“Yo os llamo hacia la luz y la verdad, yo os llamo hacia mi Hijo”    (2 de Septiembre, 2018)

«Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha”, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación”. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (1 Jn 1, 8-10). En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación… (CEC 827)

La popularidad de la Iglesia ante el mundo, y una experiencia confortable en la acción evangelizadora en estos valles de arenas y prados, no es nuestra meta definitiva. Bien nos hace valernos de cualidades, oportunidades y talentos, para extender el Evangelio y la alegría que confiere la gracia, pero es precisamente este don sobrenatural el que concede eficacia a nuestros esfuerzos, y hace fértiles nuestras áridas súplicas y estériles esfuerzos.

 

“Aquellos que no van por el camino de la luz”

Será complejo el caminar en la Iglesia, para quien desconoce su realidad Divina y Santa, o su precariedad humana y la miseria de pecado de sus miembros.

La Reina de la Paz nos advierte sobre esta realidad: “sed ejemplo para todos aquellos que no van por el camino de la luz y del amor, o que se han desviado de él. Con vuestra vida mostradles la verdad…” (2 de Junio, 2018)

Dice nuestra Madre celestial:   “oren más y hablen menos, y dejen que Dios los guíe por el camino de la conversión”.(25 de agosto, 2018)

Bajo el impulso de  la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. (CEC 1989) La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre” El ser humano se encuentra ante una alternativa: o vivimos con el Señor en la bienaventuranza eterna, viviendo “el Paraíso aquí en la Tierra para que estén bien, y que los Mandamientos de Dios sean luz en su camino” (25 de Julio del 2018), o permanecemos alejado o distantes de su presencia, lo que incluso puede pasar con quienes tienen un papel activo en la Iglesia:”…Os ha sido dada la libertad de elegir. Por eso yo, como Madre, os pido que uséis la libertad para el bien…no perdáis la verdad y la verdadera vida por seguir la falsa. Con la verdadera vida el Reino Celestial entra en vuestros corazones, este es el Reino del amor, de la paz y de la concordia.” (2 de Julio, 2018)

La cumbre y gloria de la vida de la Iglesia está en el cielo. Y todas los auténticos esplendores vividos y ponderados en la tierra fueron solo un reflejo del verdadero resplandor del cielo, Cristo, cabeza de la Iglesia, pero que ha injertado en su cuerpo místico, por el bautismo, una  humanidad frágil y golpeada, en la que no todos se dejan transfigurar por el resplandor celestial, sino que prefieren permanecer en penumbras, en sombras de muerte y monedas de traición.

Pero no se acaba en esta humanidad herida y que cojea, toda la realidad eclesial, sino que es solo una  parte de ella, la que peregrina en medio de un valle de lágrimas, entre espinas y vergüenzas. Hay otra parte de Ella que esta en estado de Purgación, que aunque hay un fuego de tormento y de purificación para los elegidos después de la muerte, ese mismo estado, es sustentado en la misericordia y el perdón.(Mt 12, 31).Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la Iglesia reconoce como el «purgatorio».

Las almas del Purgatorio, son las almas de los fieles de la Iglesia, que están seguros de su eterna salvación, pero sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. Forman parte de nuestra vida eclesial y del camino de salvación, siendo también, para todo católico, una responsabilidad según afirma el catecismo:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? […] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, homilia 41, 5). (CEC 1032)

Es por lo tanto importante este petición: “Hoy deseo invitarlos a orar cada día por las almas del Purgatorio. Cada alma necesita de la oración y la gracia para alcanzar a Dios y el amor de Dios. A través de ello, queridos hijos, ustedes ganarán nuevos intercesores que los ayudarán en su vida a comprender que las cosas de la tierra no son importantes, sino que sólo el cielo es la meta a la cual ustedes deben aspirar.” (30 de agosto, 2018 )

 

“Sólo el cielo es la meta a la cual ustedes deben aspirar”

Hay quienes mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, vivirán para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (Ap 22, 4).

Vivir en el cielo es decir, viven en “Cristo”, viven “en Él”, aún más, tienen allí, y encuentran allí su verdadera identidad…La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad.(CEC 1026) y en esa gloria, los fieles de la Iglesia continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera: reinan con Cristo… (CEC 1029)

En el cielo, los fieles de la Iglesia, llevados en los brazos de María, por los méritos del Corazón de Jesús, veran claramente a Dios tal como es en sí mismo: uno en esencia, trino en personas, y la caridad, el amor de Dios, como explica San Pablo, no decaerá nunca: allí los bienaventurados amarán a Dios, lo verán cara a cara y poseerán a Dios, por que era el objeto de toda esperanza. La felicidad del cielo implica la unión con Dios por el amor, con todo el corazón, con toda el alma, toda la mente. El Catecismo afirma en este sentido: «Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (CEC 1024)

 

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (CEC 675).

El Anticristo verdadero, el último y definitivo, será el gran mentiroso, que presentará un falso mesianismo y arrastrará a muchos a la apostasía de la fe. Se colocará él en el lugar de Dios, ofreciendo al mundo solo lo que anhela, como la solución de sus problemas a cambio del abandono práctico, implícito y público de la fe y la moral  de Jesucristo. El mismo Jesús en el Evangelio lo prevé, y se pregunta preocupado:

– ¿Creéis que cuando yo vuelva encontraré fe en la tierra?… (Lucas 18,8)

La Iglesia habrá de luchar ferozmente contra este enemigo que le arrebatará engañosamente a muchos de sus hijos. Será la batalla final.

Pero la ganará la Iglesia, en la medida que sus fieles se aproximan a quien es su Madre y Maestra, que es María, porque después de esta gran tribulación, verdadera crucifixión de la Iglesia, y cuando parezca que habrá muerto, el Señor volverá con gloria, para consumar en su esposa, la Iglesia, lo que le manifestó por medio de la Reina del Cielo y Reina de la Paz.

“Queridos hijos! En este tiempo inquieto los invito a tener más confianza en Dios, que es el Padre de ustedes que está en los Cielos y que me ha enviado para conducirlos a Él. Ustedes, abran sus corazones a los dones que Él desea darles, y en el silencio del corazón adoren a mi Hijo Jesús, que ha dado su vida para que vivan en la eternidad, a donde quiere conducirlos. Que su esperanza sea la alegría del encuentro con el Altísimo en la vida cotidiana. (25 de Mayo, 2018)

La Iglesia «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal (LG 48), y será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1, 10).Y en este “universo nuevo” (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. “Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21).

“Solo Él puede convertir la desesperación y el dolor en paz y serenidad, solo Él puede dar esperanza en los dolores más profundos. Mi Hijo es la vida del mundo: cuanto más lo conocéis más os acercáis a Él y más lo amaréis porque mi Hijo es amor”. (2 de Septiembre 2018)

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