San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) sacerdote, teólogo y escritor francés es, sin duda, quien más ha influido en el desarrollo de la doctrina y espiritualidad mariológica contemporánea, uno de los más grandes apóstoles marianos de todos los tiempos. Su obra literaria más conocida es el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen donde expresa la práctica de la Consagración Total a Jesucristo por medio de María, Su Santísima Madre. Después escribió como resumen y complemento El Secreto de María.

Este es el gran secreto para llegar a ser santo: practicar la devoción perfecta, esto es, la esclavitud mariana de amor. Esta consiste en consagrarse todo entero, como esclavo, a María y a Jesús por Ella; y además en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María (Secreto, 28). Se trata de un acto de total abandono en manos de María, Nuestra Madre: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna, lo entregamos, abandonados a Su amor y cuidado: “todo se resume en obrar siempre por María, con María, en María y para María, a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo” (Tratado, 257).

En realidad, es esta una verdadera espiritualidad que consiste en una entrega total a la Virgen, con la entrega de todo lo que somos y seremos, tenemos y tendremos, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo. Por esta Total Consagración, renovamos nuestras promesas bautismales, y nos decidimos a abandonar definitivamente el pecado y a vivir en santidad: nos entregamos totalmente a María para que Ella nos enseñe a cumplir en nuestras vidas la palabra de Su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, y a vivir -como Ella- en el Reino de la Divina Voluntad.

¿Cómo hacerse esclavo de Nuestra Señora? ¿Cómo consagrarse totalmente a Ella? Nos hacemos esclavos de amor por medio de la propia Consagración Total a Jesús por María. Eso quiere decir, como hemos explicado antes: darse del todo, realmente, como propiedad a la Santísima Virgen; darse enteramente con todo lo que se es y con todo lo que se posee; darse para siempre, en el tiempo y para la eternidad; darse, no con miras a la recompensa, sino por amor puro y desinteresado; darse a Jesús y a María, a Jesús por María.

Para realizar este acto de Consagración Total hay que escoger un día señalado (normalmente una solemnidad o fiesta de la Virgen); y esto ha de ser voluntariamente y por amor, sin encogimiento, por entero y sin reserva alguna; cuerpo y alma, bienes exteriores y fortuna; bienes interiores del alma, a saber: sus méritos, gracias, virtudes y bienaventuranza. El tiempo empleado en dicha preparación puede variar según las necesidades personales y las circunstancias, aunque suele consistir en un mes entero: unos días preliminares para que el alma trate de vaciarse del espíritu del mundo, que es todo lo opuesto al espíritu de Jesucristo. A éstos, siguen tres semanas de oración y meditación, durante las cuales el alma ha de buscar un mejor conocimiento de sí misma (primera semana) de María (segunda semana) y de Jesucristo (tercera semana).

De esta suerte, mientras que en otras consagraciones marianas solamente nos ponemos bajo la protección de María, por esta Consagración Total uno se entrega por entero a Jesús por María (alma, cuerpo, bienes materiales y bienes espirituales) con todo lo que es y será. Su resumen se encierra en el lema episcopal de san Juan Pablo II, “Totus tuus”: “Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo, ¡oh mi amable Jesús!, por María, tu Madre Santísima” (Tratado, 233).

Como signo y señal exterior de esta Consagración Total o Esclavitud de amor se suele llevar (si bien puede omitirse) una “cadenilla bendita al cuello, al brazo o al pie o a través del cuerpo” (Secreto, 64). Esta cadenilla o esclava (que se lleva normalmente en la muñeca) nos recuerda nuestra dependencia de Jesús y de María en calidad de esclavos. Exclama el santo de Montfort: “¡Oh cadenas más preciosas y más gloriosas que los collares de oro y piedras preciosas de todos los emperadores porque nos atan a Jesucristo y a su Santísima Madre y son su marca y librea!” (Secreto, 64). Podemos considerar, pues, esta esclava como un verdadero y propio sacramental mariano como el Rosario o el Escapulario del Carmen.

