Hoy continuaremos con nuestras reflexiones, comenzadas el mes pasado acerca  de cómo Dios y María han de ser la fuente de la autentica alegría de nuestras vidas. Para esto intentaremos comprender mejor lo que significa el término alegría.

 Definiciones sobre la alegría

“La Iglesia está viva y nosotros lo vemos:  experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos”

Benedicto XVI[1]

Uno de los testimonios que escucho con mayor frecuencia de los peregrinos, es que muchos de ellos llegan a Medjugorje con una gran carga de tristeza, pero se van con el corazón rebosante de alegría. No es que desaparezcan los problemas, pero se comienza a ver de una manera diferente: con la mirada de la Reina de la Paz.

El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, por medio de un apremiante llamado, nos anima a vivir con alegría, de manera particular cuando dice: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense”.[2]

Pero antes de adentrarnos en la comprensión de la multiforme riqueza que encierran estas palabras del apóstol,  considero que es importante tratar de comprender, con la ayuda del diccionario de la lengua española, qué se entiende comúnmente por alegría.

 

Alegría.

  1. Sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores.
  2. Palabras, gestos o actos con que se expresa el júbilo o alegría.[3]

Pero a fin de poder tener una comprensión más amplia de lo que quiere decirnos el apóstol Pablo en particular -y las Sagradas Escrituras en general, cuando nos animan a vivir con alegría-, veamos también algunos sinónimos de alegría y sus correspondientes definiciones.  En este sentido veremos el significado de los dos sinónimos que me parecen más cercanos a la alegría, esto es: el gozo y el júbilo.

 

Gozo (Del latín gaudĭum).

  1. m. Sentimiento de complacencia en la posesión, recuerdo o esperanza de bienes o cosas apetecibles.
  2. m. Alegría del ánimo.
  3. m. Llamarada que levanta la leña menuda y seca cuando se quema.
  4. m. pl. Composición poética en honor de la Virgen o de los santos, que se divide en coplas, después de cada una de las cuales se repite un mismo estribillo.

Ejemplo en el diálogo: “no caber en sí de contento”.

 

Júbilo.

(Del lat. iubĭlum).

  1. m. Viva alegría, y especialmente la que se manifiesta con signos exteriores.

De este último término deriva la palabra jubileo.  El cual -entre otras cosas- es un año que ordinariamente se celebra cada veinticinco años, en que por medio de la invitación a una conversión más profunda y a un renovado llamado al encuentro con Dios, somos llamados a recuperar la alegría perdida.

 

Testimonio

Año Jubilar

Antes de compartirte un testimonio personal, profundicemos en el significado profundo de las palabras, para comprender mejor lo que significan los años de jubileo.

 

Jubileo.

(Del lat. iubilaeus, y este del hebr. šĕnat hayyōbēl, literalmente, ‘el año del ciervo’).

  1. m. Entre los cristianos, indulgencia plenaria, solemne y universal, concedida por el Papa en ciertos tiempos y en algunas ocasiones.
  2. m. Entrada y salida frecuente de muchas personas en una casa u otro sitio.
  3. m. Fiesta pública muy solemne que celebraban los israelitas cada 50 años.
  4. m. Espacio de tiempo que contaban los judíos de un jubileo a otro.

 

De este modo, el jubileo es un año especial que se celebra con exultación y regocijo en la Iglesia. Es una celebración llena de gozo que dura todo un año, y que tiene sus orígenes en la Historia Sagrada del pueblo de Israel.

En el año 1983, tuve la gracia de estudiar en Roma, y de vivir en el Gianicolo, una colina romana en la cual está situada nuestra casa generalicia –comunidad en la cual vive el Rector Mayor– y que queda apenas a unos veinte minutos a pie de la Basílica de San Pedro.

En ese año el Papa Juan Pablo II había promulgado un año jubilar extraordinario, cuyo lema fue: “Abran las puertas al Redentor”

 Mientras viví allí -y cuando tenía el tiempo necesario-, acostumbraba a ir caminando o trotando hasta la Basílica de San Pedro, mientras rezaba el Santo Rosario.

 En ese tiempo no había tantos controles de seguridad, ni tantos peregrinos como hay en la actualidad, por lo cual no era necesario hacer largas filas, y se podía entrar y salir rápidamente de la Basílica, sin nada que a uno lo detuviera.  Por lo cual casi a diario, llegaba a este templo, corazón de la cristiandad e impregnado de tantos siglos de oración.

Estas breves visitas, normalmente no duraba más de cinco o diez minutos; tiempo suficiente para arrodillarme delante de Jesús Sacramentado, rezar un Padre Nuestro, Ave María, Gloria y Credo, por las intenciones del Santo Padre, alcanzar la indulgencia de ese año jubilar, y pedir el don del júbilo para mí y para todos los cristianos.

 Pienso que ese fue el año en el cual más indulgencias pedí y en el que también pude experimentar el gozo que viene de Dios, como nunca antes lo había sentido.

