Indolencia (indiferencia) y Diligencia (generosidad), son dos palabras poco utilizadas en la actualidad, y por lo tanto -para muchos-, de difícil comprensión.  Sin embargo expresan claramente dos clases de personas totalmente opuestas las unas de las otras.

Las primeras, las que caminan en la indolencia y en la indiferencia, apartan la Bendición de Dios de sus vidas, de sus familias y comunidades, mientras que las segundas en cambio la atraen.

Todos aquellos que han logrado grandes cosas en la historia de la humanidad y de la Iglesia, no han sido personas indolentes, indiferentes o descuidadas, sino que por el contrario han sido personas diligentes, valientes, arriesgadas, persistentes y muy esforzadas.  Son personas que se deciden a fijarse metas para el bien de la humanidad y de la Iglesia, en sintonía con lo que Dios les está pidiendo.

Nuestra Madre nos advierte: “que mi Hijo, cuando mira los corazones de todos mis hijos, pueda reconocer y ver en ellos el amor y la benevolencia, no el odio ni la indiferencia. Queridos hijos, apóstoles de mi amor, no perdáis la esperanza, no perdáis la fuerza, vosotros podéis hacerlo.” (Mensaje, 2 de noviembre de 2015 a Mirjana)

Ella nos anima a superar la indiferencia en todas sus formas, ya que los cristianos Diligentes, son entusiastas y decididos en todo lo que hacen por el Reino de Dios y por el cumplimiento de los designios del Inmaculado Corazón de María.  Ellos son dinámicos, cumplen con su deber en la convicción de que Cristo habita en ellos y que todo lo que realizan es para la mayor gloria de Dios, y en cumplimiento de su Divina voluntad.

Lamentablemente, la Indolencia ha ganado la mente de muchos católicos, que no captan la realidad de cómo debería ser su vida en el trabajo cotidiano y en su servicio eclesial. San Pablo ya había notado este problema, y el hecho  que había dos clases de cristianos: los que daban un sí pleno a Dios, y los que lo hacían con condicionamientos: “Les ordenamos, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que lleve una vida ociosa, contrariamente a la enseñanza que recibieron de nosotros. Porque ustedes ya saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Cuando estábamos entre ustedes, no vivíamos como holgazanes, y nadie nos regalaba el pan que comíamos. Al contrario, trabajábamos duramente, día y noche, hasta cansarnos, con tal de no ser una carga para ninguno de ustedes. Aunque teníamos el derecho de proceder de otra manera, queríamos darles un ejemplo para imitar. En aquella ocasión les impusimos esta regla: el que no quiera trabajar, que no coma.  Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A estos les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan. En cuanto a ustedes, hermanos, no se cansen de hacer el bien. Si alguno no obedece a las indicaciones de esta carta señálenlo, y que nadie trate con él para que se avergüence. Pero no lo consideren como a un enemigo, sino repréndanlo como a un hermano. Que el Señor de la paz les conceda la paz, siempre y en toda forma. El Señor esté con todos ustedes.”(2 Tes.3:6)

San Pablo nos está recordando que las personas que son perezosas, indolentes, y negligentes en su trabajo, comúnmente ejercen una influencia negativa en quienes le rodean y en que desean hacer un buen trabajo.  Por eso Pablo dice no se junten con ellos, pues pueden producir un mal impacto en la vida y servicio de los demás.

Son personas en las que no se pueden confiar, porque harán lo menos posible y lo que harán será de mala gana, obteniendo por lo tanto pésimos resultados.

Los indolentes e indiferentes tienen una mala influencia en la sociedad, ya que no solo no motivan a nadie, sino que encima retrasan el andar de toda una comunidad.  Además provocan un gran dolor al Corazón de Nuestra Madre: “A causa de vuestra indiferencia mi Corazón sufre dolorosamente”. (Mensaje, 2 de marzo de 2016. Aparición a Mirjana)

Es necesario orar por ellos, ayudarlos a tomar conciencia de su problema, pero sin dejarse influenciar por ellos de manera negativa, sobre todo si además están dados a la queja y a la crítica, tal como advierte el mismo San Pablo.

