La Pasión de Cristo que vamos a celebrar –un año más– esta Semana Santa es, también, la Pasión de María, vivida como sólo la puede vivir una madre, olvidada de sí hasta el límite de las fuerzas humanas. La podemos denominar, propiamente, la “Compasión de María” en la Pasión de Jesús. Es como el eco de la Pasión en su Corazón Doloroso e Inmaculado. Pasión y Compasión de amor.

Porque en la Pasión, que la Semana Santa rememora, hay dos personajes que pagaron con sus propias vidas el precio de nuestra Redención: Cristo, nuestro Salvador y Redentor, que con su purísima sangre, divina y preciosa, lavó nuestros pecados y nos abrió la puerta del Cielo. Y María, la Madre Dolorosa, la corredentora, que por su amor inmenso hacia Jesús, padece su misma Pasión y agonía, y así consumida de dolor, inmersa en el cáliz de la sangre redentora de su Hijo, comparte plenamente el sacrificio salvífico de Jesús.

En verdad, la participación de María en el drama de la Pasión de Cristo hace profundamente humano ese acontecimiento y ayuda a los fieles a entrar en el misterio: la Compasión de la Madre hace descubrir mejor la Pasión del Hijo. Afirma el Concilio Vaticano II: María, “sufre cruelmente con su Hijo único, y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima” (Lumen gentium, 58).

Con estas palabras, el Concilio nos recuerda, precisamente, la “Compasión de María”, en cuyo Corazón repercute todo lo que Jesús padece en el alma y en el cuerpo, subrayando su voluntad de participar en el sacrificio redentor y unir su sufrimiento materno a la ofrenda sacerdotal de su Hijo.

Esta participación de María en el sacrificio de su Hijo, culmina en Jerusalén, en el momento de la Pasión y Muerte del Redentor. San Bernardo se complace en hablar del “martirio de la Virgen”, cumplimiento de la profecía de Simeón: “Una espada atravesará tu alma”. Así, lo que padeció Jesús en el cuerpo –dice–, lo compadeció María en el espíritu. La muerte de Cristo en la Cruz significó, para su Madre, la con-muerte al pie de la misma Cruz. Por esto no duda el Santo en considerarla “más que mártir”. Y la Iglesia en llamarla “Corredentora”.

No olvidemos que el Camino del Calvario, que nuestros pasos y procesiones nos recordarán una vez más esta Semana Santa, no solo fue recorrido por Cristo. La Vía dolorosa es también el camino que María recorre, acompañando y consolando a su Hijo. Su compañía y su consuelo son silentes y escondidos: Ella camina, junto a su Hijo, presenciando todo el dolor de Cristo. María desde Su lugar, vive la Pasión de su amado Hijo dándole la fuerza y la gracia de su amor.

Por esta Compasión, por su calidad de Corredentora, por haber permanecido al pie de la Cruz, María es, también, nuestra Madre. Así, en el discípulo amado, nos confió Jesús a su cuidado materno: – “Mujer: ahí tienes a tu hijo”. – “Hijo: ahí tienes a tu Madre”.

Precisamente, María nunca fue más Madre que al pie de la Cruz: allí fue donde su Corazón Doloroso e Inmaculado fue “traspasado con una espada” al contemplar los sufrimientos de Jesús; y allí fue, asimismo, donde la Maternidad de María se extendió a todos los miembros del cuerpo de Cristo, que nacería de su costado abierto al brotar incontenibles los líquidos de la vida: sangre y agua, manantial divino de misericordia.

Esta maternidad de María con respecto a nosotros no consiste sólo en un vínculo afectivo: por sus méritos y su intercesión, Ella contribuye de forma eficaz a nuestro nacimiento espiritual y al desarrollo de la vida de la gracia en nosotros. El Concilio Vaticano II, después de haber afirmado que María “colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador”, concluye así: “Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia” (Lumen gentium, 61).

Esta Compasión de María, tan presente en el culto y en la piedad cristiana, es representada significativamente en el arte en todas las imágenes de “La Piedad” o “Dolorosas”, típicas del gótico tardío y del renacimiento; así como en la poesía (basta recordar el célebre Stabat Mater). En la liturgia, se pasó de la memoria obligatoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (en el siglo XII) a la contemplación de los dolores de la Virgen –en los últimos días de la cuaresma–, fijados (desde el siglo XIV) en el número siete: la espada de Simeón, la huida a Egipto, el Niño perdido en el templo, el camino del Calvario, la crucifixión, el descendimiento de la Cruz, la sepultura. En la actualidad se celebra su memoria el 15 de septiembre, tras la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

