Estoy absolutamente sorprendido por la andanada de artículos, posts, comentarios y blogs enteros dedicados a corregir al Papa Francisco.  Y todavía más, luego de que un ex nuncio en los Estados Unidos de América ha hecho pública una carta en la que acusa a varias autoridades de la Santa Sede y al mismo Papa Francisco de encubrir abusos sexuales cometidos por ciertos miembros del clero estadounidense.

Confieso que, entre otras cosas, me ha dejado herido y dolido el ver y escuchar un comentario del P. Santiago Martín, FM, en el que desliza elegantemente su desafecto por el Papa Francisco y en el que sugiere que el Papa debe en todo caso ser juzgado por un tribunal especial para establecer si es culpable o no…

Todo esto me parece pesadilla de la que espero pronto pueda despertar. Y no es que mi pesadilla tenga que ver con la persona del Papa Francisco, jamás.  Mi pesadilla es ver y escuchar tantos que de pronto hoy se sienten ungidos como profetas y custodios de la legítima tradición católica. Hoy ya no tenemos tan sólo a un Santiago Apóstol que a caballo y espada está dispuesto a purificar y conservar la fe de los pueblos.  Hoy existen un sinnúmero de santiagos, miles, que con o sin caballo y bien enfundados de su supuesta ortodoxia se van… contra el Papa.

La ideología del “presiona más y te harán caso” está de moda. Y la Iglesia no se ha salvado de ello, lamentablemente.  Ahora vemos a un grupito de clérigos que de pronto creen tener más Espíritu Santo que el mismo Vicario de Cristo. Y exigen que el Papa les responda, que les haga caso, que les conteste, que permita de una buena vez que todo el mundo evalúe su actuación, que se someta al tribunal de los medios de información…. Me suena igual que cuando a Jesucristo el Señor un grupito de fariseos le pedía a gritos una señal del cielo para que creyesen en Él.

Me duele mucho ver que gente de buena voluntad y posiblemente bien formada en lo devocional, se deje atraer por quienes con apariencia de toda ortodoxia instan a un alejamiento del Papa Francisco.  Me suena a cuando aquel grupito de fariseos vociferaba aduciendo que Jesucristo no reunía los requisitos para ser declarado Mesías.  No les cuadraba.  Les resultaba muy molesto. Ellos querían un mensaje de estabilidad, de tranquilidad, de seguridad.  Querían alguien que les ayude a conservar la estabilidad de las cosas (“estabilidad” que para ellos era un buen negocio y que les permitía una vida cómoda y tranquila, claro).  Y Jesucristo a ellos, precisamente a ellos, les trajo un terremoto cotidiano, se atrevió a desestabilizarlos.

Qué tremendo debe ser el orgullo de quienes se han fabricado unos parámetros tan altos para juzgar por encima de ellos al mismo Dios y a Su Vicario. Qué peligrosa y desgraciada debe ser esa piedad que va fabricando, a la vez de la oración, un muro alto en el que la persona se siente con todo derecho a evaluar si el mismo Dios les convence o no.  Esa piedad y esa ortodoxia no dan vida eterna. Es puro afán de conservar su vida cómoda, eso que algunos llaman “tradición”. Porque se puede tener una apariencia pulcra y aséptica, se puede tener una fama intachable y también hacer gala de una doctrina de lo más recta y tener también junto a todo ello un corazón orgulloso y arrogante, que no sabe de caridad ni de comunión. Es la triste situación de quien se ha enamorado perdidamente de la hermosa custodia pero que no adora al Santísimo Sacramento que va al centro de ella.

Sí. El Papa Francisco es culpable. Es culpable de haber removido la vida cómoda de muchos curiales (y de otros que ya quisieran ser curiales pero que han inventado sus propias curias). El Papa Francisco es culpable de habernos invitado a salir de nuestras seguridades. Es culpable de haber cuestionado nuestros modos mundanos de ser católicos. Es culpable de pedirnos mayor sencillez. Es culpable de no ser tan tradicionalista. Es culpable de hablar tan claro. Es culpable de haberse tirado abajo muchos acartonamientos religiosos a los que a veces llamamos “tradición católica”.

Era de esperarse. Era de esperarse que ahora la oposición venga de los más devotos, de los más tradicionalmente católicos, de los más “fieles” y romanos, de los más “ortodoxos”. El Papa Francisco se ha quedado sin ellos, ya que ellos no quieren moverse a conversión. ¿Y los “nuevos”? ¿Y los nuevos católicos? ¿Dónde estarán esos católicos de estreno que acaban de llegar a casa gracias a Francisco?. Quizá también se sientan asustados y un poco desorientados. En todo caso, Francisco se quedará solo. Como solo se quedó Jesucristo. Como solos se la pasaron los profetas verdaderos, esos que no tienen blogs armados contra la opinión contraria, contra esos que no presumen de santidad ni de rectitud doctrinal.

Por eso hoy yo digo muy de corazón: Gracias Santo Padre, Papa Francisco. Gracias porque haces lo que haces. Gracias por ser Vicario de Jesucristo. Gracias por ser Padre y Pastor de tu pueblo. Estamos contigo y oramos por ti. Los tiempos no son buenos y hoy también el viento es contrario a la barca de Pedro y aunque algunos ya quisieran que se hunda, nosotros estamos en ella para ayudar, para remar y para repararla.

Sé bien que, como lo dice el Catecismo, la Iglesia tendrá que pasar por una purificación a gran escala y que incluso no pocos fieles y pastores del pueblo de Dios la abandonarán por el temor del oleaje y por instigación del enemigo, y sin embargo luego de todo ello vendrá el triunfo de la Verdad.  Quizá estamos por comenzar ese tiempo.  Pues bien, voy a decir una frase arriesgada (que no es mía, por si acaso), es ésta: yo prefiero estar en el error con Pedro que estar en la verdad con los sedevacantistas.  Pues donde está Pedro, está la Iglesia, y donde está la Iglesia allí tenemos la certeza de que está Jesucristo.

Oremos por el Santo Padre y para mejorar nuestra Comunión con Él.

 

Fr. Israel del Niño Jesús, RPS

 

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