Queridos hermanos,

María Santísima es nuestra Madre, nos cuida y está con nosotros en todo momento. Especialmente ahora, que sus hijos, los hombres, pasamos una dura prueba con la pandemia COVID-19, tenemos miedo, sufrimos, y perdemos la esperanza. Ella está más cerca de nosotros que nunca, porque estamos más necesitados de ella que nunca. Refugiémonos bajo su manto protector, dejémonos abrazar y consolar por Ella, ahora que no podemos abrazar físicamente a nadie. Abramos el oído del alma para escuchar su voz, que repite lo que en su día dijo al atemorizado Juan Diego por la inminente muerte de su tío enfermo: “¿Por qué te inquietas, qué es lo que te preocupa, por qué tu alma se angustia?, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿No estás acaso entre mis brazos, y mi manto protector te protege? No temas la enfermedad de tu tío, ni ninguna otra enfermedad, ni ninguna otra circunstancia. Yo, que soy tu Madre, estoy contigo y todos mis hijos. He venido para socorrer a mis hijos, consolarles y ayudarles en toda situación” [cita parafraseada, no literal, del Nican Mopohua].

En efecto, María mira hoy a la humanidad con una ternura especial, porque ve el sufrimiento y los estragos que el virus está llevando a cabo entre sus hijos amados. Pero, por supuesto, no se le escapa nada de lo que está sucediendo. Todo lo que sucede es porque Dios lo permite para el mayor bien de todos nosotros, y lo integra en un plan de salvación maravilloso que supera nuestra imaginación. Durante esta pandemia, María sigue llevando a cabo el plan salvífico hasta que llegue el triunfo de su Inmaculado Corazón, tal como anunció en Fátima. Todos somos testigos de las grandes acciones que María ha multiplicado en los últimos años en nuestro mundo, tanto en Medjugorje como en muchos otros lugares del mundo. Por eso tenemos una firme certeza fundada en la experiencia de que María seguirá cuidando de todos nosotros en estas circunstancias excepcionales.

Acudamos a Ella, y seamos obedientes a sus consejos, afrontando esta situación con más oración que nunca, con Rosarios más fervorosos que nunca, con ayuno lleno de esperanza, y con confianza y amor ilimitados. AMÉN

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