Mensaje del 25 de julio de 2016 en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina

“Queridos hijos! Los miro y los veo perdidos, y no tienen oración ni alegría en el corazón. Hijitos, regresen a la oración y pongan a Dios en el primer lugar y no al hombre. No pierdan la esperanza que les traigo. Hijitos, que este tiempo sea para ustedes, buscar cada día más a Dios en el silencio de su corazón y oren, oren, oren hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

La mirada de la Madre

¡Cuánta belleza hay en la mirada de una Madre! De manera especial, la mirada de nuestra Madre del cielo, porque esta mirada de la Reina de la Paz, cumple la hermosa misión que Nuestro Señor le encomendó en el Calvario: “Jesús, viendo a su Madre y, junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde este momento el discípulo la recibió consigo” (Jn 19, 26-27)

Nuestra Madre, ha meditado la Palabra de Jesús en su corazón, la ha acogido, se ha apropiado de esta Palabra que se ha encarnado en Ella para redimirnos, obteniendo para nuestra naturaleza humana ser partícipe de la naturaleza divina (2 Ped 1,4) Como mujer contemplativa, ha seguido de cerca el ministerio público de su Hijo, los gestos de Jesús, su mensaje, y tiene presente que “…recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y viendo a las muchedumbres, tuvo compasión de ellas, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, esquilmadas y abatidas” (Mt 9, 36) Aquí Madre e Hijo se compenetran ante la humanidad doliente.

Desde niño, Jesús ha contemplado en los ojos de María, todas las gracias con que Dios Padre la ha adornado, la plenitud de la presencia del Espíritu Santo en Ella, la “llena de gracia” (Lc 1,28), y también ha crecido en su humanidad ante la mirada de su Madre. Por su parte, la Madre, ha visto en los ojos del Hijo su amor infinito, su entrega total a la voluntad del Padre: “¿No sabíais que conviene que yo esté en lo de mi Padre?” (Lc 2,49)

La primera discípula y misionera de Jesús, es precisamente, María Santísima. Nos ve perdidos en un mundo que se olvida de Dios poniendo la soberbia humana como el centro, creyendo que es posible alcanzar la felicidad con esfuerzo propio, sin la ayuda divina. Cuando nos volvemos el centro de nosotros mismos, entonces abandonamos la búsqueda de Dios, porque pensamos erróneamente que podemos prescindir de Él en nuestras vidas, y si Dios no es necesario, la oración entonces se considera inútil, una completa pérdida de tiempo, una evasión de la realidad.
La oración es fruto de la humildad, y la más humilde de las criaturas es precisamente la que ha sido coronada como Reina de la Paz, porque es su humildad la que aplasta la cabeza de la serpiente, entregándonos al que es la Paz, Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores.

El llamado a la oración y al silencio, es un llamado a descubrir en nosotros mismos la huella de Dios, hemos sido creados a imagen de Dios y sin embargo ya el hombre de hoy ni siquiera sabe dar razones de su propia existencia, del para qué de su vida.

San Agustín de Hipona nos dice “Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje proceloso de los mares, el fácil y copioso curso de los ríos, las revoluciones y los giros de los astros. Y, sin embargo, se pasan de largo a sí mismos” (Conf 10,8) La oración y el silencio nos devuelven a la interioridad, como signo de humildad, para reconocer que dependemos de nuestro Creador, que no somos autosuficientes, y que sólo en Dios, encontraremos nuestra paz y felicidad.

Nuestra Madre nos mira perdidos, desparramados hacia fuera, tratando de llenar el vacío interior con el deslumbramiento de lo exterior. Y mientras más lejos estamos de nosotros mismos, más infelices somos. Por eso, con amor materno nos lleva de regreso a lo profundo del corazón, donde la voz de Dios habla con claridad y nos muestra el Camino, que es el mismo Jesucristo.

Estamos bajo la mirada amorosa y tierna de nuestra Madre, que compadecida viene hasta nosotros, como un regalo de Dios, para animarnos, fortalecernos y dar testimonio de un Amor verdadero (1 Jn 4,8) que se ha dado a sí mismo por nosotros para que no estemos perdidos, sino que tengamos vida en Él.

Rev. Padre Augusto César Marín Arauz

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