El Tratado de la Verdadera devoción a la Santísima Virgen considera que estos hijos consagrados a María mediante la Santa Esclavitud de amor son los “apóstoles de los últimos tiempos”. La Santísima Virgen quiere servirse de ellos para instaurar el Reino de Cristo en la Tierra: “llevarán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo” (Tratado, 59).

Tres años después de la publicación del Tratado, tuvo lugar la Aparición de la Santísima Virgen en La Salette que da inicio a la Era de María. En La Salette, Nuestra Señora dijo: «Yo dirijo un apremiante llamamiento a la tierra. Llamo a los verdaderos discípulos del Dios vivo que reina en los cielos […] Llamo a mis hijos, a mis verdaderos devotos, a los que ya se me han consagrado […] llamo a los apóstoles de los Últimos Tiempos, a los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el menosprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Ya es hora de que salgan y vengan a iluminar la tierra. Id y mostraos como hijos queridos míos. Yo estoy con vosotros y en vosotros, siempre que vuestra fe sea la luz que os alumbre. Y en estos días de infortunio, que vuestro celo os haga hambrientos de la gloria de Dios y de la honra de Jesucristo. Pelead, hijos de la luz. Vosotros, pequeño número, los pocos que veis, pues he aquí el tiempo de los tiempos el fin de los fines. La Iglesia será oscurecida; el mundo quedará consternado, pero he aquí a Enoc y Elías llenos del Espíritu de Dios, predicarán con la fuerza de Dios. Y los hombres de buena voluntad creerán en Dios y muchas almas serán consoladas. Harán grandes prodigios por la virtud del Espíritu Santo y condenarán los errores diabólicos del Anticristo».

Desde entonces, en todas las apariciones marianas posteriores (Lourdes, Fátima, Garabandal, Akita, Kibeho, Medjugorje) Ella prepara a Sus apóstoles de los últimos tiempos que es Su ejército mariano para la batalla final en la que, finalmente, Su Corazón Inmaculado triunfará.

Sea como fuere, si vivimos este admirable secreto y llevamos siempre con nosotros, su señal externa, la esclava, alcanzaremos una creciente unión íntima con María, y Ella ejercerá en nosotros Su voluntad: su misión de Madre espiritual, de Mediadora de todas las Gracias, Corredentora de la humanidad y Abogada nuestra.

La Gospa, en Medjugorje, ha manifestado repetidamente su deseo de que nos consagremos totalmente a Su Inmaculado Corazón; de que nos abandonemos a Ella, a Su amor y solicitud materna: “Hijos míos: consagraos totalmente a mí. Yo tomaré vuestras vidas en mis manos y os enseñaré la paz y el amor, y entonces las entregaré a mi Hijo” (18.03.2012). También habla con mucha frecuencia de Sus apóstoles y los llama “mis apóstoles de paz y de amor”: “¡Queridos hijos! Hoy les agradezco por cada sacrificio que han ofrecido por mis intenciones. Hijitos, los invito a ser mis apóstoles de paz y de amor en vuestras familias y en el mundo. Oren para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe por el camino de la santidad” (25-06-2005). “Mis queridos apóstoles, hijos míos, vivan las palabras de mi Hijo. Ámense como Él los ha amado” (2-01-2016).

Nuestros corazones deben abrirse, sin miedo, con plena confianza al amor de Jesús y de María, unirse a Ellos en alianza y esclavitud de amor, renovando cada día nuestra consagración: “Invito a todos los que me habéis dicho “sí”, a renovar la consagración a mi Hijo Jesús, a Su Corazón y a mí, de modo que podamos usaros más eficazmente como instrumentos de paz en este mundo sin paz” (25.04.1992).

Este es el extraordinario secreto para llegar a ser santo en esta tierra y alcanzar directamente el cielo (sin necesidad de purgatorio). Y este sacramental en forma de cadena, la esclava, el signo visible de nuestra total consagración y entrega a María, testimonio elocuente de nuestro amor filial y manifiesta imagen de la piedad perfecta: la esclavitud de amor.

Francisco José Cortes Blasco.

 

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