30 de marzo de 2015

MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA REINA DE LA PAZ DEL 25 DE JUNIO DE 2014 EN MEDJUGORJE Y REFLEXIÓN DEL P. FRANCISCO ÁNGEL VERAR HERNÁNDEZ
 
«Queridos hijos, el Altísimo me da la gracia de poder estar aún con ustedes y de guiarlos en la oración hacia el camino de la paz. Vuestro corazón y vuestra alma tienen sed de paz y de amor, de Dios y de Su alegría. Por eso, hijitos, oren, oren, oren y en la oración descubrirán la sabiduría del vivir. Yo los bendigo a todos e intercedo por cada uno de ustedes ante mi Hijo Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!»

Todos los mensajes que la Madre nos da son importantes, sin embargo el de este 25 de junio, tiene especial relevancia por tratarse del Aniversario 33º de la primera aparición. Además, la noche anterior — 24 de junio a las 22 horas— hubo una aparición extraordinaria —ante miles de peregrinos en la Colina de la Apariciones—, y la Virgen no dio mensaje; sólo oró por los presentes, los enfermos y de manera especial por los sacerdotes que trabajan en Medjugorje y por toda la Parroquia; al final sólo dijo: «Vayan en paz queridos hijos míos». Iván mencionó después, que al día siguiente la Virgen daría un mensaje al mundo. En la aparición anual a Ivanka tampoco este año hubo mensaje, por lo que se debe concluir que la Virgen quería destacar la fuerza de un único mensaje: el del 25 de junio.

1. Conclusión de las apariciones hacia la paz, aún por definir.

En la primera parte del mensaje del Aniversario, la Virgen hace referencia a su presencia prolongada en Medjugorje, y enfatiza, que la conclusión de su mariofanía, aún está por definir por el Padre Celestial: «Queridos hijos, el Altísimo me da la gracia de poder estar aún con ustedes y de guiarlos en la oración hacia el camino de la paz.» Recuérdese, que si bien tres videntes tienen una aparición anual —18 de marzo, 25 de junio y 25 de diciembre— todavía los otros tres continúan con la aparición cotidiana, por lo que la Madre mencionó: «el Altísimo me da la gracia de poder estar aún con ustedes»; porque no se sabe por cuánto tiempo más continuarán las apariciones diarias. Y esto es lo más importante del Mensaje de Medjugorje: Dios Padre aún permite que Su Madre aparezca todos los días en la Iglesia de Cristo. ¡Es un gran regalo Suyo frente a los tiempos que vivimos! Y como cristianos nos corresponde interpretar este «signo de los tiempos», el de «una gran señal que apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas» (Ap12, 1) que destruye al infernal Dragón que intenta destruir a los hijos de la Mujer. La Madre espera que todos seamos agradecidos por el Don de permanecer aún con nosotros de esta forma extraordinaria.

Además, la Madre ha mencionado algo parecido a lo que pronunció —en la misma Colina con lágrimas en sus ojos hace 33 años—, 25 de junio de 1981. En esa ocasión dijo: «Paz, paz, paz y sólo la paz. La paz debe reinar entre Dios y los hombres y los hombres entre sí. Para eso es necesario convertirse, orar, ayunar y confesarse». Entonces, la Madre quiere que se recuerde otra vez el motivo de su visita prolongada: «Queridos hijos, el Altísimo me da la gracia de poder estar aún con ustedes y de guiarlos en la oración hacia el camino de la paz». Recuérdese además que esta paz que anuncia María comienza primero en el corazón, atraviesa la familia y luego se irradia en el mundo.

2. El corazón del hombre con sed de paz, de amor, de Dios y de Alegría.

También en el mensaje la Madre ha dicho: «Vuestro corazón y vuestra alma tienen sed de paz y de amor, de Dios y de Su alegría». Esta parte del mensaje es muy significativa, toda vez que transcurridos los 33 años de apariciones cotidianas, muchos no han encontrado, precisamente, lo que la Madre ofrece: paz, amor, presencia de Dios en el corazón y Su alegría. ¿Por qué? Porque no se abren como Ella espera a sus mensajes, a Este signo portentoso de su presencia extraordinaria en Medjugorje. Entonces, en el mensaje la Madre está diciendo: «Si se abren a Mi, a mis mensajes, encontrarán paz, amor… experimentarán a Dios y Su alegría» lo cual resume bellamente, el propósito de su venida en esta hora particular de la historia. Una vez dijo la Virgen: «estoy con ustedes para conducir el mayor número de almas posible al Paraíso», dedúzcase que este quehacer resume todos los demás de la Iglesia por cuanto realizamos está en función de la salvación de las almas. Por tanto, la Madre espera que acojamos sus mensajes y Su presencia, y que tengamos claro que no viene a incomodar a la Iglesia a ayudarla «para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.» (Lc 1, 74-75).

