Nuestro Señor nos recuerda en su Palabra que, sea cual sea tu don, lo utilices sirviendo a los demás: “Que cada uno ponga al servicio de los demás el carisma que ha recibido, y de este modo serán buenos administradores de los diversos dones de Dios” (1Pe 4:10).

Por lo tanto, no hay ninguno que no pueda hacer algo por otra persona.  Todos podemos hacer algún servicio a los demás muchas veces al día, especialmente a quienes está en nuestra misma casa, comunidad o en los lugares donde estamos asiduamente.

Si una persona le ha entregado su vida a Jesús y utiliza el don del servicio, es una persona maravillosa, ya que será utilizada por Dios para derramar toda clase de Bendiciones a su alrededor.  Por eso la Reina de la Paz nos pide: “Deben tener corazones puros y simples, y estar siempre dispuestos a servir.” (18 de marzo de 2016  Aparición anual a Mirjana Soldo)

El don del servicio significa que nos comprometemos con Nuestro Señor Jesucristo, a tal punto que nos entregamos a servir a una persona, a un grupo, o a una tarea determinada.

Somos seguidores de Cristo, y él sirve a esa persona, comunidad o tarea a través de nosotros, por medio de la salud, los bienes, las capacidades, los dones y los carismas, que él mismo nos da y nos dará.

El apóstol Pablo, al hablar de la manera en que se ha de hacer el servicio nos enseña: “No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo.  No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás.” (Filipenses 2:3-4)

El verdadero discípulo del Señor, antepondrá al propio “yo” las necesidades de los demás y de todas las creaturas, especialmente de las más pequeñas e indefensas.

El verdadero creyente tiene a Dios como su mejor amigo, y por él trata de cuidar de los que se les ha confiado.  En cambio el perezoso y egoísta, lo único que le preocupa es cuidar de sí mismo.

El verdadero servidor, busca dar ánimo, ayuda y sostén a otros, pensando y concretando como llegar a la mayor cantidad de personas, utilizando para la evangelización con creatividad y constancia, los carismas que el Espíritu Santo le ha confiado.  Sale de sí mismo, con alegría, y es un ‘ángel’ de consuelo para los demás.

El perezoso en cambio, está ensimismado, centrado en sí mismo, y vive como distraído, por eso su personalidad se torna melancólica; y si no convierte estos aspectos de indolencia, con el pasar de los años crecerá en él la avaricia y el egoísmo, ya que los defectos son como una cadena formada por muchos anillos, los cuales están unidos uno con otro; al tirar de un anillo todos los demás también son arrastrados.  De ese modo, si se le permite a Satanás que nos arrastre con el anillo de la pereza, luego le seguirán muchos otros vicios y defectos.

Por eso la pereza es llamado: “pecado capital”, que viene del término latino “capitis” y que significa cabeza.  Es decir la pereza es la cabeza de muchos otros pecados, ya que muchas consecuencias negativas surgirán si no se trabaja el desgano, el desorden y la pereza.

La pereza también puede manifestarse en hacer algo que uno quiere hacer, y que sin ser malo, no es lo que Dios quiere que haga, al menos en ese momento.

Dicho de otro modo, es darle prioridad a lo mío y no a lo que Dios quiere que ponga en segundo o tercer lugar.

Y dicho de manera inversa, es dejar en segundo lugar la voluntad de Dios en el servicio, no dando prioridad a lo que el Señor me pide darle preferencia, y sin poner en ello toda la energía.

Esto es un desorden que no procede del Espíritu Santo de Dios, sino que viene del espíritu del mal, quien se mueve en el caos y en la pereza; y que se manifiesta en el mal uso del tiempo, al no hacer lo que Dios pide que hagamos de manera prioritaria.  No debemos olvidar que Dios es orden y armonía.

Cuando alguien reconoce su pereza, descuido en el servicio y desgana en las tareas cotidianas, puede recorrer varios pasos para cambiar:

