Estaría de Dios

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¡Qué gran suerte tenemos, Dios mío! ¡Qué gran regalo nos has hecho, Padre! ¡Y qué inmerecido! Por ti, por tu amor, sólo por tu amor a nosotros, tenemos esta Fe que nos sostiene, nos alimenta y nos engrandece.

Imaginaos por un momento que en esta situación que estamos viviendo nos faltara la fe. ¿Cómo llenaríamos nuestros días? Sí. Tenemos la familia, aquellos que tenemos la suerte de tenerla. Tenemos a los amigos, aquéllos que tenemos la suerte de tenerlos. Tenemos nuestro trabajo, aquellos que tenemos la suerte de tenerlo. Tenemos las llamadas redes sociales, también los que tenemos la suerte de manejarlas. Pero ¿y si no tuviéramos fe? ¿Y si no tuviéramos a Dios? ¿Y si no notáramos junto a nosotros la presencia de la Virgen María?

Este malnacido virus nos ha despojado de todo aquello que creíamos importante, de todo aquello que estábamos convencidos de que nos merecíamos por el solo hecho de existir. Pero nos ha regalado una cosa muy importante, el silencio. Y el tiempo. Tenemos tiempo para el silencio, cada día que pasa, confinados en nuestro domicilio, tenemos más tiempo. Tiempo para pensar en nuestro presente, en nuestro pasado, y en nuestro futuro. Y para plantearnos, quizás por vez primera, el sentido de nuestra vida. Y ahí está Dios, para hablarnos, para mimarnos, para explicarnos, para perdonarnos, para amarnos.

Estamos recuperando la virtud del agradecimiento, de la generosidad, de la cercanía, de la caridad. Y pensamos. Nos sorprende tanto que seamos capaces de pensar por nosotros mismos, sin que nadie nos diga qué es lo que tenemos que pensar y cómo debemos de hacerlo. Pensamos en los demás, en qué estará haciendo ahora fulanito o menganito, que son parte de nuestra familia y nunca nos preocupamos de ellos. Y caemos en la cuenta de que en España hay más de cuatro millones y medio de personas que viven solas, solas. Y ahora más solas que nunca. Personas que mueren solas (como todos los días).

Y, volviendo al principio, hemos de estar agradecidos por haber sentido, en algún momento de nuestra vida, la invitación de la Virgen María para visitarla en Medjugorje. Y por haber respondido a su llamada. No importa que creamos que lo hemos hecho en mayor o menor medida; lo importante es que hayamos sentido su maternal abrazo. A Medjugorje nadie peregrina por propia iniciativa, la iniciativa siempre es suya (suya de Ella). Y la Gospa siempre te lo agradece, más tarde o más temprano; y a cada uno de una forma diferente. Quizás la Virgen pensaba en ti ya para estos momentos. Si leemos el mensaje dado a Mirjana el pasado día 18 de marzo (mensaje para todos nosotros) vemos como nuestra Madre nos dice que a través de su Hijo Ella ve en el tiempo, ve cosas hermosas y cosas tristes, pero ve que aún hay amor y hay que hacer que éste se conozca.

No demos tener dudas, no debemos tener miedo, quien a Dios tiene nada le falta. Si tenemos a Dios lo demás tiene una importancia relativa, relativa en cuanto a que todo ha de servir para procurarnos la vida eterna.

Y nos sigue diciendo la Gospa que debemos orar y amar con sentimientos sinceros, con buenas obras, y ayudar a que el mundo cambie y su Corazón triunfe.

Está claro que la Reina de la Paz, cuando te invitó a ti, personalmente a ti, para ir a Medjugorje, al mirar a través de su Hijo, te veía también en estos momentos que estamos viviendo y te ha estado preparando para ello (y lo digo en tercera persona del singular, para enfatizar, pues debería hablar en primera persona del plural). ¡Cuántas veces nos ha dicho la Gospa que somos, que debemos ser, apóstoles de su amor! Pues más en estos momentos.

Hemos de aprovechar estos momentos para vivir por amor, con amor y en amor. Debemos ser más que nunca luz y sal en este mundo que, por estar alejado de Dios, siente cómo se rompen sus esquemas. Y siempre de la mano de María. Ahora que hemos sido incluso apartados de los Sacramentos (obediencia y humildad) sentimos más que nunca que Dios está a nuestro lado pues así nos lo prometió. Y además nos entregó a su Madre como Madre nuestra, para que ese sentimiento de cercanía a Dios lo sea más dulce, más amable, más entrañable.

Estaría de Dios que tengamos que vivir todo esto para que nos acerquemos más a Él y para que nos sintamos con más fuerzas miembros de su Iglesia; y, como no, parte integrante de su ejército de élite, de la Infantería de María.

No debemos tener miedo, Jesús nos protege. Él se basta para protegernos; pero es que, además, lleva en sus manos un escudo protector, su Madre, que por su propia voluntad, es la nuestra y nos la ha regalado y enviado. Lo demás …

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