El Sensus Fidei y los frutos de Medjugorje

La Ascensión del Señor y la Asunción de Nuestra Señora al cielo no suponen más que su ingreso, en cuerpo y alma en la gloria, en la eternidad de Dios, en las dimensiones divinas de la Santísima e Inefable Trinidad. Al entrar en el ámbito de lo “invisible”, al desaparecer “visiblemente” de este mundo, no se desentienden de nosotros ni nos dejan huérfanos. Siguen con nosotros “todos los días” hasta el final de los tiempos.

Su presencia, ciertamente, no es (habitualmente) tangible, observable “materialmente” pues por su condición glorificada y fuera ya de las coordenadas del espacio y del tiempo de la condición terrena, pertenecen al universo futuro (eterno presente en Dios y realidad ya plena en Ellos). Pero esto no supone que no puedan manifestarse, aparecerse realmente como personas vivas (en cuerpo y alma, no como seres etéreos o fantasmales).

Por eso, desde hace dos mil años, a lo largo de la vida de la Iglesia, tanto Jesús como María, cuando Dios Padre lo ha dispuesto o permitido, se han aparecido (se han “hechos visibles”) en nuestra historia, a lo ancho del mundo, especialmente en períodos o situaciones de crisis o especial necesidad: no a todos (como en las apariciones del Resucitado previas a la Ascensión), sino a aquellos que han sido escogidos por el Padre: los videntes, a quienes les suelen confiar una misión y revelar una serie de mensajes de contenido místico (de oración y penitencia, de conversión y llamada a la fe y a la santidad de vida) y profético (algunas veces, apocalíptico).

Repasemos sólo las más conocidas:

  • Apariciones y Mensajes del Señor Jesús: las del Sagrado Corazón a santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII en Francia y las revelaciones a santa María Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia, en pleno siglo XX (1.931-1938 en Polonia): mensajes y secretos dirigidos a un mundo que necesitaba y continúa necesitando del amor misericordioso de Dios. El Diario que la Santa escribió y el culto a la Divina Misericordia que Jesús mismo deseaba ardientemente practicásemos, estuvieron prohibidos oficialmente por más de veinte años. Gracias a la intervención y a los esfuerzos del entonces Cardenal Karol Wojtyla, finalmente, en 1978, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, cambió su decisión original de prohibición y la anuló. Años después, al canonizar a Santa Faustina, el 30 de Abril del 2000, el Papa san Juan Pablo II declaró el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina” y, desde entonces, la devoción ha crecido y se ha extendido rápidamente por toda la tierra.
  • Apariciones y Mensajes de la Bienaventurada Virgen María: Mencionemos, tan sólo, las “Mariofanías” más famosas ya aprobadas por la Iglesia: 1) en 1531, Guadalupe, México. Nuestra Señora de Guadalupe. Vidente: San Juan Diego; 2) en 1846, La Salette, Francia. Nuestra Señora de La Salette. Videntes: Melanie y Maximin; 3) En 1858, Lourdes, Francia. Nuestra Señora de Lourdes. Vidente: Santa Bernardita Soubirous; 4) en 1917, Fátima, Portugal. Nuestra Señora del Rosario. Videntes: Sor Lucia, santos Jacinta y Francisco Marto; 5) en 1973, Akita, Japón. Nuestra Señora de Akita. Vidente: Sor Agnes Sasagawa; 6) en 1981, Kibeho, Ruanda (Africa). Madre del Verbo. Vidente: 3 videntes.

Sea como fuere, 1830 es un año clave en los últimos tiempos: tiene lugar en París la primera aparición moderna de la Virgen Santísima (en rue de Bac. Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Vidente: Santa Catalina Laboure). Comienza lo que Pío XII llamó la “era de María”, una etapa de repetidas visitas celestiales. Entre otras: La Salette, Lourdes, Fátima, Akita… Y como en su visita a Santa Isabel, siempre viene para traernos gracia, para acercarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre. También para recordarnos el camino de salvación y advertirnos de las consecuencias de optar por otros caminos.

Recientemente, el 4 de mayo del 2008, el Vaticano aprobó una Aparición mariana que sucedió mucho tiempo antes, también en Francia, en los altos Alpes, a la vidente Benôite Rencurel, entre 1664 y 1718. Reconocida, ¡tres siglos después! Es la 12ª aprobación de una Aparición en la historia de Iglesia. Y la más larga serie de ellas: duraron 54 años.

Muchas no han sido aún reconocidas (Garabandal, Medjugorje, y tantas otras en distintas partes del mundo). En este sentido, recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 67): “a lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas privadas, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de… completar la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia”.

La Congregación para el culto Divino y disciplina de los sacramentos en el Directorio de la piedad popular y la liturgia, asegura: “guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia”.

De otra suerte, nos dice san Pablo: “no apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno” (1Tes 5,9-21). Comentando estas palabras, el Cardenal Ratzinger (Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, después Papa Benedicto XVI), afirma: “todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los «signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano II: «…sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc 12,56). En esta parábola de Jesús por «signos de los tiempos» debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia –y por tanto también en Fátima– se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos”.

