Por amor a nosotros se entregó nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, para que con su muerte y resurrección nos salvara del pecado y nos diera la vida eterna. Pero para que la Iglesia naciente pudiera gozar de los frutos de la redención de Cristo, era necesario que el Señor enviara su Espíritu a nuestros corazones, y así poder alcanzar la promesa de la salvación. Por eso, antes de ascender al cielo, Jesús promete darnos su Espíritu, el Espíritu Santo que estará siempre con nosotros.

Los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Habían recibido del Señor el mandato misionero de proclamar el Evangelio al mundo entero, pero aún les faltaba el impulso y la valentía para llevarlo a cabo. Ante una tarea de tal envergadura y de tanta responsabilidad, necesitaban el amparo de la Madre. Por eso, mientras esperaban la venida del Espíritu Santo que iban a recibir, los apóstoles “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús” (Hch 1, 14).

María es llamada la “omnipotencia suplicante” porque obtiene todo lo que le pide a su Hijo, a la vez que su Hijo no le puede negar nada de lo que le pida su Madre. Así pues, María le pediría a Jesús la venida del Espíritu Santo prometido. Sería una petición consciente y fervorosa: Ella ya había tenido experiencia de la acción eficaz del Espíritu con la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal, y sabía que el Espíritu Santo era necesario para dar vida a la Iglesia naciente. Es así como el Espíritu de Dios da a luz a Cristo a través de María: primero en Belén nace Jesús de María Madre; y luego en Pentecostés nace su Cuerpo místico, que es la Iglesia, de María orante. La oración de la Madre invocaría al Espíritu Divino para que naciera la primera comunidad cristiana reunida en el nombre de Jesús. María es así también Madre de la Iglesia.

En una familia, normalmente es el padre quien gana el jornal para la casa, mientras que la madre es quien administra los bienes del hogar. De forma semejante podría decirse que es el Señor quien nos ha ganado la riqueza de nuestra redención, y es María quien administra los dones recibidos en bien de sus hijos. María es la llena de gracia y medianera de todas las gracias. Por eso sería posible que, en Pentecostés, el Espíritu Santo viniera a posarse primero sobre María, y a continuación, a través de Ella, se distribuyera a los demás discípulos.

Con María invoquemos al Espíritu Santo para que renueve nuestros corazones y nos conceda un nuevo impulso misionero, enviados al mundo para dar testimonio de Jesucristo, que está vivo, y así reavivar a otros, para que encuentren el Camino a la Vida que no acaba.

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