“Queridos hijos, los vientos del mal, del odio y de la tribulación soplan sobre la tierra para destruir vidas. Por eso, el Altísimo me ha enviado a ustedes para conducirlos por el camino de la paz y de la unidad con Dios y con los hombres. Ustedes, hijitos, son mis manos extendidas: oren, ayunen y ofrezcan sacrificios por la paz, tesoro que todo corazón anhela. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

¡Queridos amigos, reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Para mí es un gusto encontrarme nuevamente con ustedes por este medio, a fin de compartir mi reflexión en base al mensaje que la Virgen María, Reina de la Paz nos regaló este 25 de octubre.

Tengo la gracia de escribir este mensaje estando en peregrinación/retiro en Medjugorje. En esta ocasión acompañando un bellísimo grupo de peregrinos venidos de República Dominicana, Costa Rica, Panamá, Perú, Colombia, Estados Unidos y Argentina (Pido de antemano disculpas de paso si me estoy olvidando de algún peregrino de otro país).  Y mientras escribo estas reflexiones levanto mi vista frecuentemente ya que la ventana de mi cuarto da al monte Krizevac, y puedo contemplar una hermosa puesta de sol que se oculta detrás de la blanca cruz.

Pero vayamos al punto concreto sobre el cual te invito a reflexionar en esta oportunidad. Para esto vamos a centrarnos en las palabras de la Virgen María, cuando habla de “los vientos del mal, del odio y de la tribulación” que “soplan sobre la tierra para destruir vidas”.

Para esto vamos a tomar como analogía -o en forma de parábola- la imagen de los diversos vientos; ya que hay vientos malos o dañinos y vientos buenos o benéficos.

Comencemos hablando de los vientos que tienen diversos grados de maldad. Estos pueden comenzar produciendo molestias, pero también pueden llegar a acarrear grandes consecuencias.

Hace algún tiempo me encontraba predicando un retiro en una zona cordillerana de Argentina, cuando de pronto comenzó a soplar el llamado viento Zonda. Al poco tiempo no se podía ver casi nada, el polvo nos entraba a los ojos, y la arena se abría camino hasta el interior de las casas, ensuciándolo todo.

Esta clase de viento se caracteriza por ser un viento fuerte, muy seco y de elevada temperatura; con frecuencia «sucio», pues lleva mucho polvo. Los especialistas de la salud afirman que posiblemente la mayor consecuencia es que afecta la salud mental. Ellos hacen referencia a cuadros depresivos, trastornos de angustia y dolores crónicos que afectan al 25 por ciento de la población. Muchas personas ante este viento se sienten más agobiadas, tristes, temerosas y muchos no saben de qué se trata. Esta es una de las maneras en que influye psicológicamente el viento Zonda.

Si tomamos el viento Zonda como parábola, entonces podremos comprender que los vientos que proceden del maligno impiden ver las cosas con claridad, ensucian el pensamiento y el corazón, nos impiden avanzar, caminamos la vida de fe a los tropezones. Son “vientos” que producen consecuencias negativas a nivel espiritual, psicológico y propicia el inicio de guerras que comienzan en el interior del corazón humano, para luego trasladarse a las relaciones interpersonales; ya sea en las familias, en las comunidades eclesiales, en los diversos ámbitos de la sociedad, hasta llegar a la guerra entre los países; provocando destrucción y muerte.

Algo similar sucede con otra clase de vientos dañinos como son los vientos huracanados y los tornados. Son vientos que destruyen todo a su paso. Lo que se construyó con tanto esfuerzo, queda desbastado por su poder y por las inundaciones que provocan.

Podríamos suponer que en estos tiempos en que vivimos, donde muchos se han alejado de Dios y donde un gran número católicos se conforman con una religiosidad superficial, se dan los factores propicios para que se dé “la tormenta perfecta” en gran parte del mundo.

La Reina de la Paz ya nos había advertido algo semejante en un mensaje del 25 de enero de 2015: “Satanás quiere sofocar, con su viento contagioso de odio y de inquietud, al hombre y su alma. En muchos corazones no hay alegría porque no está Dios ni la oración. El odio y la guerra crecen día a día. Los invito, hijitos, a empezar de nuevo con entusiasmo el camino de la santidad y del amor”.

Cuando soplan estos vientos dañinos de parte del maligno -y si encima estamos débiles en la oración-, entonces vamos perdiendo la alegría, y nuestro corazón se hace permeable para que penetren en nosotros el enojo, la culpa, la tristeza, la envidia y el mal humor en nuestras familias, comunidades, y en el resto del mundo.

