No se si haya algún teólogo que ha desarrollado con más pulcritud y ciencia este tema que hoy, a modo de ensayo, quiero tratar.  Mi preocupación es absolutamente pastoral.

El iluminismo es una desviación de la recta fe, una enfermedad espiritual que puede comprometer seriamente a una persona e incluso a toda una comunidad.  Consiste, en palabras sencillas, en asumir que Dios inspira y se comunica con uno siempre y en todo momento, gracias a lo cual todo pensamiento que viene a la mente y toda imaginación que de pronto aparece se dan por inspiradas absolutamente por Dios, sin duda ni equivocación.  Nace así el iluminado, que es una especie de entusiasta y profeta constante, una especie de vidente permanente.  Por decirlo en términos más actuales: el iluminado es una persona que asume tener Wi-Fi de Dios permanente y de 9G, en todo lugar y a cero costo.

Siendo así, el iluminado de pronto se convierte en una autoridad espiritual sin título ni unción.  Puede ser que se trate de un caso psiquiátrico, que queda para los profesionales en esas materias.  Pero lo que a mí más me preocupa ahora –y que es el tema de este escrito- es el caso de los iluminados que se convierten en tales por sutil influencia del Maligno.

Agradezco muy de veras a una monjita muy sabia y prudente que, sin proponérselo, me ha instruido en estos temas gracias a que de tanto en tanto me regalaba libros y escritos sobre presuntas apariciones y revelaciones personales del Señor o de la Virgen a ciertas personas de distintos países.  He leído cosas increíbles y también cosas que considero por lo menos absurdas.  Detrás de varias de estas manifestaciones, he podido observar cuánto daño puede hacer a la gente sencilla el que algún líder o persona preparada en algunos saberes humanos se deje llevar tranquilamente por cualquier clase de inspiraciones sin haberlas discernido antes y sin someterlas a la prueba de la obediencia eclesial.

Es muy fácil creerse inspirado, asumir que los pensamientos propios corresponden a la Voluntad de Dios y creer que todo lo que se me viene a la mente o al corazón viene del cielo.  Debemos tener mucho cuidado y no pisar la trampa del Enemigo.  Aquí también la Sagrada Escritura nos advierte en el sentido de que Satanás se viste de ángel de luz para engañar a los elegidos de Dios.

Recuerdo claramente cuando en mi primera peregrinación a Medjugorje un día muy casualmente, cuando estaba rezando en el atrio de la Parroquia de Santiago Apóstol, me presentaron a una señora que esa misma tarde “iba a tener una aparición de la Virgen”.  Me sorprendí mucho.  Observé a sus compañeras: todas con rosarios en las manos, al cuello, medallitas, estampitas, e incluso algunas con mantilla en la cabeza.  Noté algo que me convenció: que no entraron en la parroquia y se fueron.  Por la tarde una hermana me contó cómo había visto a las mismas señoras a mitad de la subida al monte Krizevac rodeando a su “vidente” que estaba supuestamente en éxtasis con los ojos blancos hacia arriba….  ¡Qué fácil es pisar la trampa del Enemigo!

Por otro lado, hoy me sorprende mucho que el iluminismo de moda sea irse contra la Iglesia y el Papa Francisco supuestamente impulsados por el “amor a Dios y a La Iglesia”.  Los iluministas de hoy corrigen al Papa, le llaman la atención, le amonestan, se sienten más papistas que el Papa.  A esos fieles, sacerdotes, obispos y cardenales que actúan así, sólo me gustaría preguntarles: ¿dónde -en la Sagrada Escritura- están sus respetables y bellos nombres como ungidos permanentes e impajaritables?  Porque si se sienten así de iluminados ya podrían también irse y fundar sus propias iglesias diciendo que la actual Iglesia Católica ha traicionado al Señor (¿Les recuerda a alguien esta triste posibilidad?).

Hace muchos años, un sacerdote muy anciano y venerado dijo esta frase en medio de una discusión clerical: “Muchos se creen Pablo porque se sienten apóstoles y profetas inspirados que dicen la verdad.  Pero yo sé que sólo hay un Pedro y él vive en Roma.  Yo estoy con él”.

Satanás es astuto y hasta hace creer a algunos que son iluminados.  Pero la luz del enemigo no dura mucho, es artificial y artificiosa… y se paga caro.  El trance que proviene de las tinieblas no trae la paz y la inspiración que no es del cielo jamás produce frutos de vida eterna.

La luz de Dios es gratuita y se da a los humildes y a los sencillos, a aquellos que –oh maravilla- no quieren ser profetas ni iluminados.  El éxtasis verdadero es una visita al Paraíso y jamás hace espectáculo.  La paz de los verdaderos siervos de Dios no tiene límites y produce vida, paz y alegría, vida eterna.

Fr. Israel del Niño Jesús, R.P.S.

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