Mensaje de la Reina de la Paz 25 de septiembre de 2016

 

“Queridos hijos! Hoy los invito a la oración. Que la oración sea vida para ustedes. Solamente así su corazón se llenará de paz y alegría. Dios estará cerca de ustedes, y ustedes lo sentirán en su corazón como un amigo. Hablarán con Él como con alguien que ya conocen e, hijitos, sentirán la necesidad de testimoniar, porque Jesús estará en vuestro corazón y ustedes estarán unidos en Él. Yo estoy con ustedes y los amo a todos con mi amor materno. Gracias por haber respondido a mi llamado.»

En todos los países que a lo largo de este año he visitado para dar retiros espirituales, me he encontrado que hay un inmenso deseo por conocer a la Reina de la Paz, leer y meditar sus Mensajes, formar grupos de oración, transmitir sus palabras, y el anhelo de visitar alguna vez Medjugorje.

En lo personal pienso que, gran parte de la propagación de este fuego espiritual, es producido por el “olfato espiritual” del pueblo de Dios, que percibe la verdad en las palabras de la Reina de la Paz, también por el testimonio de conversión o de crecimiento en el amor, el servicio y en la misericordia de muchos de quienes han peregrinado a Medjugorje, pero especialmente por la delicadeza con la que la Gozpa nos habla y nos enseña en cada uno de sus Mensajes.

La delicadeza no obliga, sino que invita y atrae.  Y eso es lo que hace la Madre: una y otra vez nos invita con ternura y fineza a la oración.  Y ella misma nos dice el motivo: la oración nos da vida: “Que la oración sea vida para ustedes”.

 Pero, ¿a qué vida se refiere?

 Yo creo que la respuesta la encontramos en las Palabras de su Hijo, cuando nos dice: “Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Jn.10:10).

Pero, ¿qué significa: tener vida en abundancia?

A mi entender significa ser feliz, incluso en medio de las tormentas de la vida, de los problemas, y de todo aquello que quiere robarnos la paz y la alegría.

Tener vida en abundancia surge -a mi entender-, de la experiencia que la misma Gozpa nos describe, cuando afirma que la oración no es algo que pasa por la cabeza, sino por el corazón, produciendo en nosotros la experiencia personal y profundamente gozosa que Dios quiere habitar en cada uno de nosotros: “ustedes lo sentirán en su corazón como un amigo”

Este amigo, no está en nuestro corazón solo como un sentimiento bonito, sino que es una presencia real, que nos inunda de amor y de luz, infundiendo su fuerza, cuando mayor necesidad tenemos de ella.

Por eso el apóstol Pablo nos invita a preguntarnos: “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor. 3:16)

La realidad es que, gran cantidad de católicos no saben que son templo de Dios, porque Dios ha querido habitar en ellos.  O tal vez lo saben racionalmente, pero no lo creen con toda la fuerza de su corazón y de la fe, pues si así fuese: disfrutarían más de esa Divina Presencia y peregrinarían cada día frecuentemente hacia el interior de la propia interioridad.

Alguno puede justificarse pensando: “pero ¿cómo va a vivir en mi Dios, que soy tan imperfecto y he cometido tantos errores?”.

Te recuerdo que para nacer, Dios podría haber elegido un palacio, pero sin embargo quiso elegir una sucia gruta en la que dormían los animales, una cueva derruida en la que nadie quería descansar.  Pero esa cueva fue transformada por la presencia de Dios y por la conciencia de los hombres que reconocieron como Dios había nacido en ella, al punto de que con el correr de los años se fue transformando, y hoy es uno de los puntos más venerados en toda la tierra, sobre el cual se ha construido la Basílica de la Natividad.

También tu corazón puede ser un ranchito destartalado; pero ha sido el mismo Dios quien ha querido morar en ti.  Por eso, hoy te pido: déjalo entrar, déjalo reinar, déjalo limpiar, él te irá cambiando desde adentro hacia afuera.  Para realizar su obra en ti, él solo necesita que cada día entres a tu rancho y descanses en su presencia: “Tú, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mt. 6:6).  Jesús no se refiere a una habitación echa de materiales, sino a la habitación de tu corazón.

Santa Teresa de Avila en su libro “Las Moradas”, comienza con una metáfora que explica sus dos títulos y que nos recuerda como Dios habita en nuestro castillo interior: “… considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas…y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma… la puerta para entrar en este castillo es la oración y reflexión…” (Las Moradas 1.1).

 En una ocasión escuché un cuento que decía que después del pecado original de Adán y Eva, Dios decidió esconderse.

Pensando donde hacerlo, las Tres Divinas Personas pensaron en la montanas más elevadas; pero decidieron que no, pues allí solo llegarían quienes tuviesen buena salud y pudiesen escalar.  Y ¿que sucedería con todos los demás?

Luego la Trinidad pensó en las islas más lejanas o en la profundidad de los océanos…;

Pero finalmente decidió esconderse en lo más profundo del corazón humano, de manera tal que lo pudiese encontrar todo hombre o mujer, niño o adolescente, joven o anciano, con tal que decidiese peregrinar hacia el propio interior.

La decisión es tuya, Dios te ha hecho libre, por eso la Madre te invita, te llama, te ruega, para que no pierdas la oportunidad de reencontrar la paz y la vida en abundancia, entrando con frecuencia en oración, al santuario de tu corazón.

Te envío un fuerte abrazo y te pido que reces por mí.

Gustavo E. Jamut

Oblato de la Virgen María

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