Preguntas

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Hace poco, la experiencia de una parroquiana me abrió los ojos sobre el poder que tiene hacer preguntas como clave para abrir puertas a diferentes interrogantes según sean las situaciones de la vida, tanto las buenas como las malas.  La historia de esta parroquiana tuvo lugar en su pensión, en la cual estuvieron alojados dos peregrinos, marido y mujer, de edad media. Poco antes del programa vespertino, la mujer llamó a su marido para ir a la iglesia a rezar. Después de la respuesta negativa del marido, la mujer se fue triste y él se quedó en la pensión.  “Noté la tristeza de la mujer en su cara y entonces decidí conversar con el marido”. Y así, empezó la historia de la parroquiana:

‘Pedí un café y le pregunté por qué no había ido con su esposa a la Iglesia y se había quedado en la pensión, a lo que me respondió bastante indiferente: “A mí eso no me hace falta”; ante esto me atreví a preguntar: “entonces ¿para qué ha venido a Medjugorje en peregrinación?”; él sinceramente dijo: “Por mi mujer. Ella quiso, así es que acepté para cumplir su deseo”.

A pesar de notar su dureza no quería dejar de hablar con él: “¿Cuándo fue la última vez que se confesó?”, me respondió fríamente que ¡hacía 35 años!, y cuando quise saber por qué no se había confesado en tantos años su respuesta fue de nuevo: “Porque a mí eso no me hace falta”. Ante esta contestación no pude quedarme tranquila y le hice una pregunta más: “¿Se ducha usted?”. “¡Claro! dos veces al día”, contestó sorprendido. Pero “¿Cuál es el motivo por el que usted se ducha?”, “porque olería mal. Otros notarían que no estoy limpio”, contestó un poco nervioso, asombrado por mi pregunta.

Entonces, tras estas palabras, me detuve y mirándolo a los ojos con voz silenciosa le dije: “El alma necesita una ducha. ¿Es consciente de cómo huele nuestra alma ante Dios?”. De repente hubo un silencio. El hombre quedó aturdido por estas palabras.  No me contestó nada. Me miró unos momentos y entonces se levantó y salió de la pensión. “Dios mío, ¿qué he hecho?” me preguntaba confundida, “probablemente le he ofendido”.

Dos horas después el peregrino volvió a la pensión. Tenía dudas de cómo reaccionaría conmigo. Me preguntaba si seguiría molesto por aquellas palabras mías pero él parecía tranquilo. Noté  alegría en su cara. Cuando me vio, se acercó, me abrazó y me dijo: “¡Gracias! ¡Me he confesado después de 35 años! Ahora estoy limpio y alegre. Gracias por haberme ayudado”.

La experiencia de esta parroquiana, que se atrevió hacer algunas preguntas al peregrino, supuso la salvación para él, lo que me hizo pensar sobre la importancia de las preguntas. Inmediatamente, cogí el libro de los Mensajes de la Virgen para ver cómo reacciona la Reina de la Paz ante las preguntas. Descubrí que ella no hace preguntas, pero sí toma en cuenta las nuestras.

En un mensaje la Virgen dice: “Vosotros os preguntáis, ¿por qué tantas oraciones?”. Y después de eso nos da la respuesta: “Mirad vuestro entorno, queridos hijos, y veréis cuán grande es el pecado que domina este mundo (13.9.1984). Y en otro mensaje dice: “ Vosotros os preguntáis, queridos hijos, por qué no sois capaces de hacer todo lo que Yo os pido”. Y enseguida nos contesta: “No lo podéis hacer porque no me habéis entregado vuestro corazón para que Yo lo cambie” (15.5.1986).

“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (Mc. 10,17-27). La pregunta que hizo el joven rico le gustó mucho a Jesús. Le tenía cariño. Se alegró que en ese joven naciera tal deseo e interés. Pero, cuando Jesús le dice que le falta una cosa, eso al joven no le gustó y por ello se marchó entristecido.

La pregunta que hacemos a una persona en público puede ser incómoda para ella. Así con la intención de poner a prueba a Jesús, un experto en la ley le hizo una pregunta en público, delante de otros: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25). De esta forma quería atrapar a Jesús en la ignorancia y humillarlo. Después de eso, es Jesús quien hace dos preguntas al experto en la ley: “¿qué está escrito en la Ley? ¿cómo la interpretas tú?”( Lc 10,26). Pero la intención de Jesús es diferente, no es atrapar al experto en la ignorancia sino darle una oportunidad para demostrar su conocimiento, porque Jesús sabía que ese hombre era un experto en la ley, aquel que conoce todo lo que está escrito en la Sagrada Escritura.

La pregunta en sí misma puede ocultar una trampa. Los escribas y los principales sacerdotes que acechaban a Jesús, enviaron espías para que lo atrapasen al pronunciar alguna palabra errónea para así entregarlo a las autoridades y condenarlo. Le preguntaron: “¿nos es licito pagar tributo al Cesar o no?” (Lc 20,22). Las preguntas que nos hacen otros nos pueden doler pero también salvar. Nos pueden despertar de un sueño, pero también encerrarnos más. Nos pueden impulsar al cambio, pero también nos pueden llevar a tomar una actitud defensiva por la que nos justifiquemos a nosotros mismos.

