El discernimiento en la Virgen María – Primera parte

Discernir las motivaciones y los pensamientos

En cada ocasión en que predico los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, no dejo de hablar del discernimiento, pues pienso que en el tesoro de la espiritualidad Católica en general -y el de la espiritualidad Ignaciana en particular-, la joya más preciosa es el aprendizaje del discernimiento como capacidad para distinguir no sólo entre el bien y el mal, sino entre lo bueno y lo excelente, lo cual se refiere siempre a la voluntad de Dios.

La importancia de que, desarrollemos el discernimiento es un tema transversal en las Sagradas  Escrituras, en el Magisterio y la Tradición de la Iglesia, y además de probada trascendencia en la vida espiritual de los creyentes y en los frutos que se deriva de ello.

La Reina de la Paz en sus mensajes, frecuentemente nos habla de buscar la voluntad de Dios, lo cual es la fuente que debe alimentar todo discernimiento y sustento de la verdadera alegría: “¡Hijitos, deseo ver su “sí” y que su vida sea el vivir con alegría la voluntad de Dios en cada momento de su vida.” (Mensaje, 25 de marzo de 2011)

La Virgen María sabía que lo mejor para ella, para los demás, y para el Reino de Dios, era cumplir en todo momento, la voluntad del Padre con alegría; por eso en algunos trazos de los evangelios, podemos vislumbrar en ella a una mujer de discernimiento profundo. Y esto se percibe particularmente, en sus palabras, en sus silencios, y en su modo de obrar.

La Madre de Dios, es para nosotros un modelo que nos ayuda a dejarnos guiar dócilmente por Dios.  A ella fácilmente podrían referirse las palabras de Jesús, cuando dice: “Mis ovejas conocen mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen” (Jn. 10,27).

San Ignacio también enseña que, el discernimiento interior consiste en reconocer los espíritus y sus mociones o movimientos interiores. Por eso en sus reglas de discernimiento subraya que en nosotros hay “voces” (pensamientos o mociones) que pueden reducirse a tres fuentes:

  1. La diabólica (tentaciones sutiles),
  2. La natural (el propio gusto o voluntad propia)
  3. Y la divina (las inspiraciones de Dios).

Posiblemente este es el motivo por el cual en el Evangelio de Lucas 1:26-56 -en la Anunciación y en la Visitación-, Dios nos presenta en María un modelo de discernimiento para:

1°. Distinguir el origen de los pensamientos y deseos.

2°. Conocer la voluntad de Dios.

3°. Concretar y llevar adelante el proyecto del Señor.

 

La prudencia en el discernimiento

Recordemos y analicemos algunos de los versículos que aparecen en el Evangelio de Lucas:

“El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.” (Versículos 28 y 29).

María discurría y examinaba que podría ser aquel saludo, y si la presencia fulgurante y misteriosa que se le presentó era un ángel de Dios o si por el contrario era un ángel de Lucifer, que escondido bajo forma de ángel de luz, se presentaba para confundirla y conducirla por caminos errados. Éstas formas sutiles de tentaciones a las que son sometidas las personas buenas es a lo que se refiere el apóstol Pablo cuando dice: “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz.” (2 Cor. 11:14).

El hombre o la mujer que busca desarrollar el discernimiento y hacer la voluntad de Dios, es también una persona prudente.

La prudencia se tendrá al juzgar la conveniencia o no de la propuesta, así como también al juzgar el origen de esa moción.

Pero tengamos en cuenta que la prudencia no significa pasividad y temor, sino por el contrario, es la concentración inteligente de la fuerza, para ponerla en acción en el momento oportuno y de la manera adecuada.

El cardenal Leo J. Suenens al referirse a este tema, sostenían lo siguiente: “El carisma del juicio se basa en la prudencia, y ésta aspira a ir hasta el fondo de las cosas, sopesando bien el valor de los signos y de los testigos. La prudencia humana fácilmente juega a “lo más seguro”, y debe ceder el paso a la prudencia sobrenatural, la que no teme reconocer una acción de Dios en y para su Iglesia”.[1]

Otro punto que me parece importante mencionar, es el poder que tiene la palabra pronunciada con autoridad espiritual, para que se realice en el corazón del oyente, lo que la palabra proclama; por lo cual leemos que “el Angel le dijo: «No temas, María» (Versículo 30).

María, al liberarse de los temores y de los miedos naturales de todo ser humano, está más dispuesta para percibir la voz del Espíritu de Dios, no sólo a través del ángel, si no en la voz de Dios, que habla a la conciencia de toda criatura humana que está atenta para escuchar.

Muchas veces nuestros miedos, son tentaciones muy sutiles con los que Satanás toca las heridas de nuestra historia y alimenta la desconfianza en la providencia y el poder de Dios.

Por eso, necesitamos como María, sacudirnos el miedo, preguntarle a Dios cuál es su voluntad para nuestra vida, y disponernos a cumplirla con serenidad y confianza.

“¡Queridos hijos!… Busquen la voluntad de Dios y hagan el bien a aquellos que Dios les ha puesto en su camino; y sean luz y alegría.”

Mensaje, 25 de abril de 2008

 

Continuará…

 

Para jóvenes de 17 a 30 años, que necesitan ayuda de discernimiento vocacional y proyecto de vida:

Puedes comunicarte con el Diácono Diego González Rivera:

diegoarmandopaz@hotmail.com

 

 

[1] Mikea Bonanza. Escuela de profetas, pag. 51.

Compartir:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someonePrint this page