  1. Confesar este defecto. En realidad el primer paso ya lo diste cuando reconociste que hay algo que no está bien y que necesitas cambiar.  Sin embargo necesitamos de la ayuda de la gracia que Dios nos concede a través de sus Sacramentos, por eso es de gran ayuda acercarse al sacramento de la Reconciliación y confesar este pecado, tantas veces como sea necesario.  “Señor, he sido descuidado y perezoso, reconozco que he pecado”.
  1. Arrepiéntete. Confesar no es suficiente, es necesario arrepentirse, lo cual implica reconocer que hay que cambiar de dirección y decidirse a hacerlo. “Desde hoy renuncio a llegar tarde y a retirarme antes, a hacer lo menos posible, desde hoy renuncio a toda falsedad, y me propongo a cumplir mis compromisos”.  Dios bendice a los valientes que reconocen que deben cambiar de opinión, de dirección, de carácter, de conversación, y que oran a Dios, diciendo: “Desde hoy me decido a dejar de hacer el menos posible, desde hoy me decido a tomar riesgos, y a esforzarme más, desde hoy me decido combatir mi ego y mi pereza, para poner lo mejor de mi mismo tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.  Desde hoy me decido a hacer mi mejor esfuerzo”.
  1. No olvidar estos propósitos, sino renovarlos cada mañana y examinarnos cada noche. Dando gracias a Dios por las victorias, y pidiendo perdón por las veces en que caímos.  Muchos hacen buenos propósitos en momento de emoción, en un retiro, en una Misa, etcétera, pero luego lo olvidan y flaquean.  Cuando venga la pereza, dile al Señor: “gracias Señor porque hoy puedo despertarme y levantarme.  Gracias porque tengo cosas para hacer, porque tengo un trabajo, porque tengo piernas que me sostienen y manos para servir y construir, gracias porque tengo ojos para ver, gracias por el alimento, gracias por la fe y por tener una comunidad que me recibe y en la que servirte”.
  1. Los últimos pensamientos de la noche, y lo que planifique para el día siguiente, más los primeros pensamientos, actitudes y comportamientos de la primera hora de la mañana, marcarán el rumbo del resto de la jornada. Al decidirte a hacer en ese día lo mejor, también te irás sintiendo cada vez mejor, pues la luz de Dios irá guiando tus pasos y se te irán abriendo nuevos caminos.  Incluso el Señor mandará personas que te elogiarán y tomarán tu ejemplo.  Dios te utilizará como motivación para otros, y tu vida se transformará en modelo e inspiración para quienes te rodean, teniendo un efecto contagiante.

A continuación te comparto una hermosa cita bíblica para meditar y para pedirle a Dios que nos ayude a curar la indolencia, la apatía, el desgano y la pereza, y para crear hábitos saludables de trabajo y de servicio generoso: “Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres.  Bien saben que el Señor los recompensará dándoles la herencia prometida. Su señor es Cristo y están a su servicio.” (Col 3:23-24)

La frase: “háganlo de buena gana”, es un mandato que equivale a decir háganlo de corazón, con entusiasmo y persistencia, pongan lo mejor de ustedes mismos en esa tarea.

Y cuando Pablo dice: “háganlo para el Señores un hermoso recordatorio que cuando limpias tu casa o preparas la comida, tú puedes hacer esta breve oración: “Jesús, esto lo hago para ti”.

Y cuando llegues a la oficina, y veas a tu jefe (y que tal vez es una persona que no te valora),  míralo, y en el silencio de tu corazón puedes orar diciendo: “Jesús, el trabajo de este día es para ti y para la Reina de la Paz”.

Y cuando llegues a tu parroquia o a tu comunidad, y tengas que ocuparte de otras tareas que tal vez no hicieron quienes deberían haberlas hecho, pon manos a la obra con alegría, y di de corazón “Jesús, esto lo hago para ti y por tu Madre”.  Y mientras lo haces entona un canto de alabanza con tus labios o en tu corazón.

Y no olvidemos que entre nuestros servicios al Señor y a su Madre, se encuentra el dar a conocer los Mensajes de la Reina de la Paz, así como ella nos lo pide en el Mensaje del 6 de mayo de 1986: “¡Queridos hijos! Ustedes son responsables de los mensajes. Aquí se encuentra la fuente de la gracia y ustedes, queridos hijos, son las vasijas a través de las cuales es transmitida esa gracia. Por tanto, queridos hijos, los invito a cumplir este servicio con responsabilidad. Cada uno responderá en la medida de la propia capacidad. Los invito a distribuir con amor los dones a los demás y a no conservarlos para ustedes mismos”.

Al vivir en esta clave de servicio y de entrega, entonces sentiremos crecer en nosotros la alegría y el deseo de hacer las cosas cada día mejor, comprendiendo lo que el apóstol Pablo quiso enseñarnos cuando dijo: “Es Dios, cuya fuerza actúa en nosotros y que puede realizar mucho más de lo que pedimos o imaginamos” (Ef. 3:20). Amén.

Gustavo E. Jamut, omv

 

 

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