3. Descubrir en la oración la sabiduría del vivir.

Como es habitual en muchos mensajes de la Virgen, el núcleo del mismo recae en una hermosa llamada: «Por eso, hijitos, oren, oren, oren y en la oración descubrirán la sabiduría del vivir.» Pienso que para entender la importancia que tiene la oración en el alma del justo, también hay que orar. Porque la oración es el lenguaje de Dios y también es lenguaje del hombre. Cuando el ser humano ora se transforma, experimenta algo que sólo por medio de la oración se puede experimentar. Sin oración es imposible. «Y la oración —ha dicho la Virgen— no es algo que se pueda aprender por medio de libros, conferencias. Es algo que cada uno por sí mismo aprende y desarrolla cuando cada día saca espacio y tiempo para estar con Dios.» Lo curioso de esto es que sin oración no se entiende lo que la oración es. Por eso para entender las palabras de la Virgen hay que orar. Cuando se ora se comprende perfectamente lo que la Madre quiere decir. Es como si dijera: «sigan haciendo lo que siempre hacen», «no dejen de estar con Dios en la oración», «de llenar su corazón de Él», «de experimentar Su alegría, Su paz, Su amor, su Vida…» De esta manera la oración se transforma en indicador de dirección, en la sabiduría del vivir, toda vez que las decisiones en la vida personal y familiar las tomará Dios y se vivirá según Su Voluntad.

María nos está diciendo entonces, que la vida de oración, orar frecuentemente, no es otra cosa que saber vivir, vivir con alegría, con amor, con paz y con los pasos firmes y certeros de la vida. Y fue cuanto Ella y Su Hijo vivieron en la tierra. También fue la vida de los santos porque sin oración no hay felicidad, no se puede acertar en esta vida, no hay rumbo seguro ni firme. Recuérdese además, que la Madre respeta la libertad de sus hijos al momento de orar; si bien desea que recemos cada día, al menos: tres partes del santo rosario, que adoremos frecuentemente el Santísimo Sacramento del Altar y que tengamos nuestro grupo de oración. Cuando el hombre ora entonces, es feliz, aprende a superar cualquier problema, por muy serio que sea; comprende la voluntad de Dios y es capaz de perdonar a su peor enemigo, la persona que más daño le ha podido hacer en esta vida. Por lo tanto, sin una oración constante, y con el corazón, no puede haber sabiduría. María sabe que la principal sabiduría del vivir no está en las universidades ni en el internet, sino en la oración. Y para orar hay que abrir el corazón a Dios y dejarse transformar por Su Espíritu. La Palabra de Dios dice que: «Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.» (Rom 8,26-27). Y se puede alabar a Dios hasta con un sonido que no se pueden traducir (inefable) cuando el hombre se abre al amor de Dios y deja su orgullo. Para orar, entonces, hay que hacerse pequeño. Como recientemente mencionó el Papa, en su homilía del Viernes del Sagrado Corazón de Jesús: «Hay dos aspectos del amor. Primero, el amor está más en el dar que en el recibir. El segundo: el amor está más en las obras que en las palabras. Cuando decimos que está más en el dar que en el recibir, es porque el amor se comunica: siempre comunica. Y es recibido por el amado. Y cuando decimos que está más en las obras que en las palabras, es porque el amor siempre da la vida, hace crecer». Para entender el amor de Dios, el hombre tiene que buscar una dimensión inversamente proporcional a la inmensidad: es la pequeñez, «la pequeñez del corazón». «Moisés, ha indicado el Papa, le explica al pueblo judío que fueron elegidos por Dios porque eran ‘el más pequeño de todos los pueblos’. Y Jesús en el evangelio alaba al Padre porque «ha escondido las cosas divinas a los doctos y las ha revelado a los pequeños». O sea que Dios busca al hombre, con «una relación papá-niño» y lo acaricia y le dice: «Yo estoy contigo». «Esta es la ternura del Señor, en su amor; Él nos comunica esto, y nos da la fuerza de su ternura. Pero si nos sentimos fuertes, nunca tendremos la experiencia de la caricia del Señor, las caricias tan bellas del Señor… tan bellas.»

 

 

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