Entendámoslo: nuestra falta de oración intercesora y una vida cristiana superficial, abre brechas para que estos vientos malignos penetren en el mundo.

Sin embargo, Nuestra Madre no quiere que nos quedemos sumidos en la desesperanza, en la queja y en la inacción, por ello dice: “Los invito, hijitos, a empezar de nuevo con entusiasmo el camino de la santidad y del amor”. Es necesario cerrar las brechas a través de la oración del corazón y la caridad fraterna.

Ahora te invito a que meditemos en los vientos buenos y benignos. Son aquellas brisas y vientos que las tórridas tardes de verano traen alivio al cuerpo y descanso al alma.

Hay brisas marinas.  Ellas permiten que los veleros avancen meciéndose y avanzando serenamente sobre las aguas del mar, y permitiendo que puedan llegar a puerto seguro.

De manera similar el viento del Espíritu Santo fue el que -gracias a la intercesión de la Virgen María- en Pentecostés impulsó a los apóstoles y a los discípulos a que venciesen el miedo, la culpa, el egoísmo y la comodidad, y que abriesen las puertas del Cenáculo para salir al mundo a proclamar con autoridad espiritual a Jesús resucitado.

Cada vez que a través de la oración desplegamos las velas nuestra mente al viento del Espíritu Santo, entonces avanzamos, tomando las decisiones correctas para llegar algún día al puerto seguro del cielo.

Hay brisas de valle. Esta clase de viento lleva las semillas que luego formarán sembrados y bosques los cuales podrán utilizar las personas y los animales.

Gracias a esas brisas que trasladan las semillas y que ayudan a la polinización de las flores crecerán los árboles en los cuales anidarán los pájaros del cielo. Asimismo muchos de esos árboles ofrecerán su madera al hombre para que construya casas, muebles; darán la leña que se dejará consumir para dar calor en los fríos inviernos.

Asimismo, la Virgen María nos invita a pedir el Espíritu Santo que como brisa del valle nos vuelve tierra fértil, tierra de paz, para recibir en nuestro corazón las semillas del Verbo a través de la Palabra que siembra en nosotros por medio de las Sagradas Escrituras, de la predicación y de las diversas formas de evangelización.

Ese mismo viento del valle nos transforma y nos impulsa a ser sembradores del amor del Señor a través de su Palabra, del testimonio y de los mensajes de la Reina de la Paz.

De este modo nuestras manos se extienden y no quedan inactivas. Estos católicos que se abren a este soplo del Espíritu, tienen corazones y manos comprometidas y perseverantes para que la mayor cantidad de personas posible conozca a Dios y experimenten su amor.

Muchos de estos católicos son como el árbol que hasta el final de sus días brinda su madera. Madera buena y noble, con la cual encender el fuego para dar calor e iluminar a quienes pasan por la noche del alma y caminan en la oscuridad.

La clave de estos católicos es el amor desinteresado, las motivaciones puras -pues buscan sobre todo la voluntad de Dios-, el amor al Señor, a María, a la Iglesia y a los hermanos; y todo impregnado de una gran humildad.

Finalmente nos encontramos con otro viento o brisa benigna que es la brisa de montaña, que procede de las alturas.

Durante el invierno está brisa ayuda a que se acumule la nieve en lo alto de las cumbres.

Por eso la brisa de montaña -al llegar la época estival- aportará un suave calor que irá regulando el derretimiento de la nieve y de los hielos.

De aquí que esa agua fresca y cristalina irá descendiendo y será conducida a través de ríos y arroyos para para dar vida fértil la de los campos, calmar la sed de los habitantes de pueblos y ciudades y también abrevar a los animales creados por Dios.

Esto es semejante a otra de las características que ha tenido la vida de María, pues ella con su oración fue impulsada en todo momento por el Espíritu Santo para calmar la sed espiritual y llevar serenidad y paz a los corazones agitados y oprimido.

Ella nos invita a abrirnos a esa brisa de montaña del Espíritu, para que el amor de Dios derrita el hielo y la frialdad de nuestros corazones y nos haga arroyito manso que lleve el Agua viva a quienes están muriendo de sed por desconocimiento de Dios.

Pidamos a Nuestra Madre que nos ayude a discernir los vientos que llegan a nuestra vida, a fin de acoger los vientos buenos las brisas de Dios; y rechazar los vientos del maligno que nos impiden caminar juntos en sinodalidad, como pueblo elegido del Señor. Amén.

 

 

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