El volcán activo de la envidia

“Así como la polilla arruina la ropa,

de la misma manera la envidia consume al hombre”.

San Juan Cristóstomo

 

La Reina de la Paz nos advierte que: “El mundo está en guerra porque los corazones están llenos de odio y de envidia” (25 de noviembre de 2019). Por lo cual me parece esencial profundizar en este pecado, que no siempre es reconocido y confesado, y por el cual hay tantos conflictos en las familias, en las comunidades eclesiales y en el resto de la sociedad.

Quienes deseen purificar su corazón de toda forma de toxicidad espiritual, emocional y relacional, y avanzar en la santidad, necesitan aprender a detectar en el propio corazón las tendencias desordenadas conocidas como pecados o vicios capitales, entre los que se encuentra la envidia, fuente de muchísimos conflictos en el seno de las familias, entre compañeros de estudio, de trabajo y en los diversos ambientes de la sociedad.

Los pensamientos, sentimientos e impulsos de envidia repetitivos, pueden estar hablándonos (y en ocasiones hasta a los gritos) de heridas de la infancia o de alguna otra etapa de la vida que, a causa de rechazos, abandonos, comparaciones o por otros motivos, han originado en el alma complejos de inferioridad, o una tendencia a compararnos con los demás. Y estas heridas también pueden llevar a que nos infravaloremos o por el contrario: a que nos sobrevaloremos excesivamente; produciendo un desequilibrio en la autoestima, y que por añadidura alimentará el fuego interno del volcán de la envidia.

Para recorrer un camino de liberación y sanación interior, es necesario que no olvidemos como las heridas no identificadas y no trabajadas que hay en nosotros, pueden ser fuente de pecado. Especialmente las heridas de abandono y rechazo que generan mecanismos de defensa y de compensación o un hábito de proyectar cosas en los demás. Muchas de ellas generan compulsiones y llevan a la complicidad con el mal.

Nuestra Señora a través de sus mensajes -especialmente al recordarnos que debemos orar con el corazón-, nos invita a adentrarnos en nuestro mundo interior, a fin de identificar los volcanes activos de la envidia y poder desactivarlos por medio de la oración, la gracia de Dios y el camino de sanación interior.

 

“Sentir” no es igual que “consentir”

“Por la envidia del demonio entró la muerte”

Sabiduría 2:24

 

Con la envidia sucede como con los demás vicios capitales, en los cuales “sentir no es consentir”; así como la tentación en si misma -si no es consentida- no es pecado.

Aprender a reconocer la diferencia entre “sentir” y “consentir” es tan significativo para liberarnos de los conflictos interiores, que nos parece importante enfatizarlo, enfocándolo desde diversos ángulos; aun cuando podamos caer en alguna repetición: una cosa es “sentir” (experimentar el mordisco de la tentación o la atracción hacia lo que está mal) y otra cosa es “consentir”.

Solo quien “consiente” (que acepta libremente lo que Dios no quiere para su vida) cae en pecado. Mientras que, por el contrario, quien “siente” el deseo de envidiar, y la atracción de cualquier otra forma de mal y la rechaza -aunque lo sienta muchas veces y muchas veces la rechaza- no solo no comete pecado, sino que se fortalece en las virtudes; y ofreciendo por amor a Dios esa lucha espiritual, lo transforma en frutos espirituales para la Iglesia y la humanidad.

Por lo cual, la Reina de la Paz nos anima a orar para tener victoria, no solo sobre las tentaciones de envidia, sino sobre cualquier clase de tentación maligna: “Yo estoy siempre con ustedes y no deben temer las tentaciones. Dios siempre vela sobre ustedes y Yo me he entregado a ustedes y estoy con ustedes aún en las tentaciones más pequeñas” (19 de julio de 1984).

Acerca de esto, nos habla claramente San Ignacio de Loyola en el libro de los Ejercicios Espirituales; posiblemente porque él mismo tuvo que enfrentar estas luchas interiores. Son combates que también nosotros tendremos que enfrentar -con mayor o menor intensidad- a lo largo de toda nuestra vida.

A continuación, citaremos lo que San Ignacio dice al respecto,[1] apoyándonos en el libro de los Ejercicios Espirituales, adaptado al lenguaje actual:

 

Origen de los pensamientos.

Parto de la base de que mis pensamientos pueden nacer, o bien de mí mismo (de manera espontánea o de mi querer); o bien me pueden venir del buen espíritu, así como también del mal espíritu.[2]

 

Resistencia meritoria.[3]

Sucede cuando me viene un pensamiento del mal espíritu, tentándome a un pecado grave, y resisto resueltamente, logrando la victoria.[4]

 

Resistencia aún más meritoria.

La resistencia a la tentación es aún más meritoria cuando la misma tentación regresa una y otra vez, y yo siempre resisto hasta que finalmente la tentación es vencida. [5]

 

Pecado venial.

Lo cometo cuando el mismo pensamiento viene y le doy cierta entrada por no rechazarlo desde un comienzo o por complacerme algo en él, o por alguna negligencia en rechazarlo.[6]

 

Pecado grave.

Lo cometo si consiento plenamente (libre y voluntariamente) en el mal pensamiento en materia grave.[7]

 

Pecado aún más grave[8]

Todavía peco más gravemente, si el pecado no es sólo del pensamiento sino también de obra.

En este caso hay mayor premeditación, más intenso consentimiento y mayor daño a otras personas.[9]

 

San Ignacio, al igual que todos los santos y santas en la historia de la Iglesia, y cada hombre y mujer de esta tierra, pasamos por la misma batalla espiritual ya que: “A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo”.[10]

Por lo cual, los combates interiores que tenemos y que cada día debemos enfrentar, no deben desanimarnos, sino que al contrario deben impulsarnos a caminar decididamente tras los pasos de Dios y en su Divina voluntad, con la creciente conciencia y experiencia de que -aun con nuestras fragilidades y yerros- él nos acepta y nos ama.

Que en medio de las tentaciones de la vida nos dejemos apapachar por Nuestra Mamá del cielo, para que ella con su amor maternal nos defienda de las flechas dañinas del maligno, y nos ayude a convertir nuestros puntos débiles.

 

Me encomiendo a tus oraciones, junto a los sacerdotes y seminaristas de la Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz

 

Padre Gustavo E. Jamut, omv

http://www.comunidadmensajerosdelapaz.org/

http://www.peregrinosenlafe.com.ar/

 

 

[1] Libro de Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Texto modernizado. Jamut y González. Ed. Claretiana. Arg.

[2] Ejercicios Espirituales [32]

[3] Entiéndase por meritorio: Acción o conducta que hace a una persona y que dicha acción es digna de premio o recompensa.

[4] Ejercicios Espirituales [33]

[5] Ejercicios Espirituales [34]

[6] Ejercicios Espirituales [35]

[7] Ejercicios Espirituales [36]

[8] Ejercicios Espirituales [37]

[9] Este fue el caso de Caín. Gn. 4. Según las consecuencias será la gravedad del pecado.

[10] Gaudium et spes 37,2

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