“Con respecto a Medjugorje sólo hay un peligro: que uno pase de largo de él” (… dass man daran vorbeigeht). Estas pocas palabras del gran teólogo del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, afectan a la esencia misma de Medjugorje, aquello de lo que depende Medjugorje.

¿Qué hay en Medjugorje que debamos percibir? Porque, el no percatarnos de qué es Medjugorje, es su único peligro.

Últimamente, al escuchar o leer que la Virgen se apareció por primera vez el 24 de junio de 1981, en el Podbrdo, en Bijakovici, no lo he considerado como un dato cualquiera, sino que me pregunto sobre su significado más profundo. ¿Acaso la Virgen escogió ese día casualmente? ¿o mediante su primera aparición justo en ese día quiso comunicarnos algo importante?

Estoy cada vez más convencido de que la fiesta de san Juan Bautista, escogido como el primer día de las apariciones de la Virgen, puso el sello a todo lo que sucedería más tarde en Medjugorje. En ese día está la clave para entender Medjugorje y el momento que no deberíamos olvidar.

¿En qué se parecen Juan Bautista y Medjugorje? ¿Qué es lo que les une?

En el Evangelio según san Mateo, leemos: “En aquellos días, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: ‘Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 3, 1-2). La gente salía de los lugares donde vivían, Jerusalén, Judea y la región del Jordán, y se iban al desierto donde estaba Juan. Se trataba de una «multitud«, según lo descrito por Lucas. Y en la multitud había diferentes perfiles de personas: los fariseos y los saduceos, los recaudadores de impuestos y los soldados y, probablemente, otros muchos. Conmocionados por el testimonio de Juan y la llamada a la conversión, las personas se hacían la pregunta: “¿Qué hemos de hacer?” (Lc 3, 10-14) En otras palabras: “¿Qué hemos de cambiar en nuestra vida?”.

Después de que Juan les hubiera enseñado lo que habían de cambiar y cómo vivir, la gente recibía de él el bautismo en las aguas del Jordán, y después, lavados y con el espíritu renovado, volvían a sus hogares.

Medjugorje es precisamente el lugar donde Juan hacía aquello: ¡El lugar donde escuchamos la llamada a la conversión!. La Virgen escogió la fiesta de san Juan Bautista para el primer día de su venida porque quería que Medjugorje, al igual que el desierto de Judea, se convirtiera en un lugar donde viniera la multitud, donde cambiara con la oración y desde donde volviera a su casa diferente. ¡Esta es la esencia de Medjugorje y el hilo del que (de)pende Medjugorje! ¡Esto es lo que, según el gran teólogo von Balthasar, de ninguna manera puede pasarnos desapercibido sin habernos dado cuenta de ello y sin haberlo reconocido! Cuando llegamos a Medjugorje, no  fallaremos si no compramos recuerdos o si no dormimos en un hotel o si en la pensión todo es muy sencillo, si no hay televisor y conexión de internet (¡mejor aún!), pero sí que fallaremos si en nosotros no surje la pregunta: “¿Qué debo hacer? ¿Hay algo que deba cambiar?”

Lo maravilloso de Medjugorje está en el hecho de que, al igual que en el tiempo de Juan, en la multitud de los que vinieron a Medjugorje nació esta pregunta crucial. En algunos, esa pregunta surge en el Monte de las Apariciones, en otros, en el Krizevac, en otros, en la iglesia parroquial, en la confesión, en la Eucaristía, en la Adoración, en la lectura de la Palabra de Dios…

Es por ello que muchos han vuelto a sus casas cambiados. Muchos han tenido un impacto muy positivo en sus familias, en sus comunidades parroquiales. ¡Quién podría referirse a tantos frutos buenos de Medjugorje en la Iglesia! ¡En el mundo!

Juan no le decía a la gente que abandonara su antigua forma de vivir, su lugar de residencia para quedarse con él en el desierto, sino que les pedía que volvieran a sus hogares y a sus familias, a su vocación, que siguieran siendo soldados, publicanos y fariseos, pero transformados – con otra forma de pensar y de mirar, con una actitud diferente hacia los demás. De este modo les decía a los publicanos: “No exijáis más de lo establecido”. Y a los soldados: “No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.” (Lc 3, 13-14)

Lo mismo hace la Reina de la Paz en Medjugorje. Su imagen, frente a la iglesia parroquial de Medjugorje y en el Monte de las Apariciones, refleja esta actitud. La Virgen no le pide a nadie cambiar su lugar de residencia, su vocación o servicio, sino el corazón. El cambio del corazón, ésa es la esencia de Medjugorje y el objetivo de todo aquello a lo que la Virgen nos llama. El corazón – de él depende todo: nuestra felicidad y nuestra miseria, la paz dentro de nosotros, a nuestro alrededor y en el mundo. Cuando el corazón cambia, entonces todo es diferente. Cuando el amor nace en el corazón, entonces es posible desear la paz y ofrecer la mano de paz incluso a los enemigos. Entonces las personas que no nos gustan cobran un aspecto diferente y el trabajo que era tedioso deja de ser difícil. Cuando con el corazón empezamos a creer que Dios nos ama y que nos ha perdonado, entonces la paz llega y habita en nosotros. Cuando en el corazón nace la aceptación de la cruz, entonces la cruz se transforma y cobra sentido.

Al igual que Juan, la Virgen no le exige a nadie quedarse en Medjugorje, sino que le invita a que vuelva a su país, a su familia, a su lugar de trabajo y a ser apóstol de la paz allí, ser sus manos extendidas hacia los demás.

