Una vida nueva no es la que depende de novedades, experiencias atractivas, la ausencia de responsabilidades, ni la satisfacción de los gustos y anhelos. No es una vida nueva efecto de una cirugía, maquillaje o cambio de identidad.

Esta vida nueva, que se vive solo con Jesús, es una transformación interior, que se produce en lo profundo de nuestro ser, donde solo tiene acceso Aquel que nos dió el “existir” y el “ser”,  configuró nuestra naturaleza y otorgó  impulso a nuestro corazón. Al regalarnos el Señor la vida, también nos otorga una vocación de bienaventuranza, y venciendo nuestros pecados y a la misma muerte, hace  nuevas todas las cosas, revistiendo huesos secos de carne y vida  (Ezequiel 37).

Es evidente que esta vida nueva no se sostiene en añadiduras que provienen de los estímulos o eventos externos, aunque estos sean honestos y edificantes, sino que provienen de la interioridad, donde es acogido con la moción del Espíritu Santo, el Huésped Divino que nació del vientre virginal de nuestra Madre del cielo, y que nos da un nuevo nacimiento, inaugurando vida nueva para la humanidad, saliendo del sepulcro, venciendo toda muerte ,y  regalándonos el resplandor de sus heridas y llagas sagradas en los sacramentos, que nos hacen hijos de Dios, templos de su Espíritu y sagrarios de su amor. Y se nos otorga una fortaleza que se sostiene en la humildad y confianza, cuyo mejor modelo es María, entregada completamente a la voluntad de Dios, en medio del dolor , y sostenida en el refugio y consuelo de bondad y de verdad que es la oración.  Esta abundancia de vida divina acampa en nuestras almas, por los méritos de las heridas de quien siendo Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Ese mérito le concede a nuestras heridas un confiado abandono, porque en medio de tormentas y huracanes, cuanto más difícil sea sostenerse, nos invitan a reconocernos más sostenidos por el Señor, y cobijados en los brazos de su Madre.  Y el  amor maternal de María, que fue el consuelo para las heridas de Jesús, también serán consuelo y guía para nuestras vidas, en los momentos de la oración, llenándonos de quietud, pues es la fuerza del Espíritu Santo lo que da solidez, claridad y aliento renovado a nuestros corazones. Y cuando el corazón descansa y se refugia en la oración, en los brazos de la Reina  de la Paz, desaparece la angustia y se percibe la alegría:

“Que en sus corazones haya alegría y paz, y testimonien la alegría de ser míos. Yo estoy con ustedes y los amo a todos con mi amor materno.”

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