Nos disponemos a inaugurar, una vez más, nuestro camino cuaresmal hacía la Pascua. Como el desierto para el pueblo de Israel, la Cuaresma es para la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, el camino penitencial que nos prepara para celebrar y vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, lleno de pruebas y dificultades. Los cuarenta años de travesía por el desierto fueron para los israelitas un tiempo de prueba y de tentaciones. También para nosotros la Cuaresma es un “Kairós” de cuarenta días, un tiempo oportuno de gracia y salvación, en el que nos disponemos para acoger en nuestras vidas el misterio central de nuestra fe. Se trata fundamentalmente de un momento especial de purificación, para poder participar con mayor plenitud del Misterio Pascual del Señor (cf. Rm 8,17). Se comprende, pues, que siendo el centro y fin de la Cuaresma la preparación a la Pascua, sea esencialmente un tiempo privilegiado para intensificar el camino de la propia conversión.

En verdad, este tiempo vigoroso del Año Litúrgico se caracteriza por el mensaje bíblico que puede ser resumido en una sola palabra: “metanoeiete”, es decir “convertíos”. Este imperativo es propuesto a la mente de los fieles ya desde el primer día de Cuaresma cuando el sacerdote nos impone la ceniza sobre la cabeza y nos invita explícitamente a la conversión, diciendo una de estas dos expresiones: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio” (cf Mc1,15) o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf Gn 3,19). Llamados que nos invitan a todos a reflexionar acerca del deber-necesidad de la conversión y nos recuerdan la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte. Por eso, la conversión es urgente. Por eso, no podemos aplazarla para la próxima Cuaresma. Porque quizá no habrá otra Cuaresma para nosotros. Ésta puede ser la última. Urge convertirnos ahora.

El Papa San Pablo VI afirma: “Solamente podemos llegar al reino de Cristo a través de la metanoia, es decir, de aquel íntimo cambio de todo el hombre –de su manera de pensar, juzgar y actuar– impulsados por la santidad y el amor de Dios, tal como se nos ha manifestado a nosotros este amor en Cristo y se nos ha dado plenamente en la etapa final de la historia”.

Esta es la gran aventura de ser cristiano, a la cual todo hijo de María está invitado. En este camino cuaresmal, como una más, pero como creyente significativa, está María. No es un factor litúrgico más. Es un modelo. Ella ha recorrido también ese camino. Como lo recorrió su Hijo, como lo tiene que recorrer cualquier cristiano, todo aquel que sea seguidor de Cristo. La liturgia nos presenta en este tiempo a la Virgen María como modelo de creyente que medita y escucha la Palabra de Dios, Aquella que permanece siempre obediente a la voluntad del Padre y que camina también Ella hacia la cruz. Caminemos en compañía de María la senda que nos conduce a Jesús. Ella, la primera cristiana, ciertamente es guía segura en nuestro peregrinar hacia la configuración plena con su Hijo.

Cuando están a punto de cumplirse cuarenta años de nuestro caminar con María, la Reina de la Paz, en este “Kairós” o tiempo de gracia que es su presencia entre nosotros en Medjugorje, podemos afirmar que todo cuanto nos viene diciendo se resume en este mismo mensaje cuaresmal o llamado a la conversión. En efecto, Ella afirma con rotundidad: “He venido a invitar al mundo a la conversión por última vez” (2.05.1982). “¡Queridos hijos! Hoy deseo envolverlos con mi manto y conducirlos a todos hacia el camino de la conversión” (25.02.1987). “Yo los invito a cambiar sus vidas desde el principio y a que se decidan por la conversión, no con palabras sino con sus vidas” (25.10.1992). Se trata de la invitación más reiterada, del mensaje principal: “Queridos hijos, hoy, os invito a la conversión. Este es el mensaje más importante que Yo os he dado aquí” (25.02.1996). “¡Queridos hijos! Os invito a todos a la conversión del corazón” (25.08.2004).

La conversión apunta a la idea de cambiar de rumbo, de hacer marcha atrás (arrepentirse) y volviendo uno sobre sus pasos, regresar a Dios (enmendarse). Esto define lo esencial de la conversión que implica siempre un cambio de conducta, una nueva orientación de todo el comportamiento. En el Nuevo Testamento, el mensaje de conversión de los profetas de Israel reaparece en toda su pureza en la predicación de Juan Bautista, el último de ellos. Un grito condensa su llamada: “Convertíos, pues el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3,2). Ese Reino se inauguró con Jesús, que vino al mundo para llamar a los pecadores a la conversión (cfr. Lc 5,32); es este, precisamente, un aspecto esencial del Evangelio: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4,17). María, la Madre, nos recuerda así el llamado de Jesús, nos repite sus palabras. No se cansa de decirnos (como en Caná de Galilea): “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “la conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: ‘Conviértenos, Señor, y nos convertiremos’ (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo” (n. 1432). La respuesta humana a esta gracia, el proceso de la conversión y de la penitencia, fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el padre misericordioso” (Lc 15,11-24).

Sea como fuere, aunque la conversión nace del corazón, no queda encerrada en el interior del hombre, sino que fructifica en obras externas, poniendo en juego a la persona entera, cuerpo y alma. Uno no puede oponerse al pecado, en cuanto ofensa a Dios, sino con un acto verdaderamente bueno: estos actos son las obras de penitencia, con las que el pecador se arrepiente de aquello con lo que ha contrariado la voluntad de Dios y busca activamente eliminar ese mal con todas sus consecuencias. En eso consiste principalmente la virtud de la penitencia.

Los Padres de la Iglesia insisten sobre todo en tres modos penitenciales básicos: el ayuno, la oración y la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. ¡La Reina de la Paz, la Gospa de Medjugorje, no se cansa de llamarnos, precisamente, a la oración, al ayuno, al amor mutuo: “Queridos hijos, orad sin cesar y preparad vuestros corazones con la penitencia y el ayuno” (4.12.1988). “Hoy los invito a todos a vivir en sus vidas el amor a Dios y al prójimo. Sin amor, queridos hijos, ustedes no pueden hacer nada. Es por eso que Yo los invito, queridos hijos, a vivir el amor mutuo” (29.05.1986).

Sea como fuere, desde La Salette (Francia, 1846), en todas Sus Apariciones, la Santísima Virgen María, Madre de Dios y nuestra, nos llama, con insistencia y renovada urgencia a la conversión y la penitencia. Recordemos sólo las aprobadas ya por la Iglesia: Lourdes (Francia, 1858); Fátima (Portugal, 1917); Amsterdam (Holanda, 1945-1959); Akita (Japón, 1973); Kibeho (Rwanda, 1981).

La Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en nuestro amor filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó Ella misma con Él, por nuestra salvación. Ella nos dice a todos: “Queridos hijos, esta Cuaresma debe ser para vosotros un estímulo especial para el cambio de vida… os invito a la conversión personal” (13.02.1986).

Francisco José Cortes Blasco

FOTO: Dani (Medjugorje)

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