Difundir el Amor

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Mensaje del 2 de mayo de 2018

Queridos hijos, mi Hijo, que es la luz del amor, todo lo que ha hecho y hace, lo hace por amor. Así también ustedes, hijos míos, cuando viven en el amor y aman a su prójimo, hacen la voluntad de mi Hijo. Apóstoles de mi amor, háganse pequeños. Abran sus corazones puros a mi Hijo para que Él pueda actuar por medio de ustedes. Con la ayuda de la fe, llénense de amor, pero, hijos míos, no olviden que la Eucaristía es el corazón de la fe: es mi Hijo que los nutre con su Cuerpo y los fortalece con su Sangre. Este es el milagro del amor: mi Hijo, quien siempre y nuevamente viene vivo para dar vida a las almas. Hijos míos, al vivir en el amor hacen la voluntad de mi Hijo y Él vive en ustedes. Hijos míos, mi deseo materno es que lo amen cada vez más, porque Él los llama con su amor, les da amor para que lo difundan a todos alrededor de ustedes. Como Madre, por medio de Su amor, estoy con ustedes para decirles palabras de amor y de esperanza, para decirles palabras eternas y victoriosas sobre el tiempo y sobre la muerte, para invitarlos a ser mis apóstoles del amor. ¡Les doy las gracias!

 

Los efectos siguen una causa y las obras o acciones deben responder a una intención, un fin o una convicción interior. Aunque muchas veces la inercia es expresión de una falta de entusiasmo o motivación, sin embargo responde a un principio, un ideal o un compromiso asumido.

La eficacia de las acciones no está tan determinada por el tamaño o numero, sino que más bien su proyección responde a la fuerza esencial que la mueve y sustenta.

Pequeños detalles cautivan, cuestionan y orientan corazones esclavizados y razonamientos equivocados.

La fuerza del amor de Dios, que trasciende el horizonte del mismo amor humano, tiene una omnipotencia incalculable e infinita, que es capaz de aniquilar el pecado, la muerte y la corrupción del mal.

El Verbo eterno se “encarnó”, y abrazó el amor humano, don del Creador en nuestra naturaleza espiritual, para santificarlo y elevarlo con las cualidad del Divino Espíritu, haciendo de la modestia y la humildad signos de la majestuosidad del poder Divino.

Tan grande es Dios que se hace pequeño, tan perfecto es que se hace cercano y compasivo, hasta el extremo de la Cruz, y en cada mirada, gesto, palabra y situación se hace Siervo y Cordero que se inmola por los pecadores.

El Corazón Divino palpita de amor, por nuestra frágil y pecadora humanidad, en  cada momento y acción que realiza en medio de nosotros, para la gloria del Padre.

Al concedernos el Señor su Espíritu, nos hace capaces de  palpitar, en nuestros corazones, con el mismo amor de su Sagrado Corazón, fluyendo torrentes de sangre de la caridad por las venas de nuestra vida cotidiana, familiar y comunitaria. Toda obra buena se hace santificadora, y todo esfuerzo y sacrificio es vinculado sobrenaturalmente al Calvario del Señor. Mientras más humilde y pequeña sea el alma, erradicando la suciedad de la soberbia, vivirá más intensamente el valor corredentor de cada acción hecha con el amor de Jesús.

Este misterioso camino del vivir en la voluntad del Señor, no visible para los ojos mundanos pero sí para la mirada de la Fe, se hace cercano, palpable y entendible en el lenguaje maternal de la Reina de la Paz. Los gestos, presencia, palabra y silencio de la ternura del Inmaculado Corazón,  nos permiten conocer la pureza, resplandor y eficacia de la Caridad, que habita y actúa por medio de los brazos de la Madre Celestial. La Sierva del Señor, inundada de la pureza y santidad de la gracia, nos convoca para transformarnos en corazones sagrarios de Cristo, que nos nutre con  su Cuerpo y fortalece con su Sangre en cada Eucaristía, para que por medio de nosotros su amor se difundan a todos alrededor de ustedes.

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