La esperanza es una de las virtudes más necesarias tanto en el orden natural como sobrenatural. Como virtud humana y teologal. Psicológicamente una persona que no espera, un hombre sin esperanza, está como muerto. Se relaciona principalmente con otras dos virtudes fundamentales: la fe y el amor.

Los seres humanos siempre estamos a la espera de algo y las distintas esperanzas humanas inspiran nuestras actividades diarias. Estas esperanzas corresponden al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de los hombres (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1818). De esta suerte, podemos decir, con Benedicto XVI, que “el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza” (Ángelus, 28.11.2010). Por eso, las crisis de la esperanza son graves y hay que resolverlas pronto y adecuadamente.

Teológicamente la esperanza es una virtud fundamental, teologal, dada por Dios, junto con la fe que es su fundamento y el amor, que es su consecuencia. Por eso debe estar presente en toda actividad cristiana. La esperanza cristiana purifica y ordena todas nuestras acciones hacia Dios, fuente perfecta y plena de amor y felicidad que colma todos nuestros anhelos. Así la define el Catecismo: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (n. 1817).

Benedicto XVI, en la Carta Encíclica Spe Salvi, afirma: “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (n. 23). Y nos propone tres “lugares” para el aprendizaje y el ejercicio de la esperanza cristiana: el primer y esencial “lugar” es la oración. El segundo “lugar” es la rectitud del obrar y el sufrimiento (el dolor y los padecimientos, tanto físicos como morales). Finalmente, en tercer “lugar” está la reflexión constante sobre el juicio final. En este sentido, la realidad del juicio nos ayuda a ordenar la vida presente de cara al futuro, a la eternidad.

Sea como fuere, el motivo formal de esta virtud es Dios, que siempre nos socorre: Dios auxiliador, Su omnipotencia amorosa. Sólo Dios puede colmar totalmente todos nuestros anhelos y esperanzas. Por eso, la esperanza cristiana nos conduce al abandono: quien de verdad espera en el Señor, se abandona siempre confiado y fiel a Su voluntad. Pero, este abandono confiado nada tiene que ver con una espera pasiva del futuro, ni es resignación conformista, ni tampoco se reduce a un ingenuo optimismo. Nuestra esperanza brota de la fe y confianza que ponemos en Dios. Su fundamento es la experiencia del amor de Dios, comunicado personal e interiormente al creyente. Quien se descubre cada día amado por Dios, está preparado para esperar en Él. El amor de Dios es como un principio interior que dinamiza toda la existencia.

La esperanza tiene por objeto al Dios Trinitario. Es una esperanza que se forja en la fe y la confianza en un Dios misericordioso. Los que esperan en Dios no deben tener temor alguno. De esta suerte, la esperanza es el elemento dinámico de la existencia cristiana, es un elemento propiamente cristiano, que los paganos no poseen (cfr. 1Ts 4,13) ya que viven en el mundo “sin esperanza y sin Dios” (Ef 2,12).

En definitiva, la esperanza teologal es un don, un regalo del Espíritu Santo (infundida como semilla en el alma del bautizado) y por esto dirá san Pablo: “Nunca defrauda” (Rom 5,5). Sí, la esperanza nunca defrauda. ¿Por qué? Precisamente, porque es un don que nos ha dado el Espíritu Santo. También nos dice el apóstol que la esperanza tiene un nombre. Y un rostro. La esperanza es Jesús en persona.

Según la Carta a los Romanos el modelo de la esperanza es Abraham, que “creyó, esperando contra toda esperanza” (4,18). Pero, el modelo cumplido lo encontramos en nuestra Madre, Santa María. Al igual que Abraham que, obedeciendo la voz del ángel, quiso ofrecer a Isaac en sacrificio (cfr. Gén.22,1-13) porque creía que poderoso era Dios para resucitarlo de entre los muertos (cfr. Heb.11,19), así también María ofreció a Dios las humillaciones y la muerte de su Hijo (y se ofreció a sí misma voluntariamente con Él) porque, por la esperanza, Ella confiaba que poderoso era Dios para resucitarlo de entre los muertos. Como Abraham, una vez más, esperó contra toda esperanza. Su ofrenda fue aceptada. En el Calvario, ningún ángel detuvo el holocausto. Pero, la esperanza de la que se mantenía de pie, junto a la Cruz, no se vio defraudada y así, al tercer día, pudo abrazar a su Hijo Resucitado, vivo y glorioso.

