En este tiempo santo de Cuaresma, el mensaje de la Virgen María resuena con una claridad providencial: “ofrecer la vida a Dios para que Él nos guíe hacia la resurrección por medio de la conversión personal”. Es exactamente el itinerario cuaresmal. La Iglesia nos invita a volver al Señor “de todo corazón” (cf. Jl 2,12), no como un gesto externo, sino como un despertar interior.

María nos dice que Dios está cerca y escucha nuestras oraciones. Es la certeza que también proclama el salmista: “El Señor está cerca de los que lo invocan sinceramente” (cf. Sal 145,18). Sin embargo, advierte que podemos estar adormecidos. San Pablo lo expresa con fuerza: “Ya es hora de despertarse del sueño” (Rom 13,11). La Cuaresma es precisamente ese llamado urgente a abrir los ojos del alma.

La imagen de “brillar en santidad como flor de primavera” evoca la vida nueva que Dios promete: “Miren que realizo algo nuevo” (Is 43,19). La conversión no es tristeza, es primavera espiritual.

En este tiempo de gracia, dejémonos despertar. Que nuestra oración, ayuno y caridad nos conduzcan verdaderamente hacia la luz de la Resurrección.

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