontenibles, de aquella fuente divina, manantial de misericordia, surtidor de eterna vida. Con esa sangre, que es la mía, os compró. Con esa agua, que es del Espíritu, os bautizó en su Pascua. Acudid todos a esa fuente divina, a ese manantial de gracia y misericordia, con el recipiente de la confianza. Y decid: “Oh, Sangre y Agua, que manáis del Corazón de Cristo, ¡en Vos confío!”.

Se consumó el sacrificio. Ya todo acabó. Dios cuelga muerto en un madero. Pronto empezará el sábado. Y lo desclavan. Y, de los brazos de la Cruz desciende a mis brazos. Helado, yerto, cristalino. Así concluye el mayor drama de la Historia.

Otra vez, como en Belén, mi regazo cuna le hacía. Muchas veces, lo tuve, niño, entre mis brazos; lo apreté junto a mi Corazón. Ahora, en esta noche oscura, en su “Hora”, abrazo su humanidad sin vida… Pero, sus brazos ya no se mueven, sus manos ya no acarician ni bendicen, y ya no siembran sin un descanso, el pan sublime de las verdades que lo divino puso en lo humano. Sus ojos ya no me miran. Ya no me hablan, no me besan ni me sonríen sus labios.

Apoyada mi frente en sus cabellos, empapados de sudor y sangre, gimo la última nana: “¡Duerme, Hijo! ¡Duerme, amor mío! Que tu Madre, la Sierva, velará tu sueño. Estaré en vela, mi Bien, hasta que el Padre te despierte. ¡Duerme, mi vida! ¡Dios mío, descansa!”.

Esta estampa, que llamáis “La Piedad”, evoca a Eva, la mujer, la primera madre de la historia, sosteniendo, desconsolada, en sus brazos, a su hijo Abel, muerto por su hermano Caín. Y, memora también, la profecía, que se cumple en Mí, ahora: “Vosotros que pasáis por el camino de la vida, mirad y ved, si hay dolor semejante a mi dolor” (Lam 1,22).

¡Queridos hijos! Ya os he dicho que os he escogido de manera especial, tal como sois. Yo, la Madre, os amo a todos. Y en los momentos difíciles, ¡no tengáis miedo! Porque Yo os amo aún cuando estéis lejos de Mí y de mi Hijo. Os ruego que no permitáis que mi Corazón llore lágrimas de sangre a causa de las almas que se pierden en el pecado. Por eso, queridos hijos, ¡oren, oren, oren! Gracias por haber respondido a mi llamada” (24/05/1984).

14ª estación: Jesús es sepultado 

Con el cortejo fúnebre, que –como en vuestras procesiones– presido, le llevamos a la tumba, envuelto en una Sábana mortuoria de lino. Es un sepulcro nuevo excavado en la roca. Una gruta cercana al Calvario, que José de Arimatea, amablemente, me presta. Nos acompaña, también, Nicodemo, Juan, y un grupo de fieles amigas, mis noveles hijos. Rociamos su cuerpo yerto, exánime, en mixtura de áloe y mirra, y revivo la visita de los Magos. Aquel día, recién nacido, en aquella bendita gruta, que también nos prestaron, el presente de Baltasar, aludía a su muerte y sepultura. A su sacrificio.

Entonces los campos de Belén, se iluminaron por una estrella; hoy el horizonte se ha oscurecido. Ya no se escuchan cantos; muchos de aquellos pastores han muerto y el Rey de reyes, ha dejado este mundo con la misma pequeña comitiva que lo recibió: su Madre y unas pocas personas de buena voluntad.

Por la abertura, estrecha y baja, pasamos de la antecámara al lugar de su solitario lecho, donde un banco de piedra frío y gris le esperaba. Le tienden sobre él, con mimo, con unción, con amor, y su bello rostro, aún desfigurado, cubro con una tela fina y blanca, el sudario.

Es hora ya de dejarlo y de cerrar la puerta del sepulcro. Pronto comenzará el sábado. Y, este año, también, la Pascua. Con diligencia, en la abertura de la roca viva, encajan una gran piedra redonda y la sellan. Aunque, las mujeres, todavía nos quedamos un tiempo velando, llorando, en silencio. Después, al atardecer, volvimos al Cenáculo. Y esperé, durante el sábado santo, día del gran descanso. Esperé, velando, el tercer día. Después, supe que en esta tregua de tres días, bajó mi Hijo a las moradas de la muerte, a los infiernos, donde esperaban los justos. Donde abrazó a José, su padre, mi marido.

Hace más de veinte años, cuando peregrinamos los tres a Jerusalén, por la Pascua, lo perdí también. Y lo recuperé salvo, al tercer día. Aquel recuerdo me sostenía, y su Gracia me confortaba. Una certeza me invadía: Mañana lo volveré a recuperar. Lo sé. Y ya nunca más, lo perderé.

Aquí termino, hijos míos, de contaros la geografía y la historia de la Pasión, Muerte y Entierro de mi Jesús, nuestro Dios y Señor. Todo acabó y todo empieza: Porque esto no es el final, sino el comienzo. Porque –como dijo mi Hijo–  si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero, si muere, da mucho fruto.

Por su muerte de tres días, sabemos que la vida y la misma muerte es una espera de la resurrección gloriosa. Sí, el sepulcro de mi Hijo es urna de esperanza. Es silencio prometedor de victorias. Es noche de estrellas. Es ansia de resurrección.

Como el Sagrario, el pequeño sepulcro místico de Jesús, con su puerta sellada, y su silencio sonoro, y sus promesas de vida.

Queridos hijos, hoy también deseo invitaros a que toméis en serio y viváis los mensajes que os doy. Queridos hijos, es por vosotros que me he quedado aquí tanto tiempo, para ayudaros a poner en práctica todos los mensajes que os doy. Por eso, hijitos, vivid por amor a Mí, todos los mensajes que os doy. Gracias por haber respondido a mi llamada” (30/10/1986).

Oremos por S.S. el Papa Francisco y sus intenciones para ganar las indulgencias concedidas a los que rezan el Vía Crucis: Padre nuestro, Avemaría, Gloria.

 

P. Francisco José Cortes Blasco

DESCARGAR: Via Crucis Camino del amor

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