Mensaje,  19 de Octubre del 2018 a Iván

Deseo invitarlos a aceptar con amor la voluntad de Dios. Los invito, en particular, a orar por los enfermos, para que ellos acepten su cruz y la voluntad de Dios de glorificarse a través ellos.

El sufrimiento  es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la vida temporal. En su condición de criatura, y como consecuencia del pecado original, al perder los dones preternaturales de maneras diferentes, el dolor asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre.

Pero el Señor, con su poder Redentor, transforma el sufrimiento en camino de purificación, de comunión en la caridad, en tiempo de compasión y misericordia, llegando al extremo de la Cruz, como ofrenda de amor para gloria del Padre y salvación de la humanidad.

La oración sacerdotal que Jesús hace por sí mismo  (Jn 17, 20), es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad es más que una petición;  es una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (Jn 20, 17). De hecho, el profundo dolor de la traición, es  comentado por Jesús en la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).

Esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.

 

Mensaje, 25 de septiembre de 1996

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a ofrecer sus cruces y sus sufrimientos por mis intenciones. Hijitos, yo soy su Madre y deseo ayudarles obteniendo para ustedes la gracia de Dios. Hijitos, ofrezcan sus sufrimientos como un regalo a Dios, a fin de que se conviertan en una hermosísima flor de alegría. Por eso, hijitos, oren para que sean capaces de entender que el sufrimiento puede convertirse en alegría y la cruz en camino de alegría. Gracias por haber respondido a mi llamado!”.

La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está llamada a buscar su encuentro con el ser humano, de modo particular en el camino del sufrimiento.

Los hombres que sufren reconocen que son semejantes entre sí a través de la analogía de la situación de dolor, y  mediante la necesidad de comprensión y auxilio; así como Dios se asemejó en todo a nosotros, incluso en el sufrimiento, menos en el pecado.

El sufrimiento  se abate siempre sobre el hombre como pena por el reato;  procurado como don purificador por Dios que se compadece de la enfermedad de muerte con que nos han dañado nuestros pecados.  La pena o dolor, es una posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre.

Nos auxilia para la conversión, al poder reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de nuestra insuficiencia pero también nos hacemos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.

Dios da su Hijo al « mundo » para librar al hombre del mal, que lleva sobre sí todos nuestros sufrimientos  manifestando el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso « da » a su Hijo. Este es el amor hacia el hombre, el amor por el « mundo »: el amor salvífico. Pero también se manifiesta un amor de Madre, que habiendo abrazado el cuerpo herido y ensangrentado de su Hijo que expiró en la Cruz, el mismo Hijo que dio a luz virginalmente en un pesebre, lejos de mirarnos con desconfianza y distancia, nos mira con ternura, misericordia y amor de su Corazón maternal, abrazándonos en nuestras enfermedades, angustias, tristezas y dolores.

 

Mensaje, 25 de marzo de 2013

“¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a tomar en sus manos la cruz de mi amado Hijo Jesús y a meditar acerca de Su Pasión y Muerte. Que vuestros sufrimientos estén unidos a Su sufrimiento y así vencerá el amor, porque El, que es el amor, por amor se dio a sí mismo para salvar a cada uno de ustedes. Oren, oren, oren hasta que el amor y la paz reinen en sus corazones. Gracias por haber respondido a mi llamado”.

 

 

 

 

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