Resulta bochornoso observar como los cristianos (aquéllos que profesamos la religión de Cristo, que recibimos en el bautismo) intentamos poner una linde que separe la faceta de nuestra vida pública de la privada. Frecuentemente oímos como personas que dicen ser cristianas, en momentos verdaderamente comprometidos, dentro de la tarea que vienen desempeñando por la propia voluntad divina, se escudan en ciertos argumentos para no arriesgar, según los directores de imagen o las directrices del Partido, su futuro dentro de la vida política, o un determinado número de votos que consideran importantísimo. Así, en ocasiones se habla de la libertad de voto dentro del Partido, y, en otras de que una cosa es lo que una persona piense en su fuero interno y otra cosa es la política, en donde debe prevalecer el respeto a la mayoría. Todos estos conceptos son elogiables dentro del desarrollo normal de vida política de una nación, a la hora de discutir sobre cultura, economía o deporte. Sin embargo, ésa no es ni debe ser la postura de un cristiano cuando se acometen cuestiones tan intrínsecamente ligadas a la propia esencia de la naturaleza humana como el respeto a la vida y en la actualidad se está debatiendo la despenalización del aborto o la ampliación de supuestos en los que se permite el aborto.

El cristiano debe desprenderse de cualquier condicionamiento que pueda inmiscuirse en su forma de vida y defender hasta la extenuación el derecho a la vida, incluso renunciando a formar parte de una asamblea que apruebe tamaña vulneración de ese derecho.

No existe ningún argumento a favor de la despenalización del aborto; la única justificación es el egoísmo, la cultura del «yo» por encima de cualquier otra cosa; no me interesa un hijo y lo aniquilo; si continúa el embarazo y nace mi hijo, quizá pierda el trabajo, o voy a tener que renunciar a mi cómoda vida, o no voy a poder ir de veraneo el año que viene o, simplemente no lo quiero.

¿Qué diferencia hay entre poner el listón de la despenalización en cuatro meses o en seis, o en ocho, o en nueve, o en el momento de nacer? ¿Cómo puede justificarse el aborto diciendo que el feto es un apéndice de la mujer del que ésta puede desprenderse cuando y como quiera? Esta semana conocimos la noticia de un recién nacido encontrado en un vertedero, aún con su cordón umbilical. Y sin embargo si ese mismo niño con el mismo cordón umbilical se encuentra dentro de la barriga de su madre, entonces sí se puede disponer de su vida, legalizar su aniquilamiento, sin que la sociedad se alarme como en el primer caso.

Pero resulta todavía más descorazonador que los que nos consideramos como hombres de bien, defensores del derecho a la vida como inatacable, no podamos manifestar nuestras ideas públicamente, tachándonos inmediatamente de retrógrados, «meapilas», misóginos o fascistas. Hace pocos días hemos podido contemplar la persecución mediática que ha sufrido el Obispo de la Diócesis de Huelva cuando en la homilía de la Misa Solemne de la Romería a la Virgen del Rocío defendía el Derecho a la Vida.

En la vida puede uno defender a capa y espada un equipo de fútbol, un seleccionador nacional, una jornada laboral de treinta y cinco horas, una política comunitaria más favorable para el sector aceitunero, o la ilegalidad de unas obras en una comunidad de propietarios, pero no se puede defender el Derecho a la Vida del nasciturus ni, por supuesto, con el mismo énfasis.

El que suscribe pertenece a diversos grupos católicos en donde pretende vivir y crecer en su Fe; y se siente comprometido con ellos; en momentos tan importantes en nuestra vida, estos grupos o movimientos o asociaciones, etc. deben de ser el cauce adecuado para manifestar nuestras ideas; como instituciones de derecho público o privado dentro de la Iglesia, o simplemente movimientos que siguen una determinada espiritualidad, todos estos grupos deben ser ejemplares a la hora de manifestar nuestra repulsa a la despenalización del aborto.

La Reina de la Paz en muchos de los mensajes que nos ha dejado a través de los videntes, nos ha exhortado a dejar el camino de la muerte con el que pretende confundirnos el demonio, y decantarnos por la Vida, sirviendo como botón de muestra el mensaje del día 2 de julio del año 2006: “Queridos hijos, Dios os creó con libre albedrío para comprender y para comprender y para elegir entre la Vida o la Muerte. Yo, como Madre, con amor maternal deseo ayudaros a comprender y elegir la vida. Hijos míos, no os engañéis a vosotros mismos con una falsa paz y una falsa alegría. Permitidme, hijos míos, mostraros el verdadero camino, el camino que conduce a la vida: mi Hijo. Gracias.”

Es muy importante que no sintamos vergüenza de ser cristianos; es muy importante que no nos dejemos guiar por la comodidad o el egoísmo y, por supuesto, hemos de comprometernos mucho más con nuestra fe; o estamos con Él o estamos contra Él.

Todos estos problemas son consecuencia, además, de una relajación en las costumbres y de una falta de firmeza por parte de algunos que deben de guiar los destinos de la Iglesia. No basta con que el Santo Padre, Conferencias Episcopales, o algunos Obispos o sacerdotes promulguen hasta la extenuación las verdades del barquero; es necesario que todos los obispos y sacerdotes nos recuerden con firmeza que votar a aquéllos que admiten el aborto, o que incluso se muestran tibios a la hora de tratar el mismo, nos aparta de la Iglesia. Pero, es más, la Iglesia tiene el derecho originario y propio a castigar con sanciones penales a los fieles que cometen faltas o delitos; y quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión «latae sentenciae», es decir, desde que se produce el delito sin necesidad de resolución expresa.

Por último, recordar que la Iglesia cuando proclama sus ideas, lo hace para cumplimiento de sus fieles, teniendo el deber y la obligación de cumplirlas fielmente y de difundirlas en la medida de nuestras posibilidades, y los que más protestan siempre son aquéllos que no pertenecen o no comulgan con nuestra religión; lo que sucede es que, a Dios gracias, la verdad sólo tiene un camino y la protesta es fruto del remordimiento, puesto que resulta incómodo que a uno de vez en cuando le recuerden lo que está bien y lo que está mal.

 

Fdo.: L. MIGUEL ONIEVA GIMENEZ

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