“¡Queridos hijos! Esta tarde los invito a honrar de manera especial el Corazón de mi Hijo Jesús. Hagan penitencia para reparar las heridas infligidas al Corazón de mi Hijo. Este Corazón es herido con cada pecado grave. Gracias por haber venido esta tarde!”  (Mensaje, 5 de abril de 1984)

La Virgen María ocupó siempre un puesto muy importante en la vida de Margarita María. Desde niña le rezaba diariamente el Rosario.

«Ella hizo voto de ayunar todos los sábados y de hacer siete genuflexiones cada día rezando siete avemarías, para honrar sus dolores, ofreciéndose por “su esclava perpetua”.

En varias ocasiones la Santísima Virgen la recreó con su presencia, acariciándola y animándola en el penoso caminar sobre la cruz, prometiéndole su amparo.

La infancia de la vidente del Sagrado Corazón de Jesús no fue fácil. Las cosas en la casa de Margarita María Alacoque eran  tormentosas, ya que debido a la muerte de su padre, se habían instalado en su casa dos parientes y una de las hermanas de su papá, quienes relegaron a segundo término a la mamá de Margarita arrebatándole el gobierno de la casa. La viuda enferma,  perdiendo la fuerza y templanza de la maternidad, y Margarita, fueron confinadas al abuso de poder y el abandono. Los parientes todo lo pusieron bajo llave, de tal modo, que ellas no podían hacer nada sin permiso,  obligando a la pequeña al trabajo doméstico.

Margarita entonces empezó a dirigir todos sus afectos, su dicha y su consolación en el Santísimo Sacramento del altar. Pero ni siquiera esto le fue posible libremente, ya que la Iglesia de su pueblo quedaba a gran distancia y Margarita no podía salir de la casa sin el permiso de sus familiares.  En repetidas ocasiones un familiar le daba permiso y otro se lo negaba.

Pero si Margarita sufría por su situación, era más todavía el sufrimiento que le causaba el ver la condición de su madre. Ella, enferma con una erisipela en su cabeza, que le producía una hinchazón e inflamación muy peligrosas, se veía continuamente cerca de la muerte. Y por cuanto más rogaba Margarita a sus parientes para que ayudasen a su mamá, ellos, sin mucho interés, buscaron tan solo un cirujano que la vio una sola vez. Este después de hacerla sangrar por un rato, les dijo a todos que solo un milagro podría salvar a la mamá de Margarita. Viendo el descuido hacia su madre en medio de su estado crítico, Margarita, en su angustia, acudió al mismo Señor. Y en oración le pidió que El mismo fuese el remedio para su pobre madre y que le enseñase a ella, qué tenia que hacer.

Pronto se haría imperiosa la necesidad de esa fortaleza especial que pedía. En una oportunidad, cuando regresó a la casa, encontró que estaba reventada la mejilla de su mamá con una llaga casi tan ancha como la palma de una mano, y de ella salía un hedor insoportable, venciendo su natural repugnancia a las heridas, cuando curaba las heridas y cortaba muchas veces la carne podrida. Debido a la situación dolorosa de su mamá,  Margarita apenas dormía y comía muy escasamente. Pero no dejaba de dirigirse al Señor y le decía con frecuencia, «Mi Soberano Maestro, si Vos no lo quisieras, no sucedería esto, pero os doy gracias de haberlo permitido para hacerme semejante a Vos.»

Y así iba creciendo en Margarita un gran amor a la oración y al Santísimo Sacramento. Ella se lamentaba, pues sentía que no sabía como orar, y fue el mismo Señor quien le enseñó. El la movía a arrodillarse ante El y pedirle perdón por todas sus ofensas y después de adorarlo, era el mismo Señor quien se le presentaba en El misterio que El quería que ella meditase. Y consumido en Él,  se fortalecía en ella el deseo de solo amarlo cada vez mas.

