La piedra abierta de un sepulcro vacío, es un signo elocuente de una nueva realidad, a la que solo se puede acceder con un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Es la realidad del poder del Amor Redentor de Dios que ha vencido otro prepotente poder, que es el de la arrogancia infernal, que tenía esclavizada la condición humana bajo el yugo del pecado y de la muerte. Pero esa suficiencia de iniquidad y orgullo fue vencida por la humildad de Dios que se hace Hombre, el Verbo Encarnado, que se abaja a la condición de Cordero para el sacrificio eficaz, y se hace siervo que, con mansedumbre, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Se abre el sepulcro, y donde habían oscuridad y tinieblas, emerge poderosa la luz celestial, y donde abundaba el pecado, sobreabunda la gracia.

La Reina de la Paz es el resplandor de esta luz Pascual, que brota en medio de las sombras de dolor y del sufrimiento, conteniendo con su amor maternal las almas de un pueblo cristiano, que padeciendo persecución, guerra y pobreza, se sostiene en medio del valle de lágrimas, dejándose inundar por la misericordia del Señor, que se hace consuelo y paz para cada familia, transformando cada hogar en un cenáculo de oración, llenando de esperanza y de fe los corazones sencillos y fieles, e inflamando de la alegría del amor de Dios  a todos los que buscan la sonrisa de la Gospa.

María está hoy en el gozo y la gloria de la Resurrección. Las lágrimas que derramó al pie de la Cruz se han transformado en una sonrisa que ya nada podrá extinguir, permaneciendo intacta, sin embargo, su compasión maternal por nosotros. Lo atestigua la intervención benéfica de la Virgen María en el curso de la historia y no cesa de suscitar una inquebrantable confianza en Ella; la oración Acordaos, ¡oh, piadosísima Virgen María! expresa bien este sentimiento. María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz.

El salmista, vislumbrando de lejos este vínculo maternal que une a la Madre de Cristo con el pueblo creyente, profetiza a propósito de la Virgen María que “los más ricos del pueblo buscan tu sonrisa” (Sal 44,13). De este modo, movidos por la Palabra inspirada de la Escritura, los cristianos han buscado siempre la sonrisa de Nuestra Señora, esa sonrisa que los artistas en la Edad Media han sabido representar y resaltar tan prodigiosamente. Este sonreír de María es para todos; pero se dirige muy especialmente a quienes sufren, para que encuentren en Ella consuelo y sosiego. Buscar la sonrisa de María no es sentimentalismo devoto o desfasado, sino más bien la expresión justa de la relación viva y profundamente humana que nos une con la que Cristo nos ha dado como Madre.

Desear contemplar la sonrisa de la Virgen no es dejarse llevar por una imaginación descontrolada. La Escritura misma nos la desvela en los labios de María cuando entona el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46-47). Cuando la Virgen María da gracias a Dios nos convierte en testigos. María, anticipadamente, comparte con nosotros, sus futuros hijos, la alegría que vive su corazón, para que se convierta también en la nuestra. Cada vez que se recita el Magnificat nos hace testigos de su sonrisa.” (Benedicto XVI, Homilía 15 de Septiembre 2008)

“En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas, se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable. Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe. Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? “ (ídem)

Entonces la Reina de la Paz  vive como Madre nuestro dolor,  en la comunión profunda con el Señor, donde no hay carencia alguna, y desde esa fuente de amor, como continuidad del amor misericordioso del Salvador, nos sonríe a nosotros, para alentarnos en medio de la tribulación.

Hoy más que nunca, esta experiencia se ha extendido por el mundo, y por más que por las calles, caminan sombras de muerte que amenazan la vida humana, detrás de las puertas, en cada familia  que ora y se deja educar por la Reina de la paz, soplan vientos de vida, hay resplandores de gloria y cánticos de Resurrección. La Gospa está en medio de sus hijos, abrazando y fortaleciendo a quienes han aceptado su llamado.

 

Mensaje, 2 de mayo de 2019

“Queridos hijos, con amor maternal os invito a responder al gran amor de mi Hijo, con un corazón puro y abierto, con total confianza. Yo conozco la grandeza de Su amor. Lo llevé dentro de mí, Hostia en el corazón, luz y amor del mundo.

Hijos míos, que yo me dirija a vosotros también es un signo del amor y de la ternura del Padre Celestial, una gran sonrisa llena del amor de mi Hijo, una invitación a la vida eterna.

La Sangre de mi Hijo fue derramada por amor a vosotros. Esa Sangre preciosa es para vuestra salvación, para la vida eterna. El Padre Celestial ha creado al hombre para la felicidad eterna. No es posible que perezcáis vosotros que conocéis el amor de mi Hijo, vosotros que lo seguís. La vida ha vencido: ¡mi Hijo está vivo! Por eso, hijos míos, apóstoles de mi amor, que la oración os muestre el camino y la manera de difundir el amor de mi Hijo, la oración en su forma más sublime. Hijos míos, cuando procuráis vivir las palabras de mi Hijo, también estáis orando. Cuando amáis a las personas con las que os encontráis, estáis difundiendo el amor de mi Hijo. El amor es lo que abre las puertas del Paraíso.

Hijos míos, desde el comienzo he orado por la Iglesia. Por eso, también os invito a vosotros, apóstoles de mi amor, a orar por la Iglesia y sus servidores, por aquellos a quienes mi Hijo ha llamado. ¡Os doy las gracias!”

Feliz Pascua de Resurrección.

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