La mañana del segundo día del Congreso Iberoamericano comenzó con la oración de Laudes guiada por el P. Astolfo Moreno que, con gran profundidad, llevó a los presentes a meditar en la belleza y fuerza espiritual de la Liturgia de las Horas. Al concluir la oración, llegó el momento de la bienvenida y la presentación por parte de fray Danko Perutina, Adriana Caballero y L. Miguel Onieva.

Fray Danko Perutina tuvo a su cargo la primera conferencia del día: “Medjugorje, una llamada a la conversión”. Habló sobre las vocaciones sacerdotales y religiosas que nacieron en Medjugorje, la llamada a la conversión y la gran cantidad de peregrinos que a lo largo de estos casi 43 años han estado allí. Decía que nadie vuelve igual de Medjugorje, y que es un lugar al que todos los que han estado al menos una vez, quieren volver porque allí han experimentado el amor de Dios y de la Virgen.

“¿Cuál es la consecuencia de ir a Medjugorje? La conversión. Mi experiencia es que nadie nunca vuelve de Medjugorje igual a su casa. Eso es imposible casi, incluso los que dicen que no quieren cambiar, ellos también. Contra el amor nadie puede luchar. Ahí caen todas las máscaras. La Virgen en el mensaje del 25 de marzo de 2008 nos invita a la conversión personal y dice: ‘todavía están lejos del encuentro con Dios en sus corazones’. En el corazón sucede el encuentro, no en los signos, en el sol. No en unas historias piadosas, sino aquí, en el corazón que es el centro de la persona. Por un lado, tenemos el corazón del Padre y de la Virgen María, y del otro lado tenemos nuestro corazón. ¿Por qué no sucede el encuentro? Porque si está presente la indiferencia, el pecado, la angustia, las concupiscencias, y nos lo dice nuestra conciencia, porque la conciencia está en el corazón”.

Fray Danko preguntó a todos: “¿Crees sinceramente que Dios puede convertir tu corazón? ¿Que puede convertir tu país? ¿Qué los sacerdotes se pueden convertir? ¿Las religiosas? ¿Y nosotros aquí presentes? Jesús si puede convertir tu corazón, a tu familia, a tu comunidad, tu vida. Él es todopoderoso. Y por eso este congreso no va a ser un congreso superficial, sino decisivo en nuestro encuentro con Jesús, en nuestras nuevas decisiones que serán realizadas. Nosotros sabemos cómo se gesta un niño en el vientre de la madre, sabemos cómo crece un árbol, sabemos cómo crece la semilla. Pero, ¿Cómo crece un santo? ¿Cómo acercarnos más a Dios? Eso es lo que nos enseña la Virgen, a través de la oración perseverante, día tras día. Porque la oración vivifica a la persona. Al que está cansado, la oración le da descanso. El que está preocupado, encuentra la paz”.

“¿Dónde y cuándo comenzar la conversión? Hay que comenzarla aquí y ahora, no cuando termine el congreso, no cuando vuelvas a casa, sino ahora. Hay que poner en práctica lo que la Virgen nos pide, que es orar con el corazón. La esencia de la oración es la amistad con Dios. Encontrarse con Dios vivo, esa es la esencia. Orar no es hablarle a Dios, sino escucharlo. Dios es amor y nos ama, somos los hijos e hijas amados de Dios, dijo fray Danko e invitó a todos a abrir el corazón y el alma a Dios, invito a todos a la oración, en todo tiempo y en todo momento, para poder así seguir el camino de conversión que cada uno está recorriendo.

Luego prosiguió la mañana con la conferencia de fray Marinko Šakota: “El perdón, un arma poderosa”. Fray Marinko, al comienzo, les pidió a todos que hicieran la señal de la cruz, y vio que la hacían muy rápido, y les dijo: “¿Saben que signo es este? Nosotros lo hacemos como rutina, pero ¿cuánto contenido tiene este signo?, ¿cuánta profundidad? Es la señal de la cruz de Jesús. Es la señal de Dios, que es Uno, pero Trino. Es Trino porque es amor”. Y recordó a los presentes como hay que hacer despacio la señal de la cruz meditando en cada palabra que pronunciemos.

