“Queridos hijos, Yo, vuestra Madre, estoy con vosotros para vuestro bien, para vuestras necesidades y para vuestro conocimiento personal. El Padre celestial os ha dado la libertad de decidir por vosotros mismos, y de conocer por vosotros mismos. Yo deseo ayudaros. Deseo ser vuestra Madre, Maestra de la Verdad, para que con la simplicidad de un corazón abierto, conozcáis la inconmensurable pureza y la luz que proviene de ella y que disipa las tinieblas, la luz que trae esperanza. Yo, hijos míos, comprendo vuestros dolores y sufrimientos. ¿Quién mejor que una Madre los podría comprender? ¿Y vosotros, hijos míos? Es pequeño el número de aquellos que me comprenden y que me siguen. Grande es el número de los extraviados, de aquellos que no han conocido aún la verdad en mi Hijo. Por lo tanto, apóstoles míos, orad y actuad. Llevad la luz y no perdáis la esperanza. Yo estoy con vosotros. De manera particular estoy con vuestros pastores: los amo y los protejo con un Corazón materno, porque ellos os conducen al Paraíso que Mi Hijo os ha prometido. ¡Os doy las gracias! ”     (Mensaje, 2 de mayo de 2014)

La Theotókos María, el refugio común de todos los cristianos, fue la primera en ser liberada de la primitiva caída de nuestros primeros padres» (Homilía IV sobre la Navidad, PG 97, 880 A). Y la liturgia de hoy afirma que Dios «preparó una digna morada para su Hijo y, en previsión de su muerte, la preservó de toda mancha de pecado» (Oración Colecta).

En María Inmaculada contemplamos el reflejo de la Belleza que salva al mundo:  la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. En María esta belleza es totalmente pura, humilde, sin soberbia ni presunción. Así se mostró la Virgen a santa Bernardita, hace 150 años, en Lourdes…  (Benedicto XVI ç8 de Dic. 2008)

Afirma el  Concilio Vaticano II: «También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo, e imitando a la Madre de su Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme y la caridad sincera» (Lumen gentium, 64).

María es también modelo de pureza. María, que es por excelencia santuario del Espíritu Santo, ayuda a los creyentes a redescubrir su propio cuerpo como templo de Dios (cf. 1 Co 6, 19) y a respetar su nobleza y santidad.

La pureza de corazón, como toda virtud, exige un entrenamiento diario de la voluntad y una disciplina constante interior. Exige, ante todo, el asiduo recurso a Dios en la oración.

Las numerosas ocupaciones y los ritmos acelerados de la vida hacen que en ocasiones sea difícil cultivar esta importante dimensión espiritual. Las vacaciones veraniegas, que comienzan para muchos en estos días, si no son «quemadas» por la disipación y la simple diversión, pueden convertirse en una ocasión propicia para volver a dar aliento a la vida interior.

La gracia, entendida en su sentido de gracia santificante que lleva a cabo la santidad personal, realizó en María la nueva creación haciéndola plenamente conforme al proyecto de Dios.

Un obispo de Palestina que vivió entre los años 550 y 650, Theoteknos de Livias, presentando a María como «santa y toda hermosa», «pura y sin mancha», alude a su nacimiento con estas palabras: «Nace como los querubines la que está formada por una arcilla pura e inmaculada» (Panegírico para la fiesta de la Asunción 5-6).

Esta última expresión, recordando la creación del primer hombre, formado por una arcilla no manchada por el pecado, atribuye al nacimiento de María las mismas características: también el origen de la Virgen fue puro e inmaculado, es decir sin ningún pecado. Además, la comparación con los querubines reafirma la excelencia de la santidad que caracterizó la vida de María ya desde el inicio de su existencia.

Si queremos que Él habite en nosotros y crezca en nosotros, debemos hacer lo que dice San Pablo, «luchen hasta desangrar contra el pecado» y luchar por el bien sin cesar. Este es un trabajo difícil pero es el único trabajo que trae los frutos buenos. En consecuencia, este tiempo nuevo, en donde podemos tener paz y prosperidad, requiere que nosotros hagamos esto, y muy conscientemente debemos querer tener al Niño Jesús en nuestros corazones y atenderlo como una madre atiende a su hijo. Solamente si hacemos éstos estaremos en el camino de la salvación.

La Gospa nos lo recomienda:  “Deseo ser vuestra Madre, Maestra de la Verdad, para que con la simplicidad de un corazón abierto, conozcáis la inconmensurable pureza y la luz que proviene de ella y que disipa las tinieblas, la luz que trae esperanza.”

Oremos con el Padre SLavko: “Dios, Padre nuestro, queremos agradecerte por haber enviado al Niño Jesús y porque Él ha decidido permanecer con nosotros. Con María, Su Madre y Humilde Servidora, te pedimos, al comenzar este tiempo nuevo, que nos envíes el Espíritu Santo para que nos libre de todo aquello que impide que el Niño Jesús permanezca en nuestros corazones. Líbranos de todo egoísmo, de nuestro orgullo y de nuestra envidia. Líbranos de nuestra pereza y de nuestro temor de trabajar con Tu Hijo cada día. Limpia nuestros corazones, oh Padre, para que podamos convertirnos en moradas buenas para Tu Hijo. Padre, danos la gracia de poder decir «si» a la paz y de poder decidirnos solo por Ti.” (277 de Noviembre de 1999)

 

Atentamente en Jesús, María y José…Padre Patricio Javier

 REGNUM DEI

            «Cuius regni non erit finis»

 

Padrepatricio.com

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