Mensaje del 2 de enero 2019. Medjugorje

“Queridos hijos, lamentablemente entre ustedes, mis hijos, hay mucha lucha, odio, intereses personales y egoísmo. Hijos míos, ¡cuán fácilmente olvidan a mi Hijo, sus palabras, su amor! La fe se extingue en muchas almas y los corazones están siendo atrapados por las cosas materiales del mundo. Pero mi Corazón maternal sabe que aún hay quienes creen y aman, que intentan acercarse lo más posible a mi Hijo, que incansablemente buscan a mi Hijo y, de esta manera, me buscan a mí. Son los humildes y los mansos que sobre llevan sus dolores y sufrimientos en silencio, con sus esperanzas y sobre todo con su fe. Son los apóstoles de mi amor.

Hijos míos, apóstoles de mi amor, les enseño que mi Hijo no solo pide oraciones continuas, sino también obras y sentimientos; pide que crean, que oren, que con sus oraciones personales crezcan en la fe, crezcan en el amor. Amarse unos a otros es lo que Él pide: este es el camino a la vida eterna.

Hijos míos, no olviden que mi Hijo trajo la luz a este mundo y la trajo a quienes quisieron verla y recibirla. Sean ustedes de esos; porque es la luz de la verdad, de la paz y del amor. Los conduzco maternalmente a adorar a mi Hijo, a amar conmigo a mi Hijo; a que sus pensamientos, palabras y obras se orienten hacia Mi Hijo y que estos sean en Su nombre. Solo entonces mi Corazón estará colmado. ¡Les doy las gracias!

 

Queridos amigos,

Reciban a lo largo de todo este año la paz y la alegría de Jesús y de María.

Al leer y meditar este mensaje, recordé la letra de una antigua canción que comienza diciendo: “A mí me pasa lo mismo que a usted”. Y es que seguramente tanto a usted como a mí, este mensaje de la Reina de la Paz nos produce una profunda tristeza y dolor.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que no toda tristeza es mala, ya que lo afirma el mismo apóstol Pablo, cuando dice a la comunidad de Corinto: “Si les causé tristeza con mi carta, no lo lamento. Y si antes lo pude sentir, pues esa carta de momento les causó pesar, ahora me alegro, no por su tristeza, sino porque esa tristeza los llevó al arrepentimiento. Esa tristeza venía de Dios, de manera que ningún mal les sobrevino por causa nuestra. La tristeza que viene de Dios lleva al arrepentimiento y realiza una obra de salvación que no se perderá. Por el contrario, la tristeza que inspira el mundo provoca muerte. Aquella tristeza era según Dios, y miren lo que ha producido en ustedes…” (2 Corintios 7:8-11).

Cuando un papá o una mamá corrigen a un hijo, éste suele sentir tristeza, aún cuando la corrección es motivada por el amor y el bien presente y futuro que se desea para ese hijo.

De modo similar, tanto Jesús en los Evangelios, como la Reina de la Paz en sus mensajes, deben corregirnos, pues ellos no se dirigen a los vecinos de enfrente, ni a quienes en la Iglesia se sientan a mi lado; tanto Jesús como María se dirigen a ti y a mí.

No debemos buscar en el corazón del prójimo las luchas, odios, intereses personales, egoísmos y materialismo a los que se refiere la Virgen, sino que debo buscar esas oscuridades y pirañas del alma, en mi mente y en mi corazón, en mis pensamientos y en mis sentimientos.

Todos corremos el peligro de caer en la tentación de arrojar la pelota en el campo o en el arco ajeno, en lugar de atajarla nosotros mismos.

Todos corremos el riesgo de caer en la tentación de una doble moral, y ocultar las pirañas del alma bajo una pátina de aparente bondad y piedad, sin recorrer un camino de conversión sincera y profunda.

Si nuestro auténtico deseo es que el año 2019 sea un año mejor, entonces debo comprometerme personalmente a expulsar cada día de mi pensamiento y de mi corazón estas pirañas del alma -como yo suelo llamarles- y toda forma de oscuridad emparentada con estas pasiones desordenadas sobre las cuales nos habla la Reina de la Paz en este mensaje del 2 de enero.

Te invito para que a continuación reflexionemos sobre las pirañas del alma, acerca de las cuales comienza hablando la Reina de la Paz en este su primer mensaje del año.