De esta suerte, María es para nosotros el modelo perfecto de esperanza. Siempre que en nuestra vida nos sentimos dominados por la duda, el miedo, la desconfianza, el desaliento, e, incluso, la desesperación, debemos alzar la mirada a María y recordar las pruebas que debió pasar y que superó por el confiado e ilimitado abandono en el auxilio de Dios, es decir, por su admirable esperanza.

El Adviento que acaba de comenzar es esencialmente tiempo de preparación y de espera, de vivir la fe como esperanza activa. Esperamos al Señor. Hay tres venidas del Salvador estrechamente vinculadas en la historia y en la misma liturgia (vino, viene, vendrá): Vino, en humildad y debilidad, en la Navidad. Vendrá, en gloria y poder, en la Parusía. Y viene, siempre (cada día, todos los días), en el Espíritu y en el amor.

La primera venida se realizó cuando el Verbo de Dios, la Palabra del Padre, se hizo hombre en el seno purísimo de su Madre Virgen, asumiendo la carne inmaculada de María, y naciendo de Ella en Belén, la noche de Navidad. Su nacimiento y Su obra redentora, inauguraron la última era de la historia: estamos viviendo la plenitud del tiempo (cfr. 1 Cor 10,11). Cristo inauguró ya su Reino: éste está creciendo y madurando bajo la acción del Espíritu Santo a lo largo de los siglos, hasta su plenitud final o consumación escatológica. Cada día que pasa avanzamos decididamente hacia la meta.

La primera venida de Cristo a la tierra es un acontecimiento tan insondable que Dios quiso prepararlo durante siglos, con un Adviento que duró cuatro mil años, henchido con el anhelo de todas las almas santas del Antiguo Testamento que no cesaban de pedir por la venida del Mesías, el Salvador. Quien vivió más intensamente este Adviento, sobre todo durante los nueve meses de gestación del Salvador en Su seno, mientras lo esperaba “con inefable amor de Madre”, fue la Santísima Virgen María. Por eso, es la gran figura del Adviento y por eso la Exhortación Marialis Cultus de san Pablo VI considera el Adviento como el tiempo “mariano” por excelencia.

En los mensajes mensuales de Medjugorje, Ella nos habla muchas veces sobre la esperanza y los medios para alcanzarla: “Hijitos, oren sin cesar por este mundo turbulento y sin esperanza, a fin de que ustedes se conviertan en testigos de la paz para todos. Que la esperanza fluya en sus corazones como un río de gracia” (25.11.2008). “Abran sus corazones y decídanse por la santidad, y la esperanza hará nacer la alegría en sus corazones” (25.08.2012).  “Hijitos, oren y sean portadores de paz y esperanza en este mundo sin paz” (25.11.2015). “Hijitos, los invito a regresar a la oración con el corazón, para que en la oración puedan encontrar la esperanza y el sentido de su existencia” (25.02.2016). “Quien ora y ama no teme, tiene esperanza y amor misericordioso” (2.04.2016).

También nos advierte que el demonio procura desesperarnos: “Oren, hijitos, de manera especial porque Satanás es fuerte y desea destruir la esperanza en sus corazones” (25.08.1994). Pero, nos asegura: “El Altísimo me permite traerles esperanza y alegría. Ábranse. Abran sus corazones a la misericordia de Dios y Él les dará todo lo que necesitan y llenará sus corazones con la paz, porque Él es la paz y su esperanza” (25.11.2010). “Estoy con ustedes y les enseño hijitos: en Dios está vuestra paz y vuestra esperanza. Por eso acérquense a Dios y pónganlo en el primer lugar de sus vidas” (25.01.2001). “Solamente en Dios está vuestra paz y esperanza, queridos hijos” (25.09.2012).

