“Queridos hijos, yo estoy con ustedes gracias al amor misericordioso de Dios. Y por eso, como Madre, los invito a creer en el amor, amor que es unión con mi Hijo. Con el amor ayudan a los demás a abrir sus corazones para que conozcan a mi Hijo y lo amen. Hijos míos, el amor hace que mi Hijo ilumine sus corazones con Su gracia, crezca en ustedes y les dé la paz. Hijos míos, si viven el amor, si viven a mi Hijo, tendrán paz y serán felices. En el amor está la victoria. ¡Les doy las gracias!”

¡Queridos hermanos reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Muchos de nosotros cada año esperamos con gran expectativa el mensaje que la Reina de la Paz no quiere dar a través de su querida hija Mirjana.

En esta ocasión el eje transversal es el amor. Basta ver que este término aparece -sólo en este mensaje- ocho veces.

Es en esa dirección que necesitamos comprender como el ser discípulo de Jesús y de María significa, tomarnos el tiempo necesario para sentarnos a los pies del Maestro y aprender (y también aprehender) de él todo aquello que tienen para transmitirnos y enseñarnos. Y siendo que “Dios es amor” (1 Jn. 4,16), ésta es la primera y fundamental enseñanza que debemos incorporar en todas las áreas de nuestra vida.

Solo tomando conciencia de la necesidad que tenemos de recibir frecuentes efusiones del Amor Divino, anhelando y abriéndonos a esa poderosa presencia y acción Divina, recién allí podremos ser misioneros del amor de Dios.

Por eso los obispos de América Latina y el Caribe, en el documento de Aparecida nos recuerdan que todos los cristianos tenemos la apremiante misión de manifestar a todo el mundo, el inmenso amor del Padre, que quiere que seamos hijos suyos. (D.A.348). Y nos alientan para que anunciemos a nuestros pueblos que Dios nos ama (D.A. 29).

En este sentido puede sernos de gran ayuda el capítulo trece de la primera carta que el apóstol San Pablo dirigió a la comunidad de Corinto en la cual fue enumerando las características del amor.

Recordemos sólo algunos versículos y que puedan servirnos también de examen de conciencia para preparar nuestra confesión de la Semana Santa, que ya está cercana.

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.
Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás” (1º Corintios 13:1-8).

Pero también es cierto que al leer estas enseñanzas de 1º Corintios 13 no podemos dejar de sentir un cierto escozor e incomodidad, pues seguramente ante su maravillosa enseñanza sobre las características del amor, y ante el apremiante llamado del Mensaje que la Reina de la Paz nos hace este 18 de marzo, todos constatamos que en uno o en varios de esos puntos estamos “haciendo agua”, pues al ponernos ante el espejo de estos textos para mirarnos a nosotros mismos, podremos verificar que aún estamos bien lejos de haber incorporado y desarrollado en nuestras vidas algunas de esas características o facetas de la caridad.

Sin embargo, esto no es un motivo para desanimarnos y caer en la tentación del desaliento, sino para decirle a Dios: “con la ayuda de tu gracia, quiero desde hoy comenzar a abrirme aún más al verdadero amor”.

Efectivamente, el ver y reconocer nuestras distorsiones respecto a la caridad, no es para sentirnos culpables e indignos, sino para confrontar las propias sombras y carencias, y para aprender de nuestros errores, reconociendo nuestras limitaciones, disponiéndonos para recibir una efusión abundante del amor de Dios.

Él tiene el poder de sanar las heridas que nos impiden amar sanamente.

Él tiene la delicadeza suficiente para sellar las grietas por donde se escapa el amor que recibimos de él y de nuestro prójimo y que deberíamos encauzar hacia los demás.

Él puede hacer nuevas todas las cosas, especialmente nuestro nivel afectivo, lo que comúnmente llamamos el “corazón”.

Y si Jesús envía a su Madre a darnos este mensaje acerca del amor, entonces quiere decir que también dará la gracia necesaria a aquellos que humildemente reconocen sus límites para amar según las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, de san Pablo en 1 Corintios 13, y también de nuestra Madre en sus mensajes.

Unidos en oración le pido a Dios que te bendiga abundantemente, con el deseo de que vivas una Semana Santa colmada del amor de Dios y de María, para compartirlo también con aquellas personas que deberías dejar entrar a tu corazón.

Padre Gustavo E. Jamut, omv

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