Lucha: algunos sinónimos relacionados con esta piraña del alma que es la lucha, son: reto, desafío, provocación, oposición, combate, pelea, batalla, contienda, pugna, pendencia, riña, contienda, escaramuza, reyerta, rivalidad, porfía, encuentro, enfrentamiento, discusión, disputa, altercado, batalla, combate, conflicto, guerrilla, combate, pelea, hostilidades, entre otros…

Sería de gran ayuda para nuestra liberación y crecimiento integral, poder revisar si en las aguas cristalinas de nuestra alma, está “nadando” alguna de estas hijas de la piraña mencionada anteriormente.

 

Odio: está segunda piraña que carcome el alma, es el sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño, o de que le ocurra alguna desgracia, o de no querer saber nada con esa persona.

Entre los sinónimos del odio, se encuentran: malquerencia, tirria, enemistad, antipatía, ojeriza, alergia, repugnancia, rechazo, repulsa, oposición, aversión, animadversión, animosidad, hostilidad, enconamiento, rencor, resentimiento, entre otros…

El Espíritu Santo, Dulce Huésped del alma, no puede morar en el corazón de quien no está decidido a expulsar cualquiera de esas emociones o actitudes negativas.

 

Intereses personales y egoísmo: las dos últimas pirañas del alma, las pongo juntas, porque cuando entra una llega la otra.

El término egoísmo hace referencia al amor excesivo e inmoderado que una persona siente sobre sí misma y que le hace atender desmedidamente su propio interés. Por lo tanto, el egoísta no se interesa por el interés del prójimo y rige sus pensamientos, palabras y decisiones de acuerdo a su absoluta conveniencia.

El egoísmo, por lo tanto, es un modo de pensar, sentir y actuar que se opone totalmente a la caridad cristiana.  Esta última habla de sacrificar en algunos momentos el propio bienestar (o al menos restarle importancia y relativizarle) en respuesta de lo que Dios nos pide, o por el beneficio de los demás; es decir, buscar el bien ajeno antes que el propio. Por eso la Virgen María expresa con dolor: “los corazones están siendo atrapados por las cosas materiales del mundo”.

Estas últimas pirañas -del egoísmo y de los intereses personales- prevalecen en la cultura actual, produciendo un gran daño tanto entre los miembros de las familias, como así también en los integrantes de las comunidades en la Iglesia y en el desarrollo y extensión del Reino de Dios.

No puedes evitar que estas pirañas naden cerca del océano de tus pensamientos y del río de tus emociones, pero si puedes evitar que entren en ellos y que se reproduzcan allí, pues si no las expulsas terminarán carcomiendo la gracia y la luz que hay en ti, y lo harán tan gradual y sigilosamente que ni siquiera te darás cuenta.

No debería dejar pasar una sola noche sin revisar como he vivido mi día…

No debería dejar transcurrir ningún día, sin preguntarle a Dios si él está contento acerca de cómo ha sido mi pensar, sentir, hablar y relacionarme con cada persona…

No sería sano irme a dormir, sin haber examinado antes -cada noche- mi conciencia, pues correría el riesgo de llevar a mi almohada cualquier forma de oscuridad que haya ingresado en mí a lo largo de la jornada. Y si descubro que he abierto puertas a Satanás -dejando entrar pensamientos, sentimientos, palabras, obras negativas, u omisiones, relacionadas con estas cuatro desórdenes malignos- entonces será un buen momento para pedir perdón a Dios, confiar en su misericordia, entregarle la fragilidades propias o ajenas, poner en la mano extendida de la Reina de la Paz cualquier situación conflictiva, pedir la gracia para mejorar en los días siguientes; y luego podré descansar serena y profundamente, con la seguridad de que en la mañana me levantaré renovado, pues Dios cerrará las puertas de mal y abrirá nuevas puertas de bendición.

Oración

Virgen María, Reina de la Paz, gracias por venir a invitarnos a que sacudamos de nuestras vidas las pirañas de la lucha negativa entre nosotros, el odio, el egoísmo, y el amor excesivo por las cosas materiales del mundo.

Gracias Madre, por invitarnos a clamar a tu Corazón maternal para que en nosotros crezcan la fe y el amor verdadero.

Gracias Madre, por invitarnos a pedir a Dios la gracia de ser mansos y humildes, sobrellevando nuestros dolores y sufrimientos sin quejarnos, con esperanza y con fe.

Gracias Madre, por llamarnos “apóstoles de tu amor”.

Ayúdanos a serlo de verdad, quitándonos las máscaras de falsa piedad, creciendo en el amor los unos a los otros, y dejándonos convertir día a día, en nuestro modo de pensar, sentir, hablar, actuar, para comprometernos de verdad en la transformación de todos los ambientes. Que así sea.

 

 

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