Su mal testimonio incita a la pereza a quienes también tienen esa predisposición.  De ellos dice la palabra: “El perezoso hunde su mano en el plato y ni siquiera es capaz de llevársela a la boca.” (Prov. 19:24). Es decir que el perezoso espera que los demás hagan toda la tarea, dejando que los otros hagan lo más pesado.

En algunos casos estos son los que más critican a los que hacen, pues las cosas no son como ellos desean, o no se obtienen los resultados esperados. Y no tienen en cuenta el refrán que dice: “El único que rompe un plato es quien los lava”.

Frecuentemente, muy pocos son conscientes de la mala influencia que ejercen y del mal testimonio que produce el  servicio hecho con Indolencia.

Los padres que tienen esta actitud indolente en sus trabajos, como por ejemplo: llegar tarde, salir antes de tiempo, faltar por enfermedad cuando se está sano, mentir, quedarse con cosas que no le pertenecen, hacer las cosas a medias: están transmitiendo a sus hijos una herencia amarga de negatividad y pereza, lo cual se les transmitirá en el estudio de ellos, y en el futuro, cuando formen una familia.

Como discípulos de Jesus, debemos dar lo mejor de nosotros mismos, no para buscar el elogio de los demás, sino porque todo lo que hagamos, debe ser para la mayor gloria de Dios.  Como decía Santa Teresita: “Aunque sea enhebrar una aguja, haciéndolo con amor, lo mejor posible, y ofreciéndolo a Dios, y el Señor puede utilizarlo para salvar un alma”.

El cristiano no puede ser Indolente y deshonesto en su trabajo cotidiano, ni en su servicio, pues eso le aparta de Dios y produce amargos frutos, sino que debemos dar lo mejor de nosotros mismos, ya que somos seguidores de Cristo Jesús, en nuestro modo de pensar, hablar y actuar, quien ha dado lo mejor de sí mismo hasta la muerte de Cruz.  Y así como los agricultores, trabajan con tezon, sacrificio y prontitud para que no se pierda la cosecha, así también debemos trabajar en nuestro interior y exterior, por ello la Reina de la Paz nos pide: “¡Queridos hijos! Hoy quiero invitarlos a que comiencen a trabajar en sus corazones tal y como trabajan en sus campos. Trabajen y transformen sus corazones para que el Espíritu de Dios pueda entrar a sus corazones.” (Mensaje, 25 de abril de 1985)

Al ser Indolentes perdemos el tiempo, las gracias que Dios nos concede y las capacidades que él nos ha dado.

Si Dios nos ha dado tiempo y dones, es porque quiere que los utilicemos para él y para servirlo en nuestros hermanos, por medio de las diversas obras de evangelización.

No se puede vivir y servir de manera dispersa, pues las obras de Dios debe ser lo principal en el pensamiento, en los anhelos y en el compromiso concreto de cada bautizado.  Esa actitud correcta le permite a Dios bendecir integralmente a una persona, y que ella sea de Bendición para el ‘m²’ de la tierra que habita.

Son pocos los que en el sacramento de la Reconciliación confiesan haber perdido tiempo, desaprovechado oportunidades, o desperdiciado capacidades.  Sin embargo estos son pecados, que maldicen el m² de tierra que uno habita.  Por eso la palabra de Dios nos advierte: “Como vinagre para los dientes y humo para los ojos, así es el perezoso para el que le da un encargo.” (Prov. 10:26).  Es decir que no se puede depender, ni confiar en la persona indolente y descuidada, pues no son personas dignas de confianza y siempre buscan excusas para no comprometerse, y dar lo mejor de sí mismos.   De no cambiar, ellos echarán a perder la tarea que se les confió, y alejarán a otros.

La excusa del Indolente, en muchos casos es que los otros no hacen las cosas y entonces porque las van a hacer ellos…, o que los jefes o responsables no los valoran…, o que les han fallado o herido en algún modo…  Las excusas pueden darse por decenas, pero la pregunta entonces es: ¿Haces las cosas por Dios, o por los hombres? ¿Esperas la recompensa de los hombres aquí en la tierra, o quieres ser recompensado por Dios?.

