“El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda”.

“La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales”.  (Benedicto XVI)

Dice San Agustín que la paz es la ‘tranquilidad del orden.

La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el ‘Príncipe de la paz’ mesiánica (Is 9, 5). Por la sangre de su cruz, ‘dio muerte al odio en su carne’ (Ef 2, 16), reconcilió con Dios a los hombres, e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad de seres humanos y de su unión con Dios.

La paz se refiere a la persona humana en su totalidad. Sino solo sería ausencia de conciencia de conflictos y dificultades. Entonces la verdadera paz significa paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con todo el orden creado por el Señor.

La negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del ser humano en todas sus dimensiones, en su capacidad de conocer la verdad y el bien y su vocación de amar a Dios mismo, pone en peligro la construcción toda paz. Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se destruye el amor, y la justicia pierde el fundamento de su ejercicio.

Pero la paz es posible. Nuestros ojos deben ver con mayor profundidad, bajo la superficie de las apariencias y redescubrir la realidad existe en nuestros corazones, de que todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y llamado a crecer en esta dimensión, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo según esta llamada de unión con el verdadero Amor.  Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, entró en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre, y dándonos la posibilidad de tener « un corazón nuevo » y « un espíritu nuevo » (Ez 36,26).

“¡Queridos hijos! Sin oración no hay paz. Por tanto les digo, queridos hijos, oren por la paz al pie de la Cruz”. (6 de septiembre de 1984)

Solo el anuncio de Jesucristo,  es factor seguro del  bien de los pueblos, y del incremento de la paz.  Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación.

La paz domestica es ángulo y soporte de la paz de la sociedad. Y ésta, es efecto de la paz en los corazones,  cuando se alcanza la paz con uno mismo, con la verdad, con nuestra vocación, con el principio y fin de nuestra existencia…

En definitiva, estamos hablando del don de la paz, que va transformando el caos y la violencia en orden y armonía, por el regalo de lo alto de sumergirnos en el océano de gracia y amor  del Corazón del Señor.

“Hijitos, abran sus corazones y denme todo lo que tienen dentro: las alegrías, las tristezas, cada dolor, hasta el más pequeño, para poder ofrecerlos a Jesús, a fin de que El, con su infinito amor, queme y transforme sus tristezas en el gozo de Su Resurrección”.  (25 de febrero de 1999)

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo  y tanto ama el Hijo nuestras almas que se hizo Sacrificio. El Hijo eternamente engendrado, en las entrañas purísimas de la Reina de la Paz, abraza nuestra carne herida y dolorida, apaciguando toda violencia y calmando toda desesperación, en medio de la tormenta del sufrimiento y aflicción, lleva  sobre sus espaldas el peso de nuestros pecados, en sus heridas el dolor de nuestros delitos y en las espinas la tortura de nuestras angustias. Siendo santo, puro y Divino, toma el rostro y el dolor de pecador. Pero esa misericordia y pacificación es fruto de un Corazón Sagrado de Hijo que también se conmueve con el Corazón suficiente de su Madre que padece la tortura y la confusión de quienes perdiendo la paz interior por el camino espinoso, no pueden alcanzar, por sus propios medios la anhelada paz. En los brazos maternales de  María, las lágrimas de sus hijos se transforman en rosarios, que inundan de paz, de confianza y abandono a la voluntad de Dios, donde toda tormenta y violencia es aplastada por el amor misericordioso del Señor.