Hasta ahora, han sido definidos cuatro Dogmas marianos: 1) la maternidad divina: María es verdadera Madre de Dios (por el Papa San Clementino I en el Concilio de Efeso el 22 de junio de 431); 2) la virginidad perpetua: María fue Virgen antes, durante y perpetuamente después del parto (por el Papa san Martín I en el Concilio de Letrán, en el año 649); 3) la Inmaculada Concepción: la Virgen María fue concebida sin mancha de pecado original (por el beato Pío IX en la Bula “Inefabilis Deus”, el 8 de Diciembre de 1854); 4) la Asunción: María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial (por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución “Munificentisimus Deus”).

En los últimos años, se han enviado a la Santa Sede más de 7 millones de firmas procedentes de 150 países, encabezadas por la de santa Teresa de Calcuta, respaldadas por 550 obispos y más de 40 cardenales (mediante cartas personales dirigidas a Su Santidad), pidiendo la proclamación de un quinto Dogma: María Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada del pueblo de Dios. Es la campaña más grande de peticiones en la historia de la Iglesia que tiene su aval en el mismo cielo, pues es la propia Virgen María quien como “Señora de todos los pueblos”, lo pidió explícitamente en sus Apariciones de Amsterdam (Holanda) aprobadas por la Iglesia como de “origen sobrenatural” en 2002.

El 25 de marzo de 1945, la Santísima Virgen se apareció a una sencilla mujer, Ida Peerdeman, que vivía en Amsterdam. Esa fue la primera de 56 apariciones entre los años 1945 y 1959. Durante la última, el 31 de mayo de 1959, afirmó: «mi profecía “todos los Pueblos me llamarán bienaventurada”, será completamente cumplida cuando el Dogma sea proclamado (…). Cuando el Dogma, el último Dogma de la historia mariana, haya sido promulgado, entonces la Señora de todos los Pueblos dará la Paz al mundo, la verdadera Paz (…). Pero antes que ocurra eso, es necesario que los pueblos, en unión con la Iglesia, reciten mi Oración». En efecto, junto al anuncio del quinto Dogma mariano a proclamar por la Iglesia de María Corredentora, Medianera y Abogada, la Virgen dió a conocer y pidió propagar al mundo entero una oración y una imagen Suya, ambas asociadas a la advocación de Nuestra Señora de Todos los Pueblos: “Todos los que acepten esta oración se comprometerán a rezarla todos los días. Tú no puedes calcular lo que eso vale. Tú no sabes lo que el futuro traerá”. (15.04.1951). De este modo, tanto la imagen como la oración han de preceder al Dogma que será proclamado (según afirmó la Virgen) un 31 de mayo. María hace una promesa magnífica: “Comiencen esta obra de redención y de paz con ardor y celo y verán el milagro” (01.04.1951).

El cuadro original de la imagen de la Señora de Todos los Pueblos que representa el triple dogma fue pintado en 1951 por el artista alemán Heinrich Repke, según las indicaciones de la vidente: la Madre de Dios, en su papel de Corredentora, está de pie sobre el globo terrestre, delante de la Cruz luminosa de la Redención de su Hijo. Con una túnica nívea y circundada de luz divina, lleva un paño a la cintura que es como el lienzo que cubrió la cintura de Su Hijo en la Cruz. Alrededor de Ella está reunido el rebaño de Cristo, iluminado por tres rayos: la Gracia, la Redención y la Paz. Rayos que brotan de las llagas luminosas de las manos de la Medianera de todas las gracias, interviniendo en nuestra defensa e intercediendo como Abogada.

Y, junto a la imagen, la oración por la paz: “Que los hombres digan cada día esta sencilla oración. Es tan sencilla y breve, que todos pueden recitarla en este mundo presuroso y moderno. Ha sido dada para pedir que el verdadero Espíritu venga al mundo” (20.09.1951). La oración que Nuestra Madre nos enseñó, deseando se ore en muchas lenguas, en todos los pueblos, reza así:

Señor Jesucristo, Hijo del Padre, derrama ahora tu Espíritu sobre la Tierra; haz que el Espíritu Santo habite en los corazones de todos los pueblos, para que sean preservados de la corrupción, de las calamidades y de la guerra. Que la Señora de todos los Pueblos, la Santísima Virgen María, sea nuestra Abogada. Amén”.

