Medjugorje, 15 de agosto de 2018

Su Excelencia de Gabon, Africa,

Su Excelencia de Italia,

Queridos hermanos sacerdotes y consagrados,

Queridos peregrinos de este país y del extranjero,

Queridos feligreses de la parroquia de Medjugorje, queridos hermanos:

 

Hoy, Festividad de la Asunción de la Virgen María, se cierra el ciclo escatológico, y ponemos la mirada en la meta de la vida humana.

Tras la Resurrección y Ascensión del Señor, la obra salvífica se logra con la participación de la Madre de Dios que se hizo inseparable de su Hijo, imagen del Dios Misericordioso. María dice de si misma:

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.”

Sin duda alguna, la Asunción de María es la expresión de Misericordia que actúa a través de la Madre de Misericordia, Refugio de los Pecadores, Abogada nuestra.

En el horizonte de nuestra vida terrena y al filo de la eternidad, aparece un gran signo en el cielo, el gran signo de una mujer. ¿Cómo se presenta? ¿Qué nos dice Su aspecto?

“Una Mujer vestida de sol”

La luz procede del sol. ¿Quién es entonces este sol? Es Su Hijo: “Nos visitará el sol que nace de lo alto“ dice el Cántico de Zacarías que la Iglesia reza cada mañana. María vistió al hijo de Dios de naturaleza humana y cuerpo humano. Cristo, por otra parte, vistió a Su Madre de sol. María brilla con la luz de Cristo. En sus apariciones privadas, siempre se presenta rodeada de luz, tan hermosa, en el camino de la luz. En Fátima, siempre venía desde el oriente y se alejaba también hacia él -en dirección de la salida del sol.

La vemos “con la luna bajo sus pies”.

La luna no es fuente de luz, sino que refleja la luz que recibe del sol. Sin embargo, la luna brilla en las noches oscuras y orienta a los viajeros. Ser luna, ser reflejo del sol: esta es nuestra misión, la de irradiar el sol que nos ilumina.

“Tocada con una corona de 12 estrellas”.

Este es un signo, tanto cósmico como bíblico. María, la Reina del Cielo y de la Tierra, doblemente coronada.

Ella es la criatura más perfecta hecha por el Creador, la Estrella más Brillante.

Por otra parte, Ella está inscrita en la historia de la humanidad, en la historia de la salvación. Es parte de las doce tribus del pueblo escogido de Dios como Reina de los Profetas y Patriarcas. Después se convierte también en Reina de los Apóstoles, los que fundaron la Iglesia.

  “Está encinta, y grita por los dolores de parto“.

Desde la cruz, Jesús nombra a María, su Madre, como Madre universal de todos los hombres, de todos los que necesitan nacer desde lo más profundo, del agua y del Espíritu. Así como nuestro Salvador respondió a Nicodemo en dos ocasiones cuando le dijo:

Jesús le contestó y le dijo: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3, 3).

Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5).

Con una maternidad absoluta, María nos ofrece nacer al Reino de Dios.

Antes de ser asunta a los cielos, María participaba de la vida terrena, como todos los mortales; nació de sus padres (la tradición nos dice que fueron Joaquín y Ana), en una familia modesta y simple, ¡no en el palacio real!

Una niña de Nazaret, descubre poco a poco su ser, incomparable con los demás,  pues no tenía experiencia de pecado personal. En la Anunciación, el Ángel del Señor anunció a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.”

Llena de gracia, María está libre de pecado original y personal. En Lourdes, María concluye esta verdad cuando dice: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”

Con la Anunciación, después de decir María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 37), es cuando su “peregrinación de la fe “ comienza  “la Santísima Virgen avanzó, manteniendo fielmente su unión con Cristo» (R. Mater 5). Una peregrinación es la conexión que une a la Madre de Dios con Cristo y la Iglesia.

Para nosotros, María aparece y se convierte en Estrella de los Mares – la “Estrella del Mar” para todos aquellos que siguen el camino de la fe. No cabe duda de que la fe de María es heroica; lo comprobamos al seguir los misterios del Rosario: los gozosos, los luminosos, los gloriosos, pero también los dolorosos. Todos conocemos los Siete Dolores de la Virgen María y la profecía de Simeón: “Simeón los bendijo y dijo a María, su madre “Éste está destinado para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción – ¡a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lucas 2, 34-35).

San Juan Pablo II declaró: “la bienaventurada Virgen María sigue «precediendo » al Pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia, para los individuos y comunidades, para los pueblos y naciones, y, en cierto modo, para toda la humanidad” (Redemptoris Mater 6).

También destacó que: “No deja de ser la «Estrella del mar » (Maris Stella) para todos los que aún siguen el camino de la fe. Si alzan los ojos hacia ella en los diversos lugares de la existencia terrena lo hacen porque ella « dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29) », y también porque a la « generación y educación » de estos hermanos y hermanas «coopera con amor materno».

Ella no sólo es la Estrella del Mar, sino también la Estrella de la Mañana. ¿Qué significa ese otro título de “Estrella de la Mañana”? Esta estrella, junto con el “amanecer”, precede la salida del sol; al igual que María, desde el momento de su Inmaculada Concepción precedió la venida del Salvador, la salida del “Sol de Justicia” en la historia de la humanidad.

¡Permanezcamos firmes y caminemos en Su camino de la fe que será siempre el camino más seguro, corto y brillante para llegar a Dios, Uno y Trino, a la alegría eterna!

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