El ayuno es una de las prácticas espirituales que se ha perdido en los últimos tiempos en nuestra Iglesia. Sin embargo, hoy día, muchas personas están retomando esta práctica porque se dan cuenta que ayunando crecen espiritualmente.

 

El ayuno tiene un gran beneficio espiritual, ya que libera al hombre de las pasiones de la carne, de los miedos, de las inseguridades, para proveer al espíritu de alegría, paz y amor. Además, ayuda también a distraerse menos en la oración, a estar más abierto a la voluntad de Dios y a purificar el corazón de los pecados del pasado. En síntesis, el ayuno sana, convierte, purifica, nos hace entrar en la voluntad de Dios y nos enseña a orar con el corazón.

 

Sabiendo todos estos beneficios: ¿por qué nos cuesta tanto hacer ayuno?

 

Nos cuesta mucho porque cuando comenzamos a ayunar, los días que lo hacemos, nos aparece el mal humor, nos enojamos por cosas que cotidianamente no lo hacemos y nos aparecen otras cosas negativas que nos sacan de nuestro centro.

 

La explicación a estas cosas que aparecen es que el ayuno nos ayuda a purificarnos y a vencer las tentaciones para no caer en pecado. Cuando ayunamos esas tentaciones salen a la superficie y nos hacen sentir mal, hay que tener en cuenta que Satanás siempre está al acecho, y él sabe que si ayunamos con frecuencia nos acercamos a Dios y saldrá derrotado. Este es el motivo por el que nos tienta, su objetivo es desanimarnos para que no lo hagamos más y nos desanimemos. Por eso es importante ser constantes y perseverar.

 

Ayunar no es pasar hambre, sino sustituir las comidas habituales por pan y agua.

 

 

Pbro. Marcelo Marciano

 

 

 

 

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