Os invito a imitar la vida de los santos. Que ellos sean ejemplo y estímulo para la vida de santidad. (25/07/07)
Mirad a san Charbel pasar delante vuestro, imaginadlo yendo por el monte de Annaya, contemplad su figura con el hábito negro y la capucha puesta de la orden Libanesa Maronita. Mirad como camina, su paso recogido, el movimiento pausado de su cuerpo, su compostura pía. Mirad su delgadez, ¿no os habla del ayuno?, ¿no os habla del trabajo diario en que se mortifica?, ¿no os habla del domino que tiene sobre los bajos instintos de la carne?.
Lleva los ojos bajos para evitar el vuelo caprichoso de la mirada impura, y los labios sellados con el sello del silencio para asfixiar la vanidad de la palabra ociosa. Sus oídos se resguardan bajo su capucha negra como quien pone un muro contra la indecencia de las malas conversaciones y la distracción del entorno. Ha reducido el cuerpo a servidumbre y ha cerrado las puertas de la casa; anda rezando, él mismo es oración.
Mirad ahora la larga barba que acostumbra la orden a la que pertenece, tan larga que acaricia el corazón y lo conecta con los labios, tan canosa que infunde reverencia a quien se acerca. Todo su porte pasa transido de una devota elevación del alma: ¡el hábito, la barba, su anciana delgadez…! ¿no veis en todo ello una consagración, un templo que camina, un monte puesto en pie que clama al cielo? Es la piedad andante, es la piedad que habla a quienes le contemplan a pesar de las distancias que imponen las épocas, los siglos y los océanos.
Mirad como respira, la devoción que pone en esta inadvertida forma de llenar y vaciar los pulmones, como si al aspirar, su espíritu estuviera susurrando la primera sílaba de Dios: “Yah” y al expirar la segunda: “Vé”, y como si de esta forma invocara a Yahvé a cada paso, en cada respiración (YH-WH), sin siquiera advertirlo. No puede ya actuar desconociendo la presencia de Dios, ni puede ya dejar de darlo a conocer en el silencio de nuestras contemplaciones.
Levemente inclinado su cuerpo ahora nos habla de una virtud gigante: la humildad. No hay signo de altivez en su expresión. Sus zapatos, discretos, son los mismos de siempre, quizá rotos por debajo de la suela o por la punta, con ellos se ejercita en la paciencia de subir y bajar el monte cada día.
No se queja de nada. Ni las piedras del camino ni el cansancio perturban su sosiego, como tampoco el hambre que le tienta, ni el frío del invierno, ni el calor que padece bajo la túnica en verano, ni las constantes molestias que el demonio le procura. Con entregado espíritu de penitencia, todo lo carga edificado en el amor; todo lo ofrece a Dios piadosamente. Todo lo puede en Aquél que le conforta.
Aguanta con paciencia la soledad del lento transcurrir de cada día, el curso de los años, la inmensidad que impone cada década porque no habita soledades solitarias, inhóspitos desiertos interiores, sino espacios consolados por Cristo. Y cada vez que la debilidad humana hecha por tierra todas sus expectativas de perfección cristiana, es Cristo el que se acerca nuevamente y le tiende una mano, y le levanta al punto y le susurra al corazón: “¡Ánimo, soy Yo, estoy contigo, levántate!”
Todo sucede en el monte Annaya, ese monte del Líbano que la mayoría de nosotros no conoce, y no podemos describir con las palabras; pero que ahora, lejos de significar una región del mapa, da nombre a ese espacio interior de nuestra mente que acoge a san Charbel, y lo ve caminando hacia su ermita. Allí quedan ahora, en este nuevo Annaya, nuestras contemplaciones, las huellas silenciosas de su paso, los ecos recogidos de su expresión facial, el paso arrollador de quien oculto para el mundo en una ermita, vivió toda su vida, intensamente, bajo la amorosa mirada de Dios.
