«Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre»  San Lucas 1, 49

Queridos hermanos: Que alegría es vivir y contemplar, en los brazos de nuestra Madre Santísima, la Solemnidad de su Asunción.

Ella acogió al Hijo de Dios en su alma, primero por la fe y la abundancia de gracia, abrazando constantemente la voluntad del Señor, y en su seno, después, por su Fiat, en la concepción virginal del Verbo, el Hijo de Dios. Ella fue excepcional descendiente de la estirpe de David, ejemplo en el esplendor de la Fe, esclava del Señor y discípula del Mesias y Redentor, Hijo de sus purísimas entrañas, unida entrañablemente en su vida, por la gracia en abundancia, y la docilidad de su Corazón, como imagen de la Iglesia.

Ella fue predestinada por Dios desde antes de su concepción, llamada a ser Madre del Redentor, justificada por gracia y exenta de todo pecado y, finalmente, glorificada y asunta al cielo (Rm 8,30).

Unida por la fe a la vida de su Hijo, María recorre en plenitud el camino espiritual que debemos recorrer nosotros: Aceptó la voluntad del Señor, quién confirma su fidelidad llamándola bienaventurada porque escucha la Palabra de Dios y la cumple (cf. Lc 8, 21). Junto a la cruz, la fe de la Madre se mantiene firme, aceptando el sacrificio de su Hijo, extendiendo y declarando el Redentor, el alcance y poder de su maternidad, ensanchando con el impulso del Espíritu Santo el amor de su corazón, para acoger a la gran familia de los hermanos, que su Hijo abrazó con su sacrificio en la Cruz. Y en pentecostés sostiene con su Corazón Maternal y con su oración, la fe vacilante de los apóstoles y discípulos, gestando, en la profunda unión de su dulce Corazón con el Corazón de su Hijo, el nacimiento de la Iglesia.

Así la contempla la Iglesia, convocada con intenso gozo, a cantar desde la tierra de peregrinos el Magnificat, reconociendo en la Mujer vestida de sol, resplandeciente de luz, un signo de segura y consoladora esperanza, y una verdad y realidad gloriosa que podemos conocer, vivir y amar: tenemos a nuestra Madre, Madre de todas las Madres en el trono del cielo. ¡Qué plenitud de felicidad y de gloria se anuncia a los creyentes, en este misterio de la Asunción de la Virgen!

Dice San Bernardo: «La Virgen María, sube gloriosa al cielo. Colma completamente el gozo de los ángeles y de los santos. En efecto, es ella quien, con la simple palabra de salutación, hizo exultar al niño todavía encerrado en el seno materno (Lc 1,41). ¡Cuál ha debido de ser la exultación de los ángeles y de los santos cuando han podido escuchar su voz, ver su rostro, y gozar de su bendita presencia!»

El Señor nos propone un itinerario espiritual similar a cada uno de nosotros, y salvadas las diferencias que existen entre nosotros pecadores y nuestra Santísima Madre; el Padre le pide a Ella que nos eduque en nuestro caminar, por las sendas de su Hijo.

“Queridos hijos, hoy el buen Padre os invita a través de mí para que, con el alma rebosante de amor, emprendáis un camino espiritual…» (Mensaje 2 de Mayo del 2010)

Nuestra Madre nos recuerda constantemente que el Padre Dios nos ha predestinado en su Hijo Jesús a ser sus hijos de adopción; nos ha llamado a ser hermanos del Redentor; nos ha justificado y perdonado los pecados mediante su cruz y su resurrección de Jesús; y, finalmente, nos invita a la patria del cielo, para heredar el reino prometido por su Hijo a quienes creen en Él (Jn 6,47).

Por eso nos insiste:
«…Den testimonio con sus vidas y ofrezcan sus vidas por la salvación del mundo. Yo estoy con ustedes y les doy las gracias. En el Cielo, ustedes recibirán el Padre la recompensa que El les ha prometido…» (Mensaje del 25 de Febrero de 1988)

«El Señor, en la víspera de su Pasión, al despedirse de los suyos, dijo: «Voy a prepararos una morada en la gran casa del Padre. Porque en la casa de mi Padre hay muchas moradas» (cf. Jn 14, 2). María, al decir: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra», preparó aquí en la tierra la morada para Dios; con cuerpo y alma se transformó en su morada, y así abrió la tierra al cielo.»

Y la Madre Santísima nos invita a comenzar a vivir el cielo en la tierra, en la vida de gracia y penitencia, de oración y misericordia, pero por sobre todo, en la celebración Eucarística, donde el mismo cielo desciende a nuestras vidas, para habitar en nuestras almas, e inundar de caridad nuestros corazones.

“¡Queridos hijos! Dios quiere hacerlos santos y por eso los invita a través mío al abandono total. Que la Santa Misa sea para ustedes la vida. Dénse cuenta, que la Iglesia es la Casa de Dios, el lugar donde Yo los reúno y deseo mostrarles el camino que conduce a Dios. Vengan y oren!…» (Mensaje 25 de Abril de 1988)

Son las palabras del mismo Jesucristo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54). Y por eso podemos entender la insistencia de nuestra Madre de convocarnos a una vida esencialemnte eucarística, por que es el camino donde con mayor eficacía nos dejamos educar por su Materno Corazón, y vamos aprendiendo el silabario del cielo, el lenguaje de la gracia, la alegría del Reino del Señor.

María Reina de la Paz, en este mundo, «hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68).

A Ella, nuestra Madre, contemplamos en la gloria celestial, encomendamos el advenimiento del reinado de su Inmaculado Corazón, para un Reinado del Corazón Eucarístico en nuestros corazones, fuente de la verdadera paz, justicia y santidad para la humanidad, en todas las partes del mundo.

En los Corazones de Jesús, María y José

Padre Patricio Romero

 

Atentamente en Jesús, María y José…Padre Patricio Javier

                            REGNUM DEI

                       «Cuius regni non erit finis»

                           Padrepatricio.com

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