¿Cómo va a permanecer indiferente Nuestra Madre viendo como cada día nos alejamos más de Su Hijo y le ofendemos gravemente, despreciamos la Ley de Dios y no vivimos Sus Mandamientos? ¿Cómo no nos va a recordar el Evangelio, las palabras de Jesús? ¿Cómo se va a cansar de repetirnos insistentemente los mismos Mensajes, hasta que hagamos lo que Jesús nos dice? ¿No es, acaso, Nuestra Madre? ¿No somos, nosotros, Sus hijos? ¿Es que puede una madre olvidarse de sus pequeños, despreocuparse cuando los ve a punto de extraviarse para siempre?

Ella nos recuerda que nuestra vida terrenal es muy breve, como un parpadeo, y que nos espera el cielo, la bienaventuranza eterna. Por eso, a veces, nos advierte del peligro real (si no nos convertimos y enmendamos nuestras vidas) de que podamos perdernos para siempre… De ahí sus mensajes proféticos, sus advertencias de lo que puede suceder si no cambiamos, “abiertas” siempre a la posibilidad de ser modificadas (dilatadas, disminuidas y aún anuladas si hacemos caso a sus apremiantes indicaciones), y a la esperanza cierta e inequívoca de la victoria definitiva del bien sobre el mal, de la gracia sobre el pecado: sí, al final, Su Corazón Inmaculado, triunfará.

La Iglesia sólo canoniza a sus hijos cuando terminan su peregrinación, su vida mortal y no reconoce la sobrenaturalidad de unas apariciones hasta que concluyen. Y esto, en ambos casos, tras una exhaustiva y larga serie de investigaciones. El próximo mes de junio se celebrará el 36 Aniversario de la primera aparición de la Reina de la Paz en Medjugorje. Apariciones que siguen su curso, diario, a tres videntes: Marija, Vicka e Ivan y anual para otros tres: Jakov, Ivanka y Mirjana, que también recibe una extraordinaria cada día 2 de mes.

Posiblemente la Iglesia no llegará a reconocer la sobrenaturalidad de las apariciones actuales (contemporáneas) de Medjugorje, como parece sí puede reconocer las de la primera semana, en 1981. Y no lo hará, porque será el mismo cielo el que las certifique, cuando se realice el tercer Secreto revelado por la Gospa a los seis videntes: el del signo sobrenatural y permanente en la colina del Podbrdo. Como tampoco ha llegado a canonizar a san Dimas: lo hizo el mismo Cristo cuando le aseguró: “esta tarde, estarás conmigo en el Paríso”. Cuando Dios habla o se manifiesta, no es necesario que lo hagan los hombres.

Ahora, cuando falta poco para que el papa Francisco se pronuncie oficialmente sobre Medjugorje, una vez estudiado el “informe Ruini” de la Comisión Vaticana constituida por Benedicto XVI y reciba y estudie el informe pastoral (para ayudar a los fieles y los peregrinos), de su enviado especial el arzobispo polaco monseñor Henryk Hoser a la Parroquia de Medjugorje, todo parece indicar que podría adoptar, por motivaciones pastorales, la sugerencia del “informe Ruini” a favor de derogar la prohibición de los peregrinajes oficiales a Medjugorje (se puede peregrinar y se peregrina de forma privada) y convertir la Parroquia de Santiago Apóstol en Santuario Pontificio bajo la autoridad de la Santa Sede.

Sea como fuere, los hechos son incontestables: el sensus fidelium de cuantos hemos peregrinado a la Parroquia de Medjugorje (la serena certeza de la presencia de Nuestra Mamá celeste: de sus mimos y caricias, de su ternura materna); los frutos extraordinarios de conversión (de un cambio radical de vida que marcan un antes y un después en la vida de tantos) y las numerosas vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada (que allí han comenzado). El discernimiento espiritual es fácil, sencillo: todo esto no puede ser obra del demonio. Ni tampoco la profunda paz y alegría que se respiran, la facilidad y dulzura de la oración que brota espontánea, el sincero deseo de hacer una buena e íntegra confesión general, de confesar pecados nunca antes confesados con sincero arrepentimiento y dolor de haber ofendido a Dios y firme propósito de enmendar la propia vida, la “visibilidad” de la unidad y catolicidad de la Iglesia que, desde todos los continentes, peregrina a Medjugorje en busca del amor y del calor de su Madre… Por todo esto y por todos cuantos damos testimonio del paso de Dios en nuestras vidas, y porque un bien tan excelente y universal no puede venir de nuestro adversario y enemigo, el diablo, que no desea sino nuestro mal, nuestra muerte eterna. Luego, su origen sólo puede ser sobrenatural, divino.

Recordemos, finalmente, que por sensus fidelium o consensus fidelium se entiende una unción especial que posee la universalidad de los fieles para no fallar en su creencia. También llamado sensus fidei, se trata de un sentido sobrenatural de la fe (cfr. Lumen Gentium 12) fruto de la gracia y acción del Espíritu Santo que actúa sobre el creyente para que comprenda y crea.

Si Fátima es el “altar del mundo”, Medjugorje es su “confesonario”. Y, como dijo en uno de sus mensajes la Gospa, lo que se inició en Fátima, se completará en Medjugorje: el triunfo de Su Inmaculado Corazón. Un triunfo que cada día está más cerca.

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