No olvides que a quienes Dios ama y llama, los prueba y purifica como el oro en el crisol. (Prov. 17:3)

Si una persona no hace lo que le corresponde hacer en el proyecto de Dios, no romperá ningún plato, pero en el juicio final será juzgado muy severamente, por haber ocultado sus talentos, tal como nos enseña Jesús en la parábola de los Talentos: (Mat 25:24 -30)

Ahora, si esto sucede en el ámbito escolar o laboral, estas personas también lo harán en su servicio en la Iglesia. Son personas minimalistas, pues hacen lo menos posible.

Es una actitud diametralmente opuesta a la de Jesús y los santos, que siempre se movieron por el ‘magis’.

El ‘magis’ es una palabra latina (muy típica de la espiritualidad ignaciana), que significa más, un ‘más’ dinámico y que tiene que ver con nuestra relación con Dios y con aquellas decisiones personales que en un momento u otro de la vida tenemos que tomar, buscando la perfección, ya que se ubica en la línea de lo que pide san Pablo: “transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” (Rom. 12:2).

Por lo tanto, el ‘magis’ no es un “más” solo de cantidad, sino especialmente de calidad. Es el discernir (distinguir, separar) lo que tiende hacia Dios y su servicio, o  que por el contrario nos aleja de él, para elegir lo que más nos conduce a servir mejor.  Por lo tanto es lo contrario a la indolencia, que se apoya en el común pensamiento de “el ir tirando”, “la ley del mínimo esfuerzo”, “echar la vida a la suerte”, “vivir el día sin ningún proyecto u horizonte”, etc.

Bien se puede decir que el ‘magis’ es como un auténtico termómetro que detecta la calidad con la que tenemos que hacer las cosas, muy al contrario de la baja calidad en la que a veces se mueve nuestra vida. Tampoco es una actitud heroica, que se apoye solo en nuestras propias fuerzas  -el falso voluntarismo- sino que se realiza sobre todo en el heroísmo de lo cotidiano, siguiendo humildemente el camino de Jesús, haciéndonos pequeños y serviciales, aprendiendo de Él y de María la docilidad y el desapego, para no quedarse atrapado por las circunstancias de la vida, sino eligiendo y aceptando aun aquellas que a simple vista no trasparentan para nada la gloria de Dios

Dios no nos exige tener los mejores resultados, sino que pongamos nuestro mayor esfuerzo.

No debemos comparar los resultados de lo que nosotros hacemos con los resultados de los demás, pues la medida que Dios utiliza no pasa tanto por los resultados, sino que él bendice cuando uno discierne y concreta, como hacer mejor lo que Dios le pide realizar.

Dios no nos compara con nadie más, solo quiere que hagamos lo mejor posible, aquello que nos pide realizar.  Y esto muchas veces será en base a la necesidad que vemos que hay en nuestra casa, comunidad o demás ambientes; aquello que notamos que hay que realizar y que ningún otro está haciendo.  Y entonces Dios nos capacitará para aquello a lo que nos llama y nos ayudará a mejorar.

Tampoco debemos caer en la tentación diabólica del desaliento, cuando los resultados no son los esperados.  Los grandes logros se tienen después de numerosos fracasos, al perseverar y aprender de los errores propios y ajenos.

La Buena noticia, es que -aunque cueste esfuerzo- se puede salir de este comportamiento Indolente; pero es necesario:

  1. Reconocer el problema
  2. Dejarse ayudar
  3. Examinarse diariamente sobre este punto en particular
  4. No buscar excusas para no hacer las cosas, sino ser muy sincero
  5. Pedir a Dios cada día la gracia de hacer las cosas a su tiempo y lo mejor posible
  6. Pedir perdón y confesar este pecado de la indolencia, en caso de volver a caer en él
  7. Y no darse nunca por vencido, sino decir cada día: “Con la ayuda del Señor y de la Reina de la Paz ahora comienzo de nuevo, dando para Dios en los demás, lo mejor de mismo”.

Gustavo E. Jamut, omv

Compartir:Compartir en FacebookCompartir en Google+Tweet en TwitterEnviar esta página por correoImprimir esta pagina