“¡Queridos hijos! Le doy gracias a Dios por cada uno de ustedes…”

Gracias a ti querida Mamá por tantas muestras de amor hacia cada uno de nosotros, tus pequeños hijos.

Gracias porque continúas viniendo a la tierra para bendecirnos, y a través de tus mensajes perseveras enseñándonos a vivir cada día con mayor fidelidad hacia tu Hijo Jesús.

Gracias Virgen Santísima por enseñarnos a orar, por cuidarnos y por interceder por las necesidades de la Iglesia y del mundo.

 

De manera particular, hijitos, ¡gracias por haber respondido a mi llamado!

¿Cómo nos agradeces tú a nosotros Madre?, pues nosotros deberíamos ser los agradecidos contigo y con Dios, por haber sido llamados a ser tus servidores y servidores del Señor.

Servirte  a ti Madre, es un privilegio del cual no somos dignos, pues muchas veces nos dejamos distraer por otras necedades que nos apartan de la entrega plena; e incluso en ocasiones los celos, las envidias y las rivalidades entre nosotros nos impiden responder plenamente a tu llamado. Por eso madre te pedimos: ayúdanos a convertirnos de corazón y enséñanos el camino de la verdadera misericordia hacia los demás.

Ayúdanos Madre a responder con alegría, perseverancia, constancia y fidelidad, incluso cuando tengamos que hacer alguna tarea que no nos agrade; o cuando -para servirte en la parroquia, en el grupo o en la comunidad- tenga que postergar otra cosa que a mí me interesa. Que como tú lo has hecho siempre Madre, no haga mi voluntad, sino la del Señor.

 

“Los estoy preparando para nuevos tiempos, para que sean firmes en la fe y perseverantes en la oración…”

Te pedimos Señora, que nos ayudes a estar atentos para poder percibir esos nuevos tiempos que se acercan y no dejar pasar las gracias que el cielo nos concede, ni perder el tiempo que Dios nos regala.

Querida Madre, tú estás llamando a las puertas de muchos corazones en este tiempo, queremos ser tus manos para ayudarte a abrir las puertas que están cerradas; especialmente de aquellos hijos que aún no han tenido la experiencia de su amor maternal.

Sin embargo Madre, como estas puertas de los corazones tienen picaporte sólo del lado de adentro, hoy quiero decidirme a abrirte esas puertas de mi corazón que aún están cerradas, para que el viento del Espíritu Santo renueve todo mi interior.

Madre, pide para mí y para todos los bautizados, una nueva efusión del Espíritu Santo que renueve en nuestras vidas la firmeza de la fe y la perseverancia en la oración hecha con el corazón.

 

“Que el Espíritu Santo obre a través de ustedes y renueve la faz de la tierra…”

Madre, tú estás pidiendo que a través de nosotros el Espíritu Santo renueve la faz de la tierra; Sin embargo, nos sentimos tan frágiles, somos tan pequeños y pecadores, que en ocasiones nos preguntamos: ¿cómo hacer para responder con mayor prontitud y eficacia a esta renovación de los corazones y de la faz de la tierra? Sabemos que sin tu ayuda Madre y sin la fuerza del Espíritu Santo, no nos es posible. Por eso nos comprometemos a dejarnos trabajar y transformar por Dios, para que así como los rayos del sol pasan a través de un cristal, que también la luz de Dios pase a través nuestro, e ilumine aquellos corazones que necesitan tener la experiencia del amor y de la luz de Dios.

 

“Oro con ustedes por la paz, que es el don más precioso, aunque Satanás quiere la guerra y el odio…”

¡Qué alegría Madre que nos da saber qué oras con nosotros!

¡Qué alegría nos da el saber que formas parte de nuestro grupo de oración, y que siempre eres la primera en llegar y la última en retirarte!

Que, a partir de ahora, nuestra oración personal -y también la oración de nuestros grupos- sea hecha con mayor fe, a fin de que Satanás sea vencido.

Nosotros por nuestra parte queremos comprometernos para ser hombres y mujeres de paz, evitando que el odio y los pensamientos negativos entren en nuestra mente, para que no contaminen nuestros corazones.

Querida Madre, que de cada uno de nuestros cenáculos de oración se eleve una oración poderosa, que aleje -de los corazones, de las familias, y de todos los pueblos- las guerras provocadas por Satanás.

 

“Ustedes, hijitos, sean mis manos extendidas y caminen orgullosos con Dios.”

Madre, hoy extiendo mis manos y te las presento, para que las purifiques y bendigas. Te las entrego para trabajar en la construcción del Reino de Dios, en la Iglesia y en todos los ámbitos de la sociedad.

Madre, también te consagro mis ojos, para ver a los demás con tu misma mirada de comprensión, paciencia y amor.

Madre, te consagro mis pies, para ir a los lugares donde tu Hijo me quiera enviar a servir.

Madre, te consagro mi corazón, para que sea sanado por el amor de Dios y por tu ternura materna, y para que sea una casa grande de la que nadie quede afuera y en la que puedan entrar todos mis hermanos. Que así sea.

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