Todos los días en el maravilloso momento del Santo Rosario, imploramos a la Reina de la Paz,  con las palabras del ángel:  «Llena de gracia» (Lc 1, 28), que es el nombre más bello, con el que Dios mismo la ha llamado desde la eternidad,  colmándola del amor divino desde el primer instante de su existencia. Ella es la favorecida, por su humildad,  para ser la Madre del Redentor e íntimamente unida como ningún otro Corazón, al Corazón de su Hijo Jesús, en el misterio de la salvación.

El valor Redentor que le otorgó Cristo a todo sufrimiento humano adherido a la causa de su reino, debe llevarnos a comprender con mayor profundidad, la importancia de la Maternidad de María, que nuestro Salvador nos quiso regalar.

María se compadece de nosotros, y por eso no nos condena cuando asesinamos a su Hijo con nuestros pecados, sino que padece con Él…, sufre y llora con Él por nosotros. Se une a su dolor maternal al ver a su Hijo torturado, humillado, traicionado y asesinado, el dolor de una Madre que está conmovida por las heridas de nuestros pecados, y decide, por tanto, sufrir el sacrificio de su Hijo, para la redención de otros hijos, que serán rescatados por la pasión de su Primogénito.

El amor de María por nosotros es el mismo amor de Cristo, expresado en la Cruz: “Perdónalos, por que no saben lo que hacen…”. Es un mismo impulso de misericordia, porque es el mismo Espíritu de Cristo que habita en Ella.

De ahí que el Sí de María, y la elección de María que hace el Señor,  es signo y gesto profético por excelencia.

No solo porque es resplandor de la eficacia redentora del Triduo Pascual, sino porque también es augurio del alcance del valor de la sangre Redentora y del Espíritu Santo conferidos a los miembros de la Iglesia para darles un corazón nuevo.

María es signo y gesto profético al manifestar como el Señor lleva la vida humana al esplendor de la comunión con su plan salvífico,  y como Dios se abaja y aproxima tanto a la realidad humana, dando la vida y concediéndonos ser abrazados por el amor materno del Corazón de la Reina de la Paz.

“Nos dice nuestra Madre: Dios me ha permitido permanecer de esta manera durante tanto tiempo con vosotros.”

Tal como lo expresa la Novena, la presencia prolongada de la Gospa entre nosotros, intenta anticipar en cierta manera, el Triunfo final de su Corazón Inmaculado. Por tal razón, continúa invitándonos todos los días a la conversión, a fin de conquistar para Dios cuántos más corazones sea posible.

Os invito, hijos míos, – dice la Gospa- a que sean paz donde no hay paz, y luz donde hay tinieblas; de manera que cada corazón acepte la luz y el camino de la salvación.

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