De esta suerte, los momentos culminantes de los Dolores de la Virgen están representados por las siete espadas que traspasan su Corazón Doloroso e Inmaculado y se relacionan íntimamente con los que sufrió Su Hijo, porque el sufrimiento de María procede de su total comunión con el Redentor. En realidad, fueron tantas las espadas de la Madre como los dolores del Hijo. Cada punzada que le daban a Jesús en el cuerpo, era una espada que traspasaba, espiritualmente, el Corazón de la Virgen: cada golpe, cada azote, cada llaga… eran puñaladas que sufría su Corazón materno, tan tierno y dulce. Exclama San Bernardo: “Oh corazón virginal, pintado con siete espadas, y con setecientos deberían de pintarte. No tienen cuenta las estrellas del cielo, ni las gotas del mar, con los dolores de la Virgen María”.

¿Por qué sufrió tanto la Santísima Virgen María? Porque ambos Corazones (el suyo y el de su Hijo) eran y son uno. Por esta íntima unión, los sufrimientos de Cristo son los de su Madre, y los de María son los del Corazón de Cristo. Hay en Ellos una perfecta reciprocidad en el amor y en el dolor. Ellos sufren porque nos aman. Y sufren por nuestra indiferencia y falta de amor.

De otra suerte, la carta a los Hebreos, hablando de los que vuelven a pecar después del bautismo (o sea de nosotros), dice que “vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen al escarnio” (Hb 6,6). Todos estamos acusados, pues, de su Pasión y Muerte, ya que todos hemos pecado. De este modo, somos nosotros quienes causamos tanto sufrimiento y dolor en el Corazón angustiado de nuestra Madre asociado a la dolorosa Pasión de Su Hijo.

Aún ahora, glorificada en cuerpo y alma, en el cielo, Ella continúa padeciendo por nosotros, por nuestros pecados: por las ofensas que cometemos contra su Hijo. En Medjugorje, se ha referido al sufrimiento que le causamos, en varios mensajes: “Queridos hijos, Yo os amo incluso cuando vosotros estéis muy lejos de Mí y de Mi Hijo. Yo os pido que no permitáis que mi corazón llore lágrimas de sangre a causa de las almas que se están perdiendo en el pecado. Por lo tanto, queridos hijitos, ¡orad, orad, orad!” (24/5/1984).  “Queridos hijos, no lo olvidéis: Yo soy vuestra Madre y siento dolor por cada uno de vosotros que está lejos de mi Corazón” (25/9/2005). “No sabéis cuánto sufre mi Corazón y cuánto oro a mi Hijo por vosotros” (2/9/2014).

San Pablo también nos asegura que todos podemos completar lo que falta a la Pasión de Cristo, cooperando de algún modo, misterioso pero real, en la obra de la Redención (cfr. Col 1,24). Podemos, pues, no solo no renovar sus sufrimientos, sino consolarla y desagraviarla poniendo en práctica sus mensajes, viviendo en gracia de Dios: abandonando definitivamente el pecado y decidiéndonos por la santidad. Para lograrlo, hemos de poner a Dios en primer lugar, abrir nuestros corazones a su amor, orar sin interrupción y acompañar nuestra oración con el ayuno a pan y agua de miércoles y viernes y con pequeños sacrificios ofrecidos por amor. Podemos, también, orar por sus intenciones y aceptar ser sus manos extendidas, sus apóstoles de paz y amor. Se trata, en definitiva, de reparar los pecados cometidos contra Su Corazón Inmaculado según Ella misma nos dice en Fátima (13/7/1917) y Pontevedra, al pedirnos la comunión reparadora de los cinco primeros sábados seguidos de mes: “Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos, a cada momento, me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz algo por consolarme y di que a todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me acompañen quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación” (aparición a la Hna. Lucía en la Casa de las Doroteas de Pontevedra, 10/12/1925).

Recordemos, finalmente, que el Señor, en su Pasión, no entrega su vida en sacrificio por la humanidad en abstracto, sino por cada uno de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, con nuestra propia historia personal, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Con nuestros pecados.

El regazo de María, Virgen de los Dolores y Madre de la Soledad, nos abraza también a cada uno, pues contiene el amor infinito de Dios por nosotros. Ella, Nuestra Mamá, que escuchó a su Hijo interceder por todos al Padre, suplicándole nos perdonase “porque no sabemos lo que hacemos”, alcanzándonos con su muerte la redención y amnistía, hace suya, también, esta oración, ofreciéndonos, graciosa y liberalmente, su amor y su perdón. Os invito a vivir esta Semana Santa junto a Ella. Como san Juan, acompañémosla en su dolor, en su compasión de amor, seguros de alcanzar, a su lado, los frutos de la Redención.

¡Venturosa Semana Santa! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

 

Fco. José Cortes Blasco

 

 

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