El peor enemigo

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Tenemos enemigos fuertes que nos combaten en nuestro caminar y en nuestros apostolados. Muchos son también los obstáculos que se nos ponen a la hora de compartir nuestro testimonio de las gracias recibidas en Medjugorje. Y aunque estas barreras no hacen otra cosa que confirmarnos en los caminos del Señor, es muy importante reconocer al enemigo más peligroso y más difícil de enfrentar o vencer.

Y este feroz enemigo no es la incredulidad ante las apariciones, la desacreditación de los mensajes,  los cuestionamientos del clero, la multitud de fraudes dispersos por el mundo, el ataque del islam o el comunismo y la indiferencia del mundo a la voluntad de Dios.

En realidad, el más despiadado enemigo no actúa principalmente desde fuera sino que ataca dentro de nosotros mismos.

«Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal…»   (Efesios 6, 12)

Es la soberbia, nuestro peor enemigo, que hace al alma sucumbir ante la tentación de brillar o resplandecer. Con el fin de sobresalir,  nos seduce con los primeros puestos, el afán de  mando, el protagonismo, llegar primero, conocer las novedades, las eficacias y exclusividades. Ser preferidos, reconocidos y buscar las alabanzas. Y que nadie intente  hacernos sombra. De ahí que Santo Tomás afirme que la soberbia, más que pecado capital es raíz y madre de todos los pecados, incluso de los capitales. La soberbia fue el pecado de los ángeles y el de Adán y Eva. El pecado de los fariseos que rechazaron a Cristo y que fueron descritos por el Señor en la parábola  de los dos hombres que subieron al Templo a orar, el fariseo y el publicano, como nos refiere San Lucas (Lc 1,8).

El fariseo en su oración no pone a Dios como autor de sus bienes: «Yo no soy como los demás”… Desde esa miseria surge el  Lucifer que profirió el non serviam… Se vanagloria, lo lleva a mirarse como  acreedor de Dios, que obra por su cuenta y puede exigirle el premio a sus méritos. Puede incluso que la soberbia nos haga  prescindir de las alabanzas, los reconocimientos y las ganancias, prefiriendo el anonimato, pero con el fin de sentirnos mejores, superiores o importantes respecto al resto.

De la soberbia nacen también la envidia, los rencores y la venganza, el desprecio, la jactancia y la vanagloria. Cada éxito de los demás es un suplicio para los soberbios.  La soberbia hace al alma juguete del demonio. La pequeña tendencia orgullosa de hoy, se convertirá mañana en resentimiento; y más tarde en pérdida de la Fe.

Dice la Reina de la Paz:

“…Estáis renunciando a Él, y Él es la fuente de todas las gracias. Me escucháis mientras hablo, pero vuestros corazones están cerrados y no me prestáis atención. No estáis orando al Espíritu Santo para que os ilumine. Hijos míos, la soberbia se está imponiendo. Yo os muestro la humildad. Hijos míos, recordad: sólo un alma humilde resplandece de pureza y belleza, porque ha conocido el amor de Dios. Sólo un alma humilde se convierte en un paraíso porque en ella está Mi Hijo. ¡Os agradezco! De nuevo os pido: orad por aquellos que Mi Hijo ha escogido, es decir, sus pastores.” (Mensaje 2 de Febrero, 2012)

Reprenden a la soberbia las palabras del Apóstol San Pablo (I Corintios IV, 7): “¿Qué tienes que no hayas recibido?” Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si nada recibieras? Las buenas obras que sin obligación y para más perfección haces  trabaja por esconderlas de tal manera que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha (Mateos VI, 3).

Cuando veamos que nuestro corazón se comienza a “levantar” tenemos que traer a nuestra memoria nuestros pecados, tibiezas y negligencias.

Una pequeña doncella de Nazaret aplastó la cabeza del enemigo, sin cobertura ni resonancia popular, sin reconocimiento público e incluso sin la estima y admiración de los círculos creyentes contemporáneos. Sólo su familia, San José, los pastores, algunos justos como el anciano Simeón y  los ángeles, fueron testigos del poder de la humildad de la Esclava del Señor, que con la misma humildad camina entre las montañas y piedras de Medjugorje, para ayudarnos a vencer nuestros crueles enemigos internos:

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a vivir con humildad todos los mensajes que Yo les estoy dando. Queridos hijos, no se ensorberbezcan por el hecho de vivir los mensajes. No anden por ahí diciendo: ‘Nosotros los vivimos!’ Si llevan los mensajes en el corazón y los viven, todos se darán cuenta y no habrá necesidad de palabras las cuales sirven sólo a aquellos que no escuchan. Ustedes no tienen necesidad de decirlo con palabras. Ustedes, queridos hijos, sólo tienen que vivir y dar testimonio con su vida. Gracias por haber respondido a mi llamado!  (Mensaje 20 de Septiembre, 1985)

“María, Tú consentiste de inmediato en ser la esclava del Señor, habiéndote sentido turbada en un principio, pero impulsada después a aceptar la invitación celestial. María, Tú eres la virgen de la que habla el profeta Isaías. Conocías tan bien a Dios, caminabas desde siempre ante Su presencia. Le entregaste Tu vida, porque estabas en espera del Mesías prometido. No podías creer que fueras Tú la virgen sobre la cual descendería el Espíritu Santo para engendrar en su seno al Emmanuel, a «Dios con Nosotros» y esto fue la causa de tu turbación primera.

Al mismo tiempo, Tu temor no fue el de los hombres egoístas y orgullosos, sino aquel de los pobres de Dios, que humildemente desean hacer siempre la voluntad del Señor, sin alardes ni presunción alguna.

María, no es de sorprenderse que Te sintieras regocijada también, en Tu seno había fecundado la aurora que pondría fin a las tinieblas de la condenación, dando principio al tan esperado Día de la Salvación.

Pudiera ser que fueran otros tus planes, cuando Dios irrumpió en tu vida con Su plan maravilloso. Y, sin embargo, Tú, la más humilde de Sus esclavas, le abriste de inmediato la puerta de Tu corazón. Tu ejemplo, María, me impulsa a volverme yo también a Dios y decirle: «Oh, Señor, ¡Ven a mí, mi alma te espera generosa y mi corazón está dispuesto a darte la bienvenida! Entra en mi vida y seré siempre tu esclavo. Yo sé que no soy digno de que mores en mí, pero estoy cierto también de que Tú amas a los pecadores y siempre andas en busca de ellos. Por eso, Señor, entra en mi oscuridad, en mis problemas, en mis penas. Entra en aquellas áreas donde mi pecado Te ha expulsado. Entra asimismo en todas partes de mi vida, donde he preferido hacer lo que he querido, en lugar de Tu Divina voluntad. Entra ya, hazlo ahora mientras oro y medito ante la Cruz de Tu Hijo Jesús y ante la imagen de Su Madre, que lo concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.” (Del libro «Ora con el Corazón» del Padre Slavko Barbaric).

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