Cuando su madre y sus parientes empezaron a hablarle de matrimonio, la joven Margarita no podía sino sentir temor, pues no quería en nada ir en contra de aquel voto de entrega exclusiva a Dios que una vez había pronunciado. Pero era grande la presión ya que no le faltaban pretendientes que querían empujarle a perder su castidad. Por otro lado, su madre le insistía. Llorando ella le decía a Margarita que no tenía más esperanzas para salir de la miseria en que se hallaban más que en el matrimonio de Margarita, teniendo el consuelo, de poder retirarse con ella tan pronto como estuviera colocada en el mundo. Todo esto fue muy duro para Margarita, quien sufría horriblemente. El demonio la tentaba continuamente, diciéndole que si ella se hacía religiosa, esta pena mataría a su mamá. Mas por otra parte la llamada de Margarita a ser religiosa y el horror a la impureza no cesaban de influenciarle y tenía, por gracia de Dios, continuamente delante de sus ojos, su voto, al que sentía que si llegase a faltar, sería castigada con horribles tormentos.

Rezó a la Virgen María y Ella le alejó este engaño y tentación y la convenció de que siempre la ayudaría y defendería.

En su autobiografía, escrita por obediencia, declara: “En un día de retiro me honró con su visita. Llevaba en sus brazos a su divino Hijo, que puso en los míos, diciéndome: He aquí que viene a enseñarte lo que debes hacer».

Me sentí penetrada de gozo y apremiada de sumo deseo de acariciarle mucho, dejándome que le hiciera cuanto quise.

Después me dijo: «¿Estás contenta ahora? Que esto te sirva para siempre, quiero que te abandones a mi poder, como has visto que me he abandonado yo».

Pero, la ternura hacia la Virgen, de Margarita María, comenzó a ser probada con la idea de que era una  niña cuando hizo voto de castidad y no comprendía lo que significaba, por lo que podría concederse varias dispensas. Comenzó pues Margarita a mirar al mundo y a arreglarse para ser del agrado de los que la buscaban. Procuraba divertirse lo más que podía. Pero durante todo el tiempo en que estaba en estos juegos y pasatiempos, continuamente el Señor la llamaba a su Corazón. Cuando por fin ella se apartaba un poco para recogerse, el Señor le hacía severas reprensiones ante las cuales sufría horriblemente. Dice Sta. Margarita: «Me lanzaba Jesús flechas tan ardientes, que traspasaban mi corazón y lo consumían dejándome como transida de dolor. Pasando esto, volvía a mis resistencias y vanidades».

En una ocasión Jesús le dijo: «Te he elegido por esposa y nos prometimos fidelidad cuando hiciste el voto de castidad. Soy yo quien te motivo a hacerlo, antes de que el mundo tuviera parte en tu corazón… Y después te confié al cuidado de mi Santa Madre, para que te formase según mis designios.

Finalmente el Divino Maestro se le aparece todo desfigurado, cual estaba en Su flagelación y le dice: «¿Y bien querrás gozar de este placer?- Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón- Querrás ahora disputármelo?». Comprendió ella que era su vanidad la que había reducido al Señor a tal estado.  Que estaba ella perdiendo un tiempo tan precioso, del cual se le perdería una cuenta rigurosa a la hora de su muerte. Y con esta gracia extraordinaria, revivió en ella el deseo de la vida religiosa con tal ardor, que resolvió abrazarla a costa de cualquier sacrificio, aunque pasarían cinco años antes de poder realizarlo.

Este espíritu de entrega generosa y de inmolación al Corazón de Cristo, que la Reina del cielo fue formando en Santa Margarita María, es el mismo que nos enseña nuestra Madre en Medjugorje, y que lejos de lo que el mundo piense, es camino auténtico de gozo, amor y plenitud:

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a ofrecer sus cruces y sus sufrimientos por mis intenciones. Hijitos, yo soy su Madre y deseo ayudarles obteniendo para ustedes la gracia de Dios. Hijitos, ofrezcan sus sufrimientos como un regalo a Dios, a fin de que se conviertan en una hermosísima flor de alegría. Por so, hijitos, oren para que sean capaces de entender que el sufrimiento puede convertirse en alegría y la cruz en camino de alegría. Gracias por haber respondido a mi llamado!”.

(Mensaje, 25 de septiembre de 1996)

 

Atentamente en Jesús, María y José…Padre Patricio Javier

REGNUM DEI

            «Cuius regni non erit finis»

Padrepatricio.com

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