 

Las emociones humanas

 “De cuantos bienes Dios nos envía, el más estimable es la alegría.”

Royo Marín

Una de las cosas que me admiran de los mensajes de la Reina de la Paz, es que tiene en cuenta nuestros sentimientos y emociones, e incluso en algunos de sus mensajes nos dice lo que ella siente. Y los videntes con frecuencia nos hablan de las emociones que trasmite la Virgen Santísima, como por ejemplo: “la Virgen estaba muy alegre”, o por el contrario “se la veía triste”.

La alegría es una de las emociones básicas del ser humano, junto con el miedo, la ira, la aversión, la tristeza y la sorpresa.

En el caso de la alegría, se la llama una emoción positiva, una pasión buena y también un buen estado anímico.  Por lo tanto, la alegría es un sentimiento constructivo, sanador y expansivo, pues suele transmitirse de unos a otros y podría ser considerado el prototipo de las emociones positivas.

Según algunos orientadores de la conducta, es un estado interior fresco y luminoso, generador de bienestar general, altos niveles de energía y una poderosa disposición a la acción constructiva, que puede ser percibida en toda persona, siendo así que quien la experimenta, la revela en su apariencia, lenguaje, decisiones y actos.

A juicio de algunos expertos, hay dos tipos de alegría:

 

  • La alegría como reacción:

Que se da ante un episodio pasajero como ganar un premio, encontrarse con un amigo, recibir un halago o encontrar un objeto valioso extraviado.

 

  • La alegría como tendencia vital:

Que se da cuando se aprende a valorar y a dirigir la percepción de manera frecuente y estable hacia los aspectos positivos de la vida.

 

Esta segunda clase de alegría es la que más se acerca a la felicidad. Y es la alegría que nos ha pedido que tengamos el apóstol Pablo, cuando nos anima diciéndonos: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense”.[4]

Santo Tomas de Aquino escribe al respecto en la Suma Teológica, invitando en cierta forma a acercarse a quienes son dueños de este don, a fin de “contagiarnos” del gozo que ellos tienen: todo lo semejante produce aumento en su semejante. Y por eso, la risa y otros efectos de la alegría aumentan la alegría”.[5]

Esto mismo lo reconoció Juan Pablo II, cuando refiriéndose al Santo Patrono de la alegría, San Felipe Neri, decía: “La amable figura del «santo de la alegría» conserva intacta la irresistible atracción que ejercía en cuantos se acercaban a él para aprender a conocer y experimentar las fuentes auténticas de la alegría cristiana”.[6]

Santo Tomás, también invita a hacer memoria de los acontecimientos hermosos, como un medio para hacer brotar el gozo: “El recuerdo de los bienes pasados, en cuanto fueron poseídos, causa alegría”. [7]

 Cuando hacemos una oración de reminiscencia en la presencia de Dios, evocando los momentos hermosos que han transcurrido en algunos momentos de la vida, entonces estamos abriendo las puertas de la mente a los pensamientos positivos, el corazón al don de la gratitud, y todo nuestro ser estará más dispuesto para recibir el poder sanador de Dios, que nos ayudará a sobreponernos a cualquier dificultad que se esté atravesando en el momento presente.

¡Que en nuestro camino hacia Pentecostés, la Reina de la Paz nos ayude a ser colmados de la presencia del Espíritu Santo, y que nos conceda el fruto de la alegría cristiana!

 

Padre Gustavo E. Jamut, omv

 

Oración pidiendo el Buen humor y la alegría[8]

 

Concédeme, Señor, una buena digestión,

y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo,

con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar

lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante

el pecado, sino que encuentre el modo de poner

las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,

las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no

permitas que sufra excesivamente por ese ser tan

dominante que se llama: “YO”.

Dame, Señor, el sentido del humor.

Concédeme la gracia de comprender las bromas,

para que conozca en la vida un poco de alegría y

pueda comunicársela a los demás.

 Así sea.

 

“Los recuerdos son las perlas preciosas que se mantienen aferradas en el núcleo más profundo de nuestras almas, para mantener el corazón vivo cuando atravesamos situaciones dolorosas.”

 

[1] De la Homilía del Papa Benedicto XVI con motivo del inicio de su Ministerio como Sumo Pontífice. Roma, 24 de abril de 2005

[2] Fil 4,4

[3] Del diccionario de la lengua española. Real academia. Vigésima edición.

[4] Fil 4,4

[5] Suma TeológicaI-IIae (Prima Secundae) art. 2,3

[6] Mensaje del Santo Padre, Juan Pablo II,  a los miembros del oratoria de San Felipe Neri. Vaticano, 7 de octubre de 1994.

[7] Suma TeológicaII-IIae (Secunda secundae) art. 1.4

[8] Escrita por Santo Tomás Moro.

Compartir:Compartir en FacebookCompartir en Google+Tweet en TwitterEnviar esta página por correoImprimir esta pagina