“Nuestro tema es el perdón como un arma poderosa. Pero ahí ya tenemos un problema, porque algunos dicen que perdonan solo los débiles, ellos perdonan, la gente fuerte no perdona. ¿Qué opinan ustedes? Que al contrario, y eso es lo que queremos ver ahora, es precisamente lo contrario. Las personas fuertes perdonan, las débiles no pueden perdonar. Porque eso exige la fuerza, la lucha. ¿Y por qué perdonar? ¿Alguna vez han sido heridos? ¿Se han cortado con un cuchillo? Muchas veces ¿no? ¿Y que hicieron entonces? Dejaron la sangre que corra, que corra sin importar, que siga corriendo, que duela, que bien que me duela. ¿Lo hicieron así? No. ¿Y cómo lo han hecho? Si es una herida un poco más grave corren al hospital, a los primeros auxilios. ¿Por qué? Porque quieren vendar la herida, quieren sanarla. Nosotros también podemos estar heridos no solo en el cuerpo, sino en el alma también. ¿Han tenido esa experiencia de la herida en el alma? ¿Los hirieron con la palabra, con el silencio? Eso también puede herir. Lo mismo vale para el alma como para el cuerpo. Es necesario también sanar el alma. Jesús también lo dice, por eso he venido, para sanar el alma y el cuerpo. Los sanos no necesitan al médico, por eso he venido y Jesús quiere sanar tu alma, esa es la voluntad de Dios, por eso nos invita al perdón”.

¿He sido herido? Sí, pero no quiero que el mal se aproveche de mí, que me atrape. No, me decido por la libertad, me decido por Jesús. Esa es la victoria y eso lo pueden solo los fuertes. Esa es la victoria sobre el mal. ¿Cómo es que Jesús ha vencido en la cruz siendo crucificado? ¿Cómo va a vencer? Sí, ha triunfado porque el mal ha sido vencido en el momento cuando el muere. ¿Por qué? ¿Qué es lo que el mal quiere? El mal quiere transmitirse a nosotros. Tú me has herido, tú has cometido el mal. Como en la medicina, la herida puede infectarse. Cuando nosotros estamos heridos en el alma, entonces el mal quiere infectar nuestra alma para atraparnos y vencernos, ganarnos y usarnos. En el momento en el que el mal piensa que ha vencido, ha sido vencido por Jesús. No lo ha logrado, no ha logrado trasmitirse a Jesús”.

Luego fray Marinko compartió una experiencia personal de cómo pudo perdonar a quien lo había herido, pidiéndole a Dios la gracia para hacerlo.

La siguiente catequesis fue la del P. Gustavo Jamut, que estuvo acompañado en la música por el P. Diego Gonzáles, y habló sobre: “Los dones del Espíritu Santo y los mensajes de la Reina de la Paz”. Comenzaron orando, como dijo el P. Gustavo: “Porque nuestra Madre nos invita a orar al Espíritu Santo para que nos dé, nos infunda el espíritu de oración. El Espíritu Santo viene a orar en nosotros. Hay que pedirle al Espíritu Santo que nos dé el entendimiento. Tal vez esto pueda ser una consigna. Espíritu Santo, hoy ha llegado este mensaje de la Madre, ayúdame a comprenderlo, que no quede solo en la cabeza. Nos decía Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires en los encuentros con los grupos de oración, que muchas veces nosotros, los católicos o los sacerdotes que estudiamos la teología, nos queda mucho en la cabeza, pero no permitimos que baje al corazón. El Espíritu Santo tiene que ser el puente entre las ideas abstractas, el corazón, y luego el puente con la vida. ¿Qué área de nuestra vida tiene que ser iluminada? Qué el congreso no termine el domingo, que se prolongue haciendo reflexión de todo lo que vamos recibiendo. Que todo lo que vamos recibiendo lo llevemos a nuestros países, a esas personas que hubieran querido estar, pero que por diversos motivos no han podido”.

El P. Gustavo fue compartiendo anécdotas personales y hablando de los mensajes y del Espíritu Santo desde su propia experiencia, y dijo: Cuantos cambios vamos a ver en nuestros grupos, en nuestras parroquias, con el poder del Espíritu Santo, como nos pide nuestra Madre en sus mensajes que imploremos. Como en sus mensajes sigue haciendo lo mismo que en el cenáculo en Jerusalén. Nos da miedo, nos da temor porque vemos nuestra pequeñez, nuestra fragilidad. Además, reconozcámoslo, Medjugorje es peligroso. Si, porque vos vas y le das la mano a la Virgen y la Virgen te toma el brazo, el codo y el cuerpo entero. Pero es lo mejor que te puede suceder”. La conferencia culminó con oración, invitando a todos a cerrar los ojos y pedir al Espíritu Santo que venga, viviendo un fuerte momento de presencia de Dios y recogimiento.

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