Medjugorje es la realización de las palabras y de las intenciones del Papa Francisco sobre la idea de que la Iglesia debe salir al mundo y no permanecer encerrada en sí misma. La iglesia debe ayudar al mundo, esa es su misión: ¡Ser la luz y la esperanza de este mundo! Es exactamente eso lo que está sucediendo a través de Medjugorje ¡Los creyentes renovados vuelven a sus familias y parroquias de forma diferente! Después de haber vuelto de Medjugorje muchos han empezado a orar con los demás y formar grupos de oración ¡son innumerables! De igual modo, muchos al volver de Medjugorje han comenzado a ser activos en sus comunidades parroquiales, a ayudar a los necesitados…

He escuchado como unas personas elogiaron el coraje de un sacerdote porque reconoció y aceptó Medjugorje a diferencia de algunos que no admiten Medjugorje. “¡No es por mi coraje, sino por la desdicha (del mundo)!”, respondió él. “El mundo está inmerso en problemas y no tiene paz. Y Medjugorje es la respuesta. Medjugorje enseña el camino hacia la paz.” Ese sacerdote reconoció la esencia de Medjugorje. Medjugorje no existe por sí mismo, sino para que haya paz en el mundo. ¡Esa es su misión! Si Medjugorje se encerrara en sí mismo y pensara solamente en sí mismo, se convertiría en un fin en sí y, por tanto, se traicionaría a sí mismo.

Medjugorje no es un fin en sí  mismo. La cuestión más importante no es sobre el estatus que tiene  Medjugorje, sino sobre nosotros y sobre cómo estamos nosotros. Es por eso que Medjugorje no depende de lo que es su posición en el mundo, sino de cómo influye en nosotros. Medjugorje no se limita al reconocimiento externo, sino que su objetivo es el cambio (metanoia) del individuo, y por medio de él, de la Iglesia, de la sociedad, del mundo.

Medjugorje no quiere demostrar o convencer a los demás de su propia autenticidad, o de la opinión equivocada que tienen otros. Medjugorje abre los ojos y nuevas perspectivas. Medjugorje no se salva, ni se beneficia por el hecho de que le favorezcan o no, sino se salva por el propio testimonio. En ese sentido, la crítica no es una amenaza para Medjugorje sino una ayuda. Porque la crítica le corrige para que nunca se engría ni se olvide de su misión original.

Hace poco oí hablar que un sacerdote dijo: “No se tiene que creer en las apariciones de la Virgen.” Supongo que “apuntaba” a las apariciones de la Virgen en Medjugorje. Me sorprendió esa declaración. ¿Por qué no creer? ¿Acaso las apariciones de la Virgen son irrelevantes? ¡El cielo se abre cuando viene la Virgen! ¡El cielo habla! ¿¡Y si el Cielo habla, cómo no creer?! ¿Acaso podemos hacernos sordos a la voz del Cielo? ¿Acaso la Virgen viene a nosotros por motivos que carecen de importancia?

Por otra parte, es evidente que no tenemos la obligación de creer en las apariciones de la Virgen. Toda la revelación Dios ya la ha dado. Todas las apariciones de la Virgen – incluyendo las de Medjugorje – no traen una nueva Revelación. Pero sí que traen algo que un sacerdote de un país de Europa occidental experimentó: “Aquí (en Medjugorje) me di cuenta de que en 30 años de predicación nunca le había hablado al pueblo sobre el ayuno, por ejemplo, nunca les había hablado sobre el por qué del ayuno, el cómo, el cuándo, de sus peligros y sus beneficios. Lo mencionaba sólo en la Cuaresma. Sin embargo, ahora, cuando leo la Sagrada Escritura me pregunto cómo fue posible pasar por alto este mensaje cuando se encuentra casi en cada página. Jesús ayunaba, hablaba sobre el ayuno, dijo que los suyos también ayunarían.  ¿Cómo es posible eso? me pregunto continuamente, y me temo que todavía hay muchos mensajes que esperan mi conversión para ser descubiertos.”

Dios sí que ha revelado su designio y ése está en la Sagrada Escritura, pero ¿y nosotros? ¿Acaso la revelación de Dios llega hasta nosotros? ¿La oímos? ¿La vivimos? En particular, la primera llamada de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio.” (Mc 1, 15)

El sacerdote mencionado volvió cambiado a su parroquia, más consciente de la palabra de Dios y de sí mismo. Su ejemplo nos confirma que Medjugorje es necesario para todos, ¡para los sacerdotes y para los fieles! Porque Medjugorje nos recuerda, nos despierta del sueño. Y todos nosotros con el tiempo nos volvemos ciegos, sordos y nos olvidamos de “lo que hemos de hacer”,  tanto los sacerdotes como los fieles.

Recordemos como Jesús comentó la llamada de Juan a la conversión apuntando a los fariseos y los escribas: «Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis, en cambio los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.” (Mt 21, 28-32).

Se cumplen treinta y cinco años desde que la Virgen viene, en medio de nosotros, en la fiesta de san Juan Bautista. Realmente es la hora de hacernos la pregunta clave: ¿Nos hemos dado cuenta de lo que significa Medjugorje? O ¿tal vez pasamos de largo, ciegos y sordos, convencidos de que no lo necesitamos?

Fray Marinko Sakota, julio 2016

Párroco de Medjugorje

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