Si somos buenos hijos, como Su Hijo, si obedecemos y vivimos Sus Mensajes, entonces, Sus palabras se cumplirán en nosotros: “Queridos hijos, ustedes que se esfuerzan en ofrecer cada día de su vida a mi Hijo, ustedes que procuran vivir con Él, ustedes que oran y se sacrifican, ustedes son la esperanza en este mundo inquieto” (2.02.2017).  Seremos, así, esperanza para el mundo y para la misma Reina del mundo, como acaba de decirnos en Su último Mensaje: “Apóstoles de mi amor, hijos míos, confíen en mi Hijo. Ayuden a todos mis hijos a que conozcan Su amor. Ustedes son mi esperanza, ustedes que intentan amar sinceramente a mi Hijo. En el nombre del amor, por la salvación de ustedes, según la voluntad del Padre Celestial y por mi Hijo, estoy aquí entre ustedes” (2.12.2018).

Como nos enseña san Pablo (cfr. 1 Cor 1,13ss.), mientras vivimos en la tierra permanecen la fe, la esperanza y la caridad; pero, en el cielo, la fe y la esperanza no tienen ya razón de ser; solo la caridad (“por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”: Catecismo, n. 1822) es eterna: no pasará jamás.

La Santísima Virgen María, asunta al cielo, glorificada en cuerpo y alma, goza de la plenitud de la redención: ya no vive de fe puesto que su peregrinación terminó: la fe es, ahora, visión. Y la esperanza teologal que su fe alimentaba es ya plena posesión: Ella vive, existe, es en Dios. En el centro de la Santísima Trinidad, como Hija predilecta del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo, Reina y Señora de la entera Creación. Sus ojos gloriosos contemplan a Dios cara a cara: ya no cree, “ve”. Y la esperanza, en cuanto anhelo y deseo ardiente de Dios, es ya bienaventuranza consumada y gloriosa, colmada y eterna posesión. Pero, sigue siendo -por siempre- “Mujer”. Y, en cuanto, verdadera hija de Eva, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, su corazón humano sigue engendrando esperanza: pequeñas y grandes esperanzas humanas. Y en el centro de ellas, como objeto de esas esperanzas: nosotros, Sus hijos, los hermanos de Su Hijo. Quizá si Ella mismo no nos lo hubiese dicho, nunca nos hubiéramos atrevido a sospecharlo. Pero acaba de afirmarlo explícita y rotundamente: “Ustedes son mi esperanza” (2.12.2018).

¿Qué espera Nuestra Madre de nosotros? “Espero que me acepten con el corazón, porque las palabras de mi Hijo y Su amor son la única luz y esperanza en la oscuridad del presente” (2.01.2016). “No pierdan la esperanza que les traigo” (25.07.2016). ¿Qué desea de nosotros? “Sean portadores de la Buena Nueva y gente de esperanza” (25.11.2014).

¡Somos la esperanza de María, Nuestra Madre! Y sabemos que la esperanza no defrauda. ¿Defraudaremos nosotros a Quien tanto nos ama y confía en cada uno? Tenemos buen modelo en Su Hijo, Jesucristo Nuestro Señor. Él sí fue plena y perfectamente Su esperanza. Y la nuestra. Él nunca defrauda. Él, al que espera la Iglesia, anhelando Su vuelta: “¡Maranathá! ¡Ven, Señor Jesús!” (Apo 22,20).

A través de Sus Mensajes, nuestra querida Gospa nos ayuda a prepararnos para acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador: del que vino a nosotros; del que viene siempre y todos los días; del que vendrá como Juez Justo y Misericordioso.

Seamos apóstoles de paz y esperanza que ayuden al Corazón Inmaculado de María a triunfar definitivamente sobre el pecado y el mal, sobre satanás y el infierno. Ella nos dice que nos necesita. Y nos pide que oremos por Sus intenciones. Que no puede triunfar sin nosotros. ¡Que somos su esperanza!

Ella, la Purísima Madre de Dios, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento, la Navidad y la Epifanía o Manifestación de Jesús como el Salvador de Dios. Tenemos, pues, en nuestra Mamá María, Reina de la Paz, Madre de la esperanza, una buena Maestra para este Adviento y para la próxima Navidad. Para estos últimos tiempos y para la próxima Parusía.

Francisco José Cortes Blasco

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