“¿Cuándo estuviste la última vez en el Monte de las Apariciones?”, esta fue la pregunta que me hizo una persona recientemente. Tengo que reconocer que esa pregunta me sorprendió. Estaba pensando qué contestarle para quedar bien y decirle que voy a menudo al Podbrdo. Pero eso no sería la verdad. Aun así, intenté justificarme. Le dije que hace poco estuve con el grupo que estuvo en un retiro y que lo hago siempre cuando hay retiros. Pero ella continuó con la pregunta: “Bien, pero tú mismo ¿cuando estuviste solo por última vez en el Podbrdo?”. Entendí que esa pregunta es muy importante y que tenía que contestar la verdad, no por esa persona sino por mí mismo. Hace ya unos meses que no voy al Monte de las Apariciones. Esa pregunta me abrió los ojos, me despertó. Ese mismo día me fui al Podbrdo. Ya había caído la noche, encima de mí la bóveda del cielo estaba cubierta de estrellas. Rezaba el rosario subiendo el monte. Estaba solo. Hacía tiempo que no había tenido una experiencia de oración tan maravillosa. El rosario que recé aquella noche fue diferente a los de antes. Me sumergí más en los misterios. También experimenté de otra forma la oración ante la estatua de la Virgen.  Mirando a la imagen de la Virgen se me abrieron los ojos para ver a la Madre que estaba iluminada, y que ilumina aunque haya oscuridad. Se me ocurrió “¿acaso no es eso lo que la Virgen quiere de nosotros, que en la oración nos abramos al amor de Dios para que nos ilumine y nos cambie y podamos iluminar a otros cuando el entorno aparezca oscuro, complicado y difícil?”.

Uno de los grandes descubrimientos espirituales para mí fue que no podemos fiarnos de nuestra forma de ver y pensar, que podemos dirigir mal nuestros pensamientos y sentimientos, que aquello que vemos a menudo no es lo que parece. A estos descubrimientos espirituales no es fácil llegar, pero existe una clave, y son precisamente las preguntas. Algunas preguntas puedes ser incomodas, pero muy útiles.

El otro día me paré enfrente de tres personas y les saludé. Uno de ellos me preguntó: “Está bien que te hayas parado con nosotros ¿sabes cómo estamos, cómo vivimos y cómo luchamos?”. En esa pregunta sentí la crítica dirigida hacia mí. Me quedé asombrado y le di a entender que estaba equivocándose en su forma de pensar sobre mí. Me fui de allí, pero la pregunta que me había hecho quedó en mí después de ese encuentro. Luego entendí que yo también me estaba equivocado cuando me justificaba con algunos pretextos. No eran falsos los argumentos con los que me defendía, pero la verdadera reacción tiene que ser la apertura a la pregunta hecha. La pregunta me hizo pensar sobre las personas que encuentro a diario, y especialmente en tantas otras que no veo y no visito. Me quedó claro que la gente tiene diferentes problemas con los cuales se enfrentan todos los días y yo, muchas veces, ni los veo ni los oigo. Es verdad que no soy el Salvador del mundo y que no puedo solucionar todos los problemas, pero aquella pregunta estaba en su sitio, es verdadera y correcta. Las preguntas tienen gran poder. Nos pueden ayudar para cambiarnos. Lo importante es hacer bien las preguntas, y dirigirlas correctamente.

Si en nuestra vida aparece el sufrimiento, nos podemos preguntar ¿por qué Dios? ¿Por qué a mí? O podemos reflexionar de otra manera pensando: Dios ¿qué quieres decirme? ¿qué quieres decirme a través de este sufrimiento?. Podríamos preguntarnos cómo son o se portan los demás conmigo, y la respuesta probablemente podría ser así: son pesados, repulsivos, molestos, estúpidos, duros, etc. O bien podemos preguntarnos ¿cómo me afectan los otros? y ¿porque eso me afecta?.

Cuando nos enfadamos con alguien tratamos con la persona que nos ha enfadado, y hacemos preguntas para que el otro se incomode. Pero podemos hacerlo de otra forma diferente, volviendo la mirada hacia uno mismo y haciéndonos la pregunta: ¿Qué dice de mí ese enfado o irritación?, ese nerviosismo ¿qué dice de mí? ¿qué dice sobre mi estado interior?.

Hacernos preguntas en la dirección equivocada nos lleva a cuestionarnos qué es lo que no está bien en los otros. Y si seguimos con esa pregunta, buscaremos y probablemente pronto encontraremos la brizna en el ojo ajeno, señalando con el dedo, o intentando sacarla. Pero si queremos salir a la luz, entonces nos haremos otras preguntas: “¿Quizás yo no veo bien? ¿Quizás esa persona no es tan mala como pienso? ¿Tal vez en el otro existen cosas positivas que yo no veo?”. Si nos sentimos insatisfechos, podemos buscar al culpable en las personas que nos rodean y en sus comportamientos, en la falta de cosas materiales, en algo que no tengo y otros sí tienen. Aunque también podemos hacer las preguntas de otra forma: “¿Tal vez estoy ciego?” porque quizás veo solamente aquello que no tengo, y no veo lo que tengo.

Hacer preguntas puede ayudar en el aprendizaje. Esa experiencia la tuvo Isidor Isaac Rabí, físico estadounidense, nacido en Austria. Recibió el premio de Nobel de Física por su descubrimiento en el campo de la Física Nuclear. Una vez le preguntaron cómo se hizo científico. Rabí explicó como todos los días a la vuelta del colegio hablaba con su madre sobre lo sucedido en la clase de ese día. A ella le interesaba menos lo aprendido y más si ese día habría hecho una buena pregunta.

De esa manera, la madre inculcó la curiosidad y perspicacia en todo lo que estaba haciendo el pequeño   Isidor. Rabí explicó: “Me convertí en un científico porque hacia las preguntas correctas”.

Las preguntas en sí mismas ocultan una gran fuerza, pero con una condición, que seamos abiertos y sinceros.

Fr. Marinko Sakota, Párroco de Medjugorje

  • FUENTE: Glanik Mira 2018/10
  • TRADUCCIÓN: Diana Delic
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