Si sus peticiones son cumplidas, Nuestra Señora promete un nuevo Pentecostés, una nueva efusión del Espíritu Santo, que renovará toda la Iglesia.

Además, como en la mayoría de las apariciones, también aquí, en Amsterdam, nuestra Madre nos pide el rezo del rosario, hacer penitencia, poner la cruz al centro de nuestras vidas y ofrecer sacrificios. Sus mensajes han sido considerados continuación de los de Fátima, donde prometió: «al final mi Corazón Inmaculado triunfará… y un período de paz será concedido al mundo».

Asimismo, bajo esta advocación de Nuestra Señora de Todos los Pueblos, la Virgen se apareció a la novicia Sor Agnes Sasagawa, de la comunidad Siervas de la Eucaristía, mientras oraba en su Convento cerca de Akita (Japón). Las Apariciones de Akita comenzaron el 12 de junio de 1973.

Los misteriosos eventos en Akita se centran, principalmente, en la talla milagrosa de Nuestra Señora de Todos los pueblos, réplica de la imagen de Amsterdam, que se encuentra en la capilla del Convento. Bañada en una luz brillante, la estatua se volvió viva y le habló a sor Agnes con una voz maravillosa: durante este año le dio tres mensajes para la humanidad.

Estos hechos han sido aprobados por la Iglesia en 1984 como de origen sobrenatural. En junio de 1988, el Cardinal Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, impartió el juicio definitivo sobre los eventos y mensajes de Akita, juzgándolos confiables y dignos de fe y observó que sus mensajes son continuación de los de Fátima. En efecto: en Akita se repite la esencia del mensaje de Fátima sobre la necesidad del mundo de arrepentirse, hacer oración de reparación, y la inminencia de un castigo de Dios a esta humanidad alejada. De esta suerte, Nuestra Señora de Akita es considerada la “Fátima de Oriente”.

La estatua milagrosa de Santa María de Akita también derramó sangre, sudor y lágrimas: todos los viernes del mes de julio de 1973 sangra por la herida en forma de cruz de la mano derecha y suda abundantemente, emanando un perfume celestial, que inunda la capilla del Convento.

El 4 de enero de 1975, la estatua de la Virgen comenzó a llorar y continuó llorando en diferentes ocasiones por 6 años y 8 meses. La última vez fue el 15 de septiembre de 1981, fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Fueron un total de 101 lacrimaciones. Este numero “ciento uno” tiene un hondo significado.

El 28 de septiembre de 1981, sor Agnes sintió la presencia de su ángel custodio que le reveló que hay una intrínseca relación entre el pasaje de Génesis 3,15 y las lágrimas de la Santísima Virgen María. El ángel dijo también: “Hay un profundo significado en el número 101 con los 101 episodios de las santas lacrimaciones de la estatua de la Santísima Virgen María. Esto significa que el pecado entró al mundo a través de una mujer y que es también a través de una mujer que la gracia de la salvación entró al mundo. El cero, que está entre los dos ‘unos’, significa Dios que existe desde toda la eternidad hasta la eternidad. El primer ‘uno’ representa a Eva, y el último ‘uno’ representa a la Santísima Virgen María”. Dios quiso que el ángel revelara el contraste entre la antigua Eva, quién tentó a Adán para que pecara, y la nueva Eva, nuestra Santísima Madre María, quién dio a luz al Salvador. Las lacrimaciones de la estatua fueron creadas por Dios para enseñarle a toda la Iglesia la Compasión de María en la Pasión de Jesús, nuestro Redentor: que la Santísima Virgen María sufrió con Su Hijo y lloró en su noble acto de Corredención, cuando dio Su pleno consentimiento a la inmolación del Hijo en la Cruz. De esta suerte, las lágrimas milagrosas fueron una Divina profecía mística del quinto Dogma mariano.

Tenemos, pues, tres importantes mariofanías, aprobadas por la Iglesia, intrínsecamente unidas: la primera y fundamental es Fátima, extensamente conocida y difundida. La segunda, mucho menos conocida y poco difundida, pero central por su contenido, es Nuestra Señora de Todos los Pueblos, en Amsterdam, con la petición de la aprobación por parte de la Iglesia, de un nuevo y necesario Dogma mariano: María como Corredentora, Abogada y Mediadora. Finalmente, las apariciones de Akita parecen tender un puente entre ellas, marcando la insistencia celestial a la Iglesia, sobre la aprobación del quinto dogma de Fe Mariano.

Muchos creemos que este futuro Dogma de María Corredentora, Medianera y Abogada iniciará el Triunfo de nuestra Santísima Madre sobre satanás, como está profetizado en el Génesis, en Fátima, en Amsterdam y en Medjugorje. Será la llave que abrirá las gracias del Triunfo de Su Corazón Inmaculado. La solemne proclamación de estos tres títulos de nuestra Madre, conducirán a la liberación total de Sus más poderosas funciones santificantes de gracia y paz, sobre las muchas crisis experimentadas en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Le permitirá interceder con la máxima mediación posible dada a Ella por Dios para este Triunfo, en favor de la Iglesia y de la entera humanidad.

En la historia de la Iglesia, estos tres títulos han ido siempre de la mano, pues son complementarios y remiten a dimensiones de una misma realidad. Ahora bien, los tres títulos están subordinados a otro título principal de María, del que son expresión: María, Madre espiritual de la humanidad en el orden de la gracia. Afirma el Concilio: “La Bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia” (Lumen Gentium, 61).

Es, precisamente, desde su misión maternal, recibida al pie de la Cruz (cf. Jn 19,25), como se entiende su función en la redención, en la mediación y en la intercesión. Es decir, los títulos de Corredentora, Mediadora y Abogada son fruto de Su Maternidad espiritual, que ejerce sobre toda la humanidad, especialmente sobre los creyentes. Ahora bien, el de Corredentora sustenta teológicamente a los otros. Por eso, emplear el término de “Corredentora” implica el de “Mediadora” y el de “Abogada”.

Corredentora significa que, secundaria y subordinadamente junto al Hijo y por el Hijo, la Santísima Virgen participa en la obra salvífica de un modo supremo y único. Jesús obró la redención y María cooperó con Él (es decir obró junto y con Cristo) en grado único y eximio, ofreciendo al Hijo y ofreciéndose a Sí misma en el mismo sacrificio de la Cruz. En un próximo artículo trataremos de entender qué significa y qué supone reconocer y afirmar esta verdad (la “corredención” de María) que el cielo desea sea proclamada dogmáticamente cuanto antes. Porque en la Cruz fueron traspasados ambos Corazones: el del Redentor y el de Su Madre, la Corredentora.

Sinteticemos: las gracias de la redención que vienen del sacrificio del Señor en la Cruz pasan a través del Corazón doloroso y traspasado de la Madre y de Sus manos las distribuye a todos los hombres, Sus hijos. De esta suerte, Ella es la Madre que con dolor nos gesta en la Cruz, la Madre que intercede abogando por nosotros. Es por eso y para eso que padeció junto a Su Hijo en la Cruz: para ser nuestra Corredentora, Medianera o Mediadora (alcanzarnos y darnos las gracias de la redención por medio de su intercesión maternal) y Abogada (que interviene en nuestra defensa e intercede por nosotros).

La Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Todos los pueblos, espera de nosotros que “respondamos a su llamada” y recemos todos los días la oración que nos enseñó, para que la Iglesia proclame pronto este quinto y definitivo dogma mariano que inaugure el tiempo de paz prometido con la nueva efusión del Espíritu y el triunfo de su Inmaculado Corazón.

¡Corazones triunfantes de Jesús y de María, reinad en nuestra vida y en nuestro corazón!

 

                